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Gran western urbano irreverente

Por Enrique Fernández Lópiz

Hace años, en su estreno, tuve la ocasión de visionar este thriller en La Plata (Buenos Aires) en la época de su estreno. Por otras vías he vuelto a visionarlo de nuevo. En su momento me pareció una película genial, muy buena, un thriller tipo western urbano asilvestrado, políticamente incorrecto y del que salí encantadísimo.

La verdad es que no sé si la han proyectado en nuestras pantallas, pero no me extrañaría en caso contrario, ¡hay tantas películas buenas que carecen de la adecuada distribución y publicidad! Pues bien, hoy quiero poner en valor esta película, recordarla en estas páginas y recomendarla desde ya, para tantos que seguro no la han viso: Un oso rojo.

En la película, un personaje apodado Oso (Julio Chávez) acaba de salir de la cárcel tras siete años en prisión, condenado por homicidio y atraco a mano armada. Se trata de un individuo peligroso, de pocas palabras, templado, impredecible, violento tanto por necesidad como tal vez por naturaleza y educación. El espectador intuye que ese hombre no le ha contado a nadie, en sus años de cárcel, lo que oculta agazapado tras su actitud silente y su mirada triste. Cuando en el film Oso sale del presidio en libertad condicional, Oso piensa en la posibilidad de volver a empezar de nuevo, tal vez de otra manera. Al principio será remisero con Güemes (Enrique Liporacce), con el que contacta por medio de un compañero de celda y que tienen una remisería (oficina de coches de alquiler con chófer en la Argentina). Güemes protege al Oso y le ofrece empleo como conductor de su agencia de remisses. Pero el ilusionista, alias el Turco (René Lavand), el jefe de la banda para el que trabajaba el Oso, aún le debe su parte del botín fruto del asalto por el que fue detenido y juzgado. Oso desconfía del Turco.

En cuanto a su familia, Oso ha perdido a su mujer (Soledad Villamil), que ahora ha rehecho su vida con otro hombre de nombre Sergio (Luis Machín), un obrero sin trabajo y adicto al juego. Su pequeña hija Alicia de ocho años (Agostina Lage) apenas lo recuerda, pero él está dispuesto a recuperarla y a reparar los daños causados tras años de ausencia. El Oso entonces, decidirá adoptar una conducta que le permita proteger su hija, sin abandonar el mundo del delito. La película describe cómo es el destino de un hombre marginal y justiciero, en el entorno duro de un suburbio de Buenos Aires con Bares (Boliches en lenguaje porteño) atestados de gente dudosa, con calles peligrosas y plagadas de delincuentes, y Oso caminando cuan vaquero urbano, presto a darle al gatillo de su revólver.

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Es una película tipo thriller-drama dirigido con gran maestría por Adrián Caetano, que sabe imprimirle ritmo y sazón a un relato que en sus manos se hace emocionante y mantiene la atención de manera expectante. El guión del propio Caetano junto a Graciela Esperanza está perfectamente construido y trabado, con un tempo sostenido y una tensión in crescendo, sin que se sepa cómo acabará una historia que tiene todos los ingredientes para llegar a una conclusión sangrienta. Buena la música de Diego Grimblat y magnífica la fotografía de J. Guillermo Behnisch.

El reparto, haciendo gala a la tradición de buenos actores argentinos es de excelencia, bien elegidos (gran casting), que hacen una labor de alto nivel, sobre todo Julio Chávez, que interpreta con solvencia y credibilidad a Oso, sujeto obligado a sobrevivir en circunstancias difíciles y en un entorno hostil. Soledad Villamil es una actriz muy conocida (El secreto de sus ojos, 2009, mujer de gran belleza que juega muy bien sus bazas de actriz como ex esposa de Oso; secundan la niña Agostina Lage (OK); el pobre ludópata y nuevo esposo –correcto- Luis Machín; René Lavand estupendo en su rol del peligroso Turco; Enrique Liporacce con calidad en su papel de Güemes, el patrón remisero; y así y en perfecto coro Daniel Valenzuela, Freddy y Ernesto Villegas.

Cuenta premios y nominaciones entre 2002 y 2003, este desconocido film para el público español; tiene: 2002: Festival de Cannes: Selección oficial. Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de la Habana: Premio especial del jurado al director, mejor música y mención especial a la productora Lita Stantic. 2003: Cóndor de Plata: Mejor actor Julio Chávez y otras 11 nominaciones. Mostra de cine latinoamericano de Lérida: Premio al mejor actor.

La incorrección moral y el carácter subversivo de esta cinta la habrían hecho imposible para el cine hollywoodiense u otras industrias convencionales de los denominados países civilizados. Lo digo porque tiene un final inmoral, pues el ex presidiario, asesino de policías, ladrón y hombre violento se sale con la suya. Se queda con el dinero, ayuda a los suyos (es “dinero robado”, dice uno de los que se benefician de la ayuda del Oso) y se larga con el resto en su poder. Pero quiero recordar un film de Hollywood de 1972, La huida de Sam Peckinpah, con Steve McQueen y Ali McGraw; ambos protagonistas lograban también escapar con el botín a México con la ayuda de un buen samaritano que ve recompensada su acción. Pero también digo que cuando la vi en su estreno, por primera vez en España, cuando Franco todavía vivía, la censura había trucado el final para esconder que McQuenn y la McGraw escaparon con el dinero. Luego, tras la dictadura la volví a visionar y ya las cosas estaban como Peckinpah dispuso, aunque la verdad es que el final no era muy peckinpahiano.

Sin embargo, como digo, a los bien-pensantes no les gusta que el ladrón escape, y menos con el dinero. Sin embargo, he de confesar que a mí me encanta que los ladrones de las películas, sobre todo de Bancos, escapen. Aún recuerdo mi decepción, entre otros, cuando en la genial peli de Kubrick de 1956, Atraco perfecto, resulta que la cosa sale mal a ultimísima hora. No lo puedo evitar. Por eso, entre otras, me gustó esta peli y me gustó La huida, de la que un día haré algunos comentarios en estas páginas; es algo que me debo y que debo a un film de excelencia.

En la película, la descripción del Oso coincide con la que una y otra vez encontramos en los westerns, solo que a decir verdad, en los western el “gatillo fácil” está motivado por una pre-civilización aún montuna, en el lejano oeste de la América del norte, donde la Ley no había hecho acto de presencia y donde regía la Ley del más fuerte porque la civilización aún no había llegado. Sin embargo, en este film, el pistolerismo es fruto de cierta decadencia e impunidad, es producto de que la civilización, o mejor, la in-civilización ya hicieron su trabajo. Por eso estamos ante una película social, de crítica social, pues el ambiente en que el que se desarrolla la trama es bastante “realista”, yo he tenido oportunidad de verlo en algunas zonas del gran Buenos Aires y si me sincero, diré que he sufrido las consecuencias de ese incivismo peligroso. Muestra de esta crítica social no exenta de sarcasmo que digo, es la parte final de la peli, cuando mientras realizan un atraco a mano armada, suena solemne el himno nacional argentino proveniente de la escuela de la hija del Oso. Por supuesto y hablando del film, todo esto que digo necesita de un sentido artístico para ser verosímil, lo cual que consigue plenamente la obra.

No obsta lo que digo para que el protagonista se haga por momentos querible, pese a su carácter impetuoso que le había llevado a matar a un policía en el pasado y pese a la orgía de balas y sangre del apocalipsis final. Querible, porque pone en valor lo único puro que mantiene durante todo el transcurso de la cinta, que es el amor incondicional por su mujer y su hija.

En resolución, estamos ante un excelente producto del cine argentino, cine este que en cada film da un paso hacia una mirada propia y crítica de la sociedad en que se enmarca. Una vez más el cine argentino alcanza un logro indiscutible. Esta cinta representa un ejemplo más de la capacidad que la cinematografía austral tiene de hacer trabajos destacables.

Avance aquí.

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