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Gran producción española con un enorme Calvo al frente

Por Enrique Fernández Lópiz

Mientras veía la película, no podía sustraerme al recuerdo de esa saga de grandes escritores e intelectuales conocidos como la Generación del 98. Poetas, ensayistas o novelistas tan reconocidos como el accitano Ángel Ganivet, Don Miguel de Unamuno, Enrique de Mesa, Ramiro de Maeztu, Martínez Ruiz (Azorín), Antonio Machado, Pío Baroja, Ramón María del Valle-Inclán, Jacinto Benavente o el filólogo Ramón Menéndez Pidal (siempre falta alguien), todos ellos, nacidos entre 1864 y 1876, se vieron profundamente afectados por la crisis moral, política y social desencadenada en España por la derrota militar en la guerra hispano-estadounidense y la pérdida de Puerto Rico, Guam, Cuba y las Filipinas en 1998. Esta última pérdida es el motivo del film que hoy me convoca a escribir estas líneas.

El 1 de mayo de 1898 la fuerza naval estadounidense infligió una vergonzosa derrota a la armada y las tropas españolas que fueron aniquiladas. El ejército americano salió indemne y esta humillación hizo que la conciencia de los españoles, sobre todo de los intelectuales, se tambalease, lo que provocó la búsqueda de soluciones ante el declive imparable del país, que unos años antes había sido la principal potencia mundial. A aquellos pensadores y escritores les dolió mucho esa España decadente, desmoralizada y con un enorme atraso económico.

La película se desarrolla en este contexto histórico, cuando España daba sus últimos coletazos coloniales en ultramar. En 1898: los últimos de Filipinas, un destacamento español desembarca en aquellas costas orientales y se dirige al pueblo de Baler, en la isla filipina de Luzón. Ya antes, un destacamento había sido prácticamente exterminado por los insurrectos filipinos revolucionarios. Cuando llega la nueva tropa, deciden atrincherarse en la iglesia y allí resisten durante 337 días el asedio, la artillería enemiga, el hambre y la enfermedad, en un lamentable estado, mezcla de disciplina militar y desesperación, sobre todo por parte de los soldados jóvenes, muchos de los cuales ni siquiera habían recibido el entrenamiento castrense adecuado. En diciembre de 1898, con la firma del Tratado de París entre España y Estados Unidos, se ponía fin formalmente a la guerra entre ambos países y España cedía la soberanía sobre Filipinas a Estados Unidos. Pero la noticia no había llegado de manera fidedigna al destacamento sitiado en Baler. Su defensa a ultranza del enclave, el sufrimiento e incluso heroicidad cedió finalmente, y los pocos supervivientes que quedaron fueron conocidos como «los últimos de Filipinas».

Sin lugar a dudas el director Salvador Calvo es uno de los realizadores españoles más significados del momento. En esta importante producción, Calvo rueda una obra asfixiante, fuerte, muy angustiosa en la que un puñado de hombres resisten de una forma inhumana, anímicamente al borde del colapso, hambrientos, enfermos de casi todo, incluido el beriberi por falta de alimentación fresca, sometidos a la obstinada decisión de un oficial por cumplir con las ordenanzas, todo lo cual chocaba frontalmente con el más elemental sentido común. Salvador Calvo retrata, alejado del patrioterismo o la anécdota, la epopeya de ese último bastión militar español en la isla de Luzón, un episodio histórico que se conoce como «el sitio de Baler». Una dirección, pues, muy solvente.

El guión de Alejandro Hernández es un libreto muy elaborado, complejo, con escenas y diálogos inquietantes y que sabe trasladar a su texto toda la ansiedad de aquella España pobre, inoperante y depauperada por una crisis sin precedentes en nuestra Historia. Y Hernández lo hace, no recurriendo a las grandes ideas o elevadas interpretaciones, sino ciñéndose al drama de alta tensión de un pobre puñado de hombres aislados en la nada, en el confín del mundo, que aguantó toda clase de calamidades, manu militari, a mayor gloria de un Imperio que era ya solo humo.

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Fotografía esplendorosa y clásica de Álex Catalán que le da enorme cuerpo a las imágenes del film, que sabe capturar además de la batalla, amén de unos potentes paisajes exóticos. Excelente puesta en escena, vestuario y la localización de exteriores en Guinea Ecuatorial y las islas Canarias. Se nota que se ha manejado un generoso presupuesto de parte del productor Enrique Cerezo.

En el reparto están los más mayores en plenitud; así, un Luis Tosar que a mí me ha parecido en su mejor papel hasta hoy, el teniente al mando ciego por una empresa vana y sin que se le despeine el mostacho. Impecable Javier Gutiérrez como sargento de hierro. Karra Elejalde imponente como el sacerdote-fraile escarchado en opio. Magnífico Eduard Fernández como capitán pusilánime. Muy bien Carlos Hipólito, el doctor de campaña. Y acompañando unos actores jóvenes que están muy bien y realizando trabajos meritorios hechos con inteligencia y pragmatismo como Emilio Palacios, Álvaro Cervantes (de diez), Ciro Miró, Patrick Criado (impresionante), Miguel Herrán, Ricardo Gómez, Maykol Hernandez; y Alexandra Masangkay, la sensual, sugerente y provocativa tentación de placer y libertad que encarna plan “toque guinda de pastel”, esta bonita actriz barcelonesa de origen filipino, que se hace notar, sobre todo cuando canta “Yo te diré”. Esta canción de 1945 se compuso por cierto para la anterior versión del film con letra de Enrique Llovet y música de Jorge Halpepern. En suma, un poderoso reparto, me atrevo a afirmar, y gran dirección de actores.

Vi hace mucho tiempo la versión de Los últimos de Filipinas de 1945, dirigida por Antonio Román; la verdad es que me gustó por los acontecimientos que narraba, pero mientras aquella hacía más hincapié en el valor patriótico de los resistentes, en esta nueva versión incluso ocurre lo contrario: el desánimo de la tropa, los comentarios de desvalorización del gobierno español que los ha dejado desamparados o las deserciones de los soldados. Pero sobre todo, esta excelente película habla del instinto de supervivencia cuando ya todo parece hundirse, una supervivencia narrada en “términos heroicos o miserables, del planteamiento sobre lo que significan los grandes valores que inventa el poder y la capacidad cuando todo es acorralamiento y derrota para tomar decisiones de inmolación, cobardía, morales, pacto, desesperación, autoestima o resignación” (Boyero). Como declara su director: “Cuando Enrique Cerezo nos propuso hacer esta película, el guionista y yo tuvimos claro que no podía ser un ‘remake’ porque nos tirarían piedras. El discurso de Román no se sostiene hoy en día. Por eso no hacemos un filme bélico sobre las glorias de España, sino uno que habla del sinsentido de las guerras, de unos soldados luchando durante un año por un país y un imperio que ni siquiera les había avisado de que la guerra había acabado, de que habían vendido Filipinas por 20 millones de dólares a Estados Unidos y de que habían regresado a España dejándolos abandonados a su suerte”. Y así es. No teman, que no es la misma película de antañazo.

En ese sentido, el film es muy dramático, produce gran zozobra pues consigue que el espectador se meta dentro de aquella pobre iglesia semiderruida con soldaditos jóvenes muriendo de beriberi, sin provisiones ni medicinas, con la reglamentación militar omnipresente en la figura del teniente y el sargento, para que se cumpla la normativa a marcha martillo, ambientación claustrofóbica y una “variopinta partida de supervivientes, alejados de la exaltación patriótica y la vehemencia militarista” (Bermejo). Esto es así, sobre todo comparada con la anterior versión a que antes me refería; lo cual que no seré yo quien la critique mal. En estos resistentes hay también, empero, su ardor nacionalista, pero sobresalen las dudas y los flecos antibelicistas, bien por la falta de alimentos y recursos o por descreimiento.

La verdad, me ha gustado mucho esta película y además me ha hecho reflexionar y recordar la enorme turbación que vivió España en aquellos entonces. Ello me ha conducido a aquella preclara generación del ´98 a la que me refería al principio de estos comentarios, que expresó con diferentes nombres la ineficaz y decadente España del momento, con calificativos como la «abulia» que Ganivet diagnosticó; el «marasmo» que angustió a Unamuno; la «depresión enorme de la vida» que Azorín advirtiera, quien también escribe: «De nuestro amor a España responden nuestros libros»; Baroja y Maeztu y el concepto de «regeneración»; la visión de una España «vieja y tahúr, zaragatera y triste» que asqueó a Antonio Machado quien en su poema «Por tierras de España» escribe, a propósito de la pobreza física y moral, y la ignorancia de su gente: «Abunda el hombre malo […]/ capaz de insanos vicios y crímenes bestiales. » Pero al fin, en toda aquella generación, también ardía la ilusión de un hermoso porvenir de Patria, y todos pudieron declamar en su interior con Machado, este otro poema de fe y esperanza, que luego se demostraría falaz, pues de aquellos polvos vendría en 1936 el lodo de la Guerra Civil. Esos hermosos versos dicen así: «¡Qué importa un día! Está el ayer alerto/ al mañana, mañana al infinito./ Hombres de España, ni el pasado ha muerto/ ni está el mañana –ni el ayer- escrito».

Película, pues, muy interesante que concentra gran parte de su logro en desentrañar “el alma de una nación escurriéndose por el desagüe: el militar íntegro, el oficial pragmático, el soldado soñador, el suboficial desquiciado y odioso, el oficial médico barojiano, que debate consigo mismo, el cura empapado de mundo que arroja la cruz con tanta fuerza y devoción como la recoge luego” (Oti Rodríguez). El fin del imperio y la alegoría de la iglesia que sirve de trinchera, como último refugio y valor a defender. “Obra ante todo antibelicista, a caballo entre la majestuosidad de sus planos aéreos y la depuración formal necesaria para sitiar la cámara, la película demuestra que cualquier gesta bélica está más cerca de la ceguera asesina que de la épica condecorable” (Cassadó). Presidiendo la obra Salvador Calvo se confirma como uno de los grandes directores españoles de la actualidad.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=-y1Qr1dRb6I.

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