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Grande e interesante película: amor, duelo, injusticia y cine ‘trans’

por Enrique Fernández Lópiz

Una mujer fantástica me ha parecido una cinta maravillosa. Yo busco el cine que hable de la existencia humana con todos sus matices, bien narrada la historia, salvaguardando la estética en todo sentido y la calidad técnica. Esta es una de esas películas que te deja, a pesar del drama, un buen sabor de boca, que te ilumina el espíritu. No hay cacharrería ni un rebuscado o sofisticado guión para hacer vibrar al espectador o provocarle escalofríos. Esta cinta, en su planteamiento abarca el universo de la identidad sexual, el amor, la pérdida, el duelo y la denuncia social ante las injusticias. No te deja impávido, te hace reflexionar sobre este mundo que vivimos, en tantas ocasiones insólito y cruel.

Marina Vidal (Daniela Vega) es una transexual que aspira a ser cantante pero que mientras tanto trabaja de camarera. Mantiene una relación amorosa estable con Orlando (Francisco Reyes), un hombre de negocios divorciado veinte años mayor que ella, y están planeando construir un futuro juntos. Una noche, tras haber bailado, bebido y pasado bien, Orlando, ya en la cama y casi dormido empieza a sentirse mal y Marina lo lleva en coche a las urgencias de una clínica. Al poco de llegar al Hospital muere. A partir de aquí las cosas se complican para Marina y toda la tranquilidad que tenía por entonces su vida se viene abajo. De una parte debe enfrentar las sospechas por la muerte de su pareja. Por otro lado, su identidad transgénero supone para la familia de Orlando y para gran parte de la sociedad chilena (amistades de la familia o la propia policía) una auténtica aberración. Marina, visto el nefasto panorama tras la muerte de su amado, emprende una batalla pertinaz y solitaria contra todos los amigos y familiares de Orlando para reclamar su derecho al duelo, a estar en el acto de entierro o cremación. Esto hace que se convierta, empujada por las circunstancias, en una mujer fuerte, sólida, pasional y firme. Una mujer fantástica… aunque no lleve escudo.

El director Sebastián Lelio plantea en este importante film un tour de force entre el deseo y la ley, en el cual la protagonista principal encuentra en la desobediencia el impulso necesario para desencadenar el conflicto y acceder al gesto heroico. Una mujer que se rebela contra el determinismo de su rol social que la margina desde los lenguajes convencionales y la tradición, tanto que la ex esposa de Orlando la llega a calificar de ‘quimera’ (insólito). Esta película es “imprevisible y desconcertante, aunque, sobre todo, libre y felizmente abrumadora” (Costa).

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El genial guión de LelioGonzalo Maza, además de trazado con milimétrica precisión y un sublime subidón de afectos encontrados, narra la historia de una persona fuera de lo común, alguien que no se atiene a la norma, a esos valores conculcados por una cruel educación, todo ello “en medio de un paisaje ordinario, soez e irrespetuoso, el retrato de la soledad de una mujer” (Costa). Y sobre este armazón Lelio teje su obra. La muerte del hombre amado, un hombre bueno y cariñoso, precipita un orbital extraño de reproche y desprecio hacia la mujer que muestra ese lado de las cosas que duelen, que afectan, no ya a la protagonista, sino al espectador que asiste atónito a un entorno social que arrincona y violenta aquello que no atina a comprender. A todo este estado de cosas se ve expuesta Marina durante todo el metraje. Es en la actriz Daniela Vega, a la que ahora me referiré por su nivel de excelencia, donde se concentra el protagonismo absoluto, haciendo uso de su voz, de su cuerpo y de su personalidad para trasladar a la platea su estado de shock, su angustia descomunal. “La cámara se pega a la cotidianidad de la protagonista, pero sin renunciar a buscar detrás. De golpe, la narración se interrumpe y el deseo en forma de ensoñación musical se cuela por las rendijas de una realidad demasiado absurda, demasiado sucia, para ser simplemente cierta” (Martínez). En evidencia, la enorme dificultad de vivir determinadas situaciones, con un cuerpo en transición expuesto a la intransigencia.

Ambos amantes habían planeado un viaje a las Cataratas de Iguazú, pasajes que él había guardado en un sobre blanco, y no quiero olvidar el macguffin del sobre con los pasajes de avión que tanto habría apreciado Hitchcock.

Excelente la música de Matthew Herbert, un invitado internacional en un largometraje de mucha proyección, que cuenta con hermosas canciones, extravagancia musical que incluye arias, Lavoe, Aretha Franklin y destacando la música de The Alan Parsons Project: “Time”, cuya letra, traducida, viene al hilo del definitivo adiós del amante a la amada, en esos versos que dicen: “El tiempo, fluyendo como un río/ Tiempo, llamándome./ ¿Quién sabe cuándo volveremos a vernos otra vez?/ ¿Acaso alguna vez?…/ Pero el tiempo/ Sigue fluyendo como un río/ Hacia el mar./ Adiós mi amor, tal vez sea para siempre/ Adiós mi amor, la marea espera por mí”.

Muy meritoria la fotografía de Benjamín Echazarreta. Así como la puesta en escena con paisajes y panorámicas que van desde las Cataratas de Iguazú en el norte argentino, como la misma ciudad de Santiago de Chile, que es mostrada como una ciudad hermosa, elegante, limpia, que nos invita a abrir los ojos y valorarla.

En el reparto sobresale por encima del resto Daniela Vega que interpreta un personaje a punto de romperse pero que no se rompe, una mujer con una entereza a prueba de ignominias y golpes bajos; la Vega ofrece con absoluta credibilidad y sin un gesto más alto que otro, el crudo sufrimiento de una gran mujer que se mantiene firme ante vendavales de todo tipo que le acucian. Hay una escena, pura metáfora, en que la protagonista apenas puede caminar por un tremendo viento que la azota de frente, ante el cual se mantiene echándose para adelante, que es lo que hace a lo largo de toda la historia. Como dice Quim Casas: “En esta entereza reside la grandeza del filme”. Acompañan con gran nivel Francisco Reyes (el amor de Marina), Luis Gnecco, Aline Küppenheim y Amparo Noguera.

Pero quiero ofrecer algún apunte de Daniela Vega, con experiencia teatral de veinte años, pero que debutó en el cine con la película La visita (2014). Fue la época en que conoce a Lelio que andaba rodando Gloria (2013), una obra sobre el papel de las mujeres maduras en una sociedad bastante decepcionante. Y hete aquí que cuando quiso hacer la misma reivindicación con el colectivo transexual, se puso rápidamente en contacto con Daniela que en la vida real es transexual, para que se convirtiera en su asesora. Al poco hubo sintonía y amistad. Lelio escribió el guión pensando en Daniela la Vega y cuando se lo envía y ésta lo lee, ésta, al muy poco acepta el trabajo que Lelio le ofrece. Vega declaró con relación al director y autor del libreto: “Introdujo muchas cosas mías en el guion, de forma que Marina y yo nos mimetizáramos en algunos aspectos. Por ejemplo, las dos cantamos ópera y a las dos nos gusta bailar en la discoteca”. El director admite que la sociedad chilena es muy contradictoria: hay un Chile más tolerante que convive con un Chile profundamente conservador. La película muestra estas dos realidades antitéticas y la lucha que se establece entre ambas.

Pero no quiso Lelio hacer un panfleto de su película, ni siquiera que cumpliera una función social. Lo femenino es un concepto psicológico que puede habitar en cuerpos diferentes, de manera que la idea de llevar al cine una historia transgénero sucede, según su director, porque “transita por tantas texturas, por un montón de ambientes y de sensaciones. La identidad de la obra es elástica, uno puede construirla y decidir qué parte prefiere habitar”. Y continúa Lelio diciendo: “En efecto, es así de excitante. Una mujer fantástica no se puede definir en un solo gesto porque dentro de ella caben un montón de posibilidades. Visita el realismo, pero al mismo tiempo escapa de él. Y hay momentos en los que se vuelve abstracta, poética, metafórica e introspectiva, porque todo lo vemos a través de los ojos y el interior de Marina, y ella es una mujer muy imaginativa a la que le gusta escapar del entorno opresivo que le rodea. Por eso es una mujer fantástica, porque puede salir volando por los aires si quiere, experimentando la fantasía casi como si fuera de verdad”.

Premios y nominaciones a fecha 13/10/2017. Festival de Berlín: Mejor guión. Premios Fénix: 7 nominaciones incluida mejor película, dirección y actriz (Vega).

 Esta obra de Lelio es una cinta reivindicativa, reivindicación llevada sabiamente a la pantalla sin exabruptos, con contención y tempo pausado. Unos minutos en los que arde la sangre de quien está viendo la película, por tanta injusticia y atropello. Pero habla también del carácter de Marina, de su firmeza ante los escollos que el establishment pone en su camino y cómo, a pesar de ello, continúa aceptándose como es. Lelio “nos introduce en la parcela más íntima del personaje, nos muestra sus inseguridades y sus miedos más profundos, al mismo tiempo que se va revelando su coraje interno y una valentía y una fuerza a prueba de bombas” (Beatriz Martínez).

Pero no sólo se nos presenta una realidad hostil, pues a veces las imágenes y las secuencias se hunden en los pensamientos y los sueños de Marina, lo que llega a incluir partes de musical. Lelio declara: “Yo creo que la película tiene una cosa muy interesante que es esa ambivalencia entre lo público y lo privado. Y la fractura que se establece entre esas dos esferas, las tensiones, y de qué manera el personaje se mueve entre ellas de manera muy intuitiva”.

En resumen, una brutal hipérbole del vacío que deja un ser amado cuando se va para siempre, y un luto en el que la protagonista, a su dolor por haber perdido al hombre que amaba, se le unen la rabia, la furia y la miseria que los familiares y otros personajes cercanos descargan en forma lluvia infernal sobre una pobre mujer, pero mujer ‘fantástica’ que puede soportar lo indecible. En realidad lo que ocurre es que “Marina genera, sin proponérselo, un seísmo a su alrededor que en el fondo saca a la superficie la hipocresía de una sociedad cerrada al amor, maniatada por las convenciones” (Fausto Fernández).

Una película, en fin, que entra a formar parte por propios méritos de lo más selecto del catálogo ‘trans’ del cine, junto a obras como nuestra clásica de Jaime de Armiñán, Mi querida señorita (1971); la argentina El último verano de la Boyita (2009); la canadiense Laurence Anyways (2012); en el mismo Chile, Naomi Campbell (2013); las norteamericanas 3 generaciones (2015), Tangerine (2015), Stonewall (2015) o Dulce Venganza (2016); y para no ser excesivo, la británica, La chica danesa (2015).

Considero esta obra de interés en muchos sentidos, pero sobre todo porque el espectador puede entender cuánta incomprensión existe alrededor de la identidad de género, el sufrimiento que soportan estas personas interiormente. Pero también la violencia que el miedo a lo desconocido provoca sobre ellas en sectores sociales cerrados que toman por bandera el odio y la animadversión, quizá como una forma de defensa ante la angustia que provoca el que es desigual.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=Yom5aCdFPAY.

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