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Grande Wilder sobre la decadencia de Hollywood

Por Enrique Fernández Lópiz

El crepúsculo de los dioses (en el original, Sunset Boulevard) comienza por el final. Un hombre muerto es sacado por la policía de la piscina de una lujosa y palaciega mansión. Y ahí comienza el relato que explicará esa circunstancia. El asunto revela la historia de Joe Gillis (Holden), un escritor joven y atractivo de guiones de cine de tercera que no logra vender sus libretos a ninguna productora. Incluso su manager lo abandona y además se encuentra acosado por los acreedores, sobre todo de quienes le reclaman que devuelva el coche por falta de pago. En ese punto, monta en su deportivo automóvil y se lanza a darse un largo paseo, con tan mala fortuna que es localizado por los vendedores del coche que inician una persecución para recuperar el vehículo. Y hete aquí que en esa frenética huida casualmente llega a la mansión de Norma Desmond (Swason), una madura actriz del cine mudo (Wilder comenzó su carrera en este tipo de cine), una mujer decadente que vive fuera de la realidad, encerrada en una gran mansión de Sunset Boulevard, acompañada de su fiel criado Max von Mayerling (Stroheim).

Tras una inicial toma de contacto entre la actriz y el guionista, cuando éste se presenta como escritor de películas, Desmond le pide a Joe que repase y corrija un anticuado y extenso guión sobre “Salomé”, que ella tenía guardado largo tiempo. Norma piensa que ese guión la devolverá de nuevo al cine y a la fama. Entre ellos se genera una relación de amor-odio, atracción-rechazo de gran tensión; de esta manera, Joe se ve atrapado poco a poco en una tupida red de embelecos, regalos, dinero y buena vida que la decadente actriz pone a su disposición a cambio de su permanencia en la casa y su servilismo. Cuando se viene a dar cuenta, está atrapado en las garras de una mujer inestable que está dispuesta a cualquier cosa a fin de evitar que él la deje. Pero hete aquí que Joe conoce a Betty Schaefer (Nancy Olson), joven y alegre, polo opuesto de Norma, con la que empieza a trabajar para la creación de un guión, y de la que acabará enamorándose. De manera que finalmente la tragedia, avanzada desde el inicio del metraje, se ceba con los protagonistas de la mano de la muerte y la locura.

A Billy Wilder, como es bien sabido, se le conoce sobre todo como director de comedias con sus toques importantes de humor y crítica social o política. Basta con recordar Sabrina, 1954; Un, dos tres, 1961; Primera plana, 1974, etc. Pues bien, justamente, esta es una película más bien desoladora y oscura. Humor hay poco, y el poco que hay es cáustico y devastador; un humor más de cortar el hipo que de provocar la carcajada.

Estamos ante otra de las obras maestras de Wilder, que esta vez analiza y se mete de lleno en el en el mundo de Hollywood, mostrándonos sus entrañas sin lisonjas ni bálsamos. Lo hace con perspicacia y acidez, a la vez que critica con una sutil y afilada ironía, los excesos del artificioso mundo del cine, al hilo de la transición que en su momento se produjo del cine mudo al cine sonoro. Wilder retrata verazmente el transcurrir del tiempo, el desorbitado mundo de los “egos” que se resisten a apagarse y dejar paso a la nueva sabia, el afán por capturar a toda costa una juventud que irremediablemente se ha ido, y el intento a la desesperada por rescatar de las cenizas el esplendor perdido. Wilder realiza una obra imprescindible, propia del maestro que es, sin dar pasos en falso y manteniendo la intensidad narrativa al máximo a lo largo de toda la película; eso sí, sin olvidar la intriga. Quiero recordar aquí, que este film se completa con otro suyo, Fedora (1978), en el que Wilder trata igual el universo cinematográfico, y el de la fama, por extensión.

Para ser Wilder un director considerado clásico, se toma ciertas licencias narrativas en esta película. La principal es que la película empieza por el final; un muerto flota en la piscina, del que sabemos es un guionista de nombre Joe. Desde ese comienzo tan epatante, la película avanza a través de un largo flash back; pero lo que llama la atención verdaderamente es que el narrador resulta ser el propio muerto. Un muerto vivo que sirve a modo de contraste con los protagonistas que son muertos en vida.

Pero lo que más descuella de esta obra es la relación entre realidad y ficción, amén de otros contrastes. Por ejemplo, Stroheim y la Swanson ya se conocían pues él la había dirigido a ella; Willer proviene del cine mudo; Keaton sale eventualmente en una película dentro de la película, en la cual trabaja con la Swason y que dirige Stroheim; o la aparición de Cecil B. DeMille, que también dirigió a Swason; y como curiosidad, Billy Wilder, von Stroheim y Franz Waxman, el compositor, ya se conocían de la Alemania pre-nazi de la que huyeron. En fin, curioso, muy llamativo todo esto.

Goza el film de uno de los mejores guiones literarios del cine de Charles Brackett, Billy Wilder y D.M. Marshman Jr., que en todo momento trenza la historia, sin dejar cabos sueltos, con unos diálogos impresionantes y una capacidad expositiva, invectiva y narrativa enormes. Genial la banda sonora de Franz Waxman, una música para la Historia del cine: https://www.youtube.com/watch?v=MtIF4MDvJa0. Y una fotografía fuera de serie en blanco y negro llena de matices y encuadres de cámara impresionantes, de John F. Seitz. Gran puesta en escena.

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Aunque el reparto es extenso y muy cuidado, los indiscutibles protagonistas son William Holden, que como siempre está genial, sin bien más sobrio que en otras ocasiones; el perfil de un hombre mediocre y marginado en el circuito de guionistas hollywoodienses, atractivo, ambicioso y que busca dinero debajo de las piedras. Mas comete el error de enamorarse y eso le traerá fatales consecuencias. Pero en el reparto sobresale, desde mi modo de ver y por sobre todos, Gloria Swanson, una actriz sorprendente que sabe meterse en la piel de Norma Desmond, una estrella del cine mudo, ahora en su fase crepuscular (de ahí quizá el título que el film recibe en España); una mujer que hace una negación de su edad y de su momento artístico. Los estados iracundos de su personaje, la Swanson los concentra en su violenta e impresionante mirada, que nos deja atónitos sobre qué ocurrirá de ahí en adelante. Norma, una diva ególatra y narcisista interpretada en un nivel de excelencia por la Swanson, increíblemente expresiva y gesticulante, como buena actriz muda; una interpretación de envergadura. Y un tercer actor de primera línea hace el rol perfecto de Max von Mayerling, incondicional, servil, deshumanizado, esclavista y firme criado encarnado por Erich von Stroheim (en su momento director de la obra maestra Avaricia de 1923), quien con su talante, su actitud corporal y casi cada gesto deja claramente constancia de que está dispuesto a proteger a toda costa a su señora, la egregia actriz Norma Desmond, o sea Swason, a quien éste había dirigido en la realidad. Tan es así el personaje de amyordomo, que en su incondicionalidad le sigue la corriente hasta donde haga falta. Recuerdo aquí la inolvidable escena final, cuando tras haber disparado a Joe y con la policía y las cámaras de la televisión en el domicilio, Norma Desmond baja las escaleras en medio de los focos de la prensa, como si fuera la gran estrella de siempre en su loca cabeza, ante la mirada emocionada de su admirador criado Max, que incluso se permite dirigir la escena con el cámara de la TV (https://www.youtube.com/watch?v=yMhVPorOZ_I). Acompañan actores y actrices de primer porden como Nancy Olson (guapa y muy acorde con el papel), Lloyd Gough, Jack Webb, Fred Clarck, Cecil B. DeMille (¡helo aquí! En su visita a los auténticos estudios de la Paramount en pleno rodaje de Sansón y Dalila; director que había dirigido a la Swanson en su época del cine mudo), Buster Keaton (¡sorpresa! Sale en la película que ven en el salón La reina Nelly de 1928, interpretada por Gloria Swanson y que fuera dirigida por el mismo Erich von Stroheim), Anna Q. Nisson, Hedda Hopper, H.B. Warner, Franklyn Farnum, Julia Faye y Ruth Clifford, cada uno mejor que el siguiente. Y además, intervinieron reporteros reales en la escena final, lo que junto a otros detalles difumina la frontera de la realidad con la ficción.

Entre premios y nominaciones, en 1950 obtuvo: 3 Oscar: Mejor guión, dirección artística B/N, BSO drama. 11 nominaciones. 4 Globos de Oro, incluyendo Mejor película – Drama. 7 nominaciones National Board of Review: Mejor película. Círculo de Críticos de Nueva York: 2 Nominaciones.

La he visto no hace mucho. Fue una de esas películas, como tantas, que se me quedaron en el tintero del tiempo pretérito, pero que por fin pude disfrutar. Y ni un momento dudo en afirmar que se trata de una gran película que puede seguirse viendo con toda vigencia hoy día, tanto por su valor artístico, como por la temática que toca: el Hollywood de las vanidades.

Y no quiero pasar estos comentarios sin contar otra anécdota de esta película. Si bien el film como está es soberbio, y no creo que haya nada que suprimir o añadir nada, sin embargo, sabemos que a última hora se eliminó del montaje definitivo un prólogo que Wilder había rodado y que estaba escrito en el guión original. En esta introducción se veía el cadáver de Joe Gillis trasladado a La Morgue, con la etiqueta de identificación en el dedo gordo del pie, junto a otros cuerpos sin vida que le interrogaban sobre cómo había llegado allí. Joe les contaba a sus compañeros cadáveres, y a los espectadores, claro, los funestos sucesos por los cuales se encontraba en el fúnebre lugar. Lo que ocurre es que en el público que fue al pase de prueba comenzó a reírse a todo meter con esta secuencia. Esto no gustó nada a Wilder, que había concebido este prólogo desde un humor negro, como decía al principio de estos comentarios. No esperaba tanta hilaridad, pues no era su intención que la película pareciera cómica stricto sensu. De manera que eliminó la escena y la cambió por los coches de policía, la prensa, etc., yendo a toda píldora a la mansión perdida, donde el cadáver de Gillis flota en la piscina. Pero ya de esta forma incluso, con los primeros e intensos fotogramas, el film atrapa sobradamente la atención del espectador desde el comienzo hasta el final.

Y una historieta final. Dada la feroz crítica de Wilder a la meca del cine, cuentan que en el famoso pase previo al estreno, Louis B. Mayer, jefe de la Metro y autentico capo en Hollywood, se fue directo a Wilder al finalizar el pase y en un arranque de enfado le dijo con gran exclamación: ¡Es usted un cabrón! Ha desprestigiado a la industria del cine. Ha mordido la mano que le convirtió en alguien y que además le dio de comer. Deberían alquitranarle, emplumarle y arrojarle del país. Parece que Wilder le respondió: ¡Que te jodan!.

El crítico de cine Andrew Sarris, de The New York Observer llegó a calificar esta pobra: … la mejor película jamás hecha en Hollywood sobre Hollywood.”

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=_n28nrklSLs.

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