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Gran película sobre la música, grandes actores

Por Enrique Fernández Lópiz

La película cuenta la historia y los avatares de un cuarteto de cuerda que lleva veinticinco años de exitosa carrera en el panorama mundial de la música clásica. Un grupo que se complementa perfectamente, donde cada uno asume responsablemente su papel en la exquisita creación común. Justo cuando preparan un importante concierto para celebrar sus bodas de plata como profesionales, el futuro de este cuarteto de cuerda de Nueva York recibe un revés importante que pone en cuestión su pervivencia. El miembro mayor del grupo, el violonchelista, es diagnosticado de Párkinson, una enfermedad que al afectar la motricidad. Cuando se enteran, se dan cuenta que esta circunstancia les obligará a remodelar el grupo. Siendo el violonchelista una pieza clave en la formación del cuarteto, el grupo se tambalea en sus cimientos y aparece con fuerza la incertidumbre sobre su futuro. Esto sacará a la luz miserias y frustraciones ocultas en un cuarteto que parecía inquebrantable, y provocará que emociones largamente guardadas salgan a la luz: envidias, amores antiguos, infortunios, egoísmos, reproches o conductas inapropiadas ponen en entredicho años de aprecio y colaboración profesional, y hacen que el grupo pase por su momento más crítico. Un K.O. técnico para gente “con la sagrada misión de transmitir la belleza y el sentimiento de la música –como apunta Boyero-, los pobladores de un ambiente tan civilizado como culto, también son transparentemente humanos”. O sea, tienen sus secretos, afanes, pasiones ocultas, incomunicación; y todo ello amenazará que algo largamente construido y con tanta profesionalidad, esfuerzo, solidaridad y talento pueda quebrarse irremediablemente.

Vi ayer esta película y me he quedado francamente sorprendido de manera muy grata por este film, que en su momento se me escapó pero que pude recuperar y visionar con gran placer y contento. No siempre se ve una película así: ¡una auténtica joya!

Por razones que no son del caso, desde muy joven, bien por motivos personales o por afición, he tenido relación con la música clásica. Sé entonces que la música es absorbente, lo es para los intérpretes mayormente, que han de dedicar su vida entera a ejercitarse y ensayar día tras día, pieza tras pieza y sin descanso para mantener firme y funcionales sus dedos y su espíritu. La música es además un arte de enorme calado, una forma de expresión sublime que hay que entender y sentir de una manera profunda. Pues de todo esto y de más trata esta película.

Además, en el film, se pone de manifiesto que los músicos son personas, con su vida íntima, su familia, sus amores, sus filias y sus fobias, con sus anhelos, pero gran parte de sus profundos sentimientos deben ser obviados en aras a la excelencia interpretativa. Por lo tanto, El último concierto hace posible algo muy interesante, esto es, mostrarnos cómo trabajan los grandes y cualificados profesionales de la música, gentes que lo dan todo por este insigne arte. Es el caso cuando el segundo violinista le insiste al primero en que carece de improvisación por utilizar constantemente la partitura y sus anotaciones y entonces, al tenerlo todo tan medido, pierde en sentimiento. Pero ciertamente, esta metáfora nos muestra el concienzudo trabajo diario de los músicos y su necesaria compenetración dentro de un cuarteto.

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La película es realizada con total excelencia por Yaron Zilberman que dirige esta obra con una enorme sensibilidad y sutileza, una historia doliente contada con mesura y sin empacho. Zilberman construye esta película de forma minimalista, sin dejar cabos sueltos y sin forzar la historia con hilvanes traídos de los pelos. La película está cargada de alegorías y enlaces que rodean a los personajes, cada uno con su situación idiosincrática, siempre al compás del Opus 131 en Do sostenido menor de Beethoven. Hay, eso sí, cierta insistencia en el drama y en la gravedad de lo que son meras vivencias personales ¿Un exceso de sobriedad? Tal vez, pero el film tiene consistencia, calidad y credibilidad. Todo ello regido por un guión de primer nivel del propio Zilberman junto a Seth Grossman. La fotografía nítida de Frederick Elmes arropa con ponderación la obra. Y es meritoria igualmente la música de Angelo Badalamenti, música en la que abunda la obra de Beethoven. Y muy buena la puesta en escena y el montaje.

En la película es central las interpretaciones del Opus 131 de Beethoven, como ya he dicho, y en esos momentos de elevada musicalidad y el cuarteto concentrado en su interpretación, la cámara está casi estática, sin distracciones ni mareos, con largos planos, con el invierno del Central Park neoyorkino presente al fondo, y una sensación de hermosura en su conjunto indescriptible.

Un valor principal de la obra son los eminentes intérpretes que la protagonizan. Se trata de actores que destilan clase, lo que en el cine de hoy supone una fresca brisa para respirar a fondo, como si se tratara de un apacible espacio en el que poder descansar de tanto griterío y despropósito actoral como a veces vemos. Entre los geniales intérpretes tenemos a ese señor de escasa estatura y gordo pero de unas cualidades asombrosas de nombre Philip Seymour Hoffman (tristemente fallecido en este 2014), con un inmenso poder de convicción a lo largo del film en su papel de Robert, segundo violín (de nuevo Seymour supo elegir un papel en otra película de calidad). De otro lado, Christopher Walken es un actor con un carisma turbador que desprende opacidad y que sin duda tiene estilo sobrado; como se dice: es un actor de humor seco y una extraña manera de hablar, haciendo pausas, ritmos erráticos y cambios de entonación nada convencionales. El papel de Walken como Peter, veterano violonchelista enfermo, es decoroso y enternecedor, y él lo hace con nota de diez para arriba. Catherine Keener es una actriz etérea y a la vez una mujer de una gran elegancia que hace el papel de Julia, intérprete de la viola en el cuarteto, magistralmente. Y no quiero olvidar a Mark Ivanir, que interpreta con absoluta maestría y solvencia al engreído y obsesivo Daniel, primer violín que lidera con su afán perfeccionista al grupo, y que desencadena una de las crisis más pronunciadas del film. Y aunque tal vez sea la protagonista más sobrante de la película, Imogen Poots cumple muy dignamente su papel de Alexandra, hija traumada de Robert y Julia, y a la sazón igualmente violinista de élite en ciernes.

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No quiero olvidar que en la película se toca de pleno el tema de la vejez, la enfermedad y la muerte. También de cómo llegado el momento tenemos que saber despedirnos de lo que fuimos y de lo que representamos, y ceder el testigo a los más jóvenes con la mayor entereza posible. Saber, pues, hacer mutis por el foro, incluso de lo que habíamos considerado vital, lo que era parte de nuestra identidad y formaba el eje y la guía de nuestra existencia. Esto es la jubilación. Este trance, este estado de cosas lo construyen de manera magistral entre el director de la cinta Yaron Zilberman y el actor Christopher Walken. Por eso, en la última escena, sentados al final del teatro donde Peter se ha despedido del público dando paso a su joven sustituta al violonchelo, quedan él, que personifica la generación que se retira, y Alexandra, la hija de Robert y Julia, que es la generación que viene: el pasado y el futuro. Y aquí cobran sentido los versos de T.S. Eliot -que constituyen el inicio de su poema Burnt Norton- que la voz de Peter, el violoncelista, recita en una clase ante los jóvenes músicos:

El tiempo presente y el tiempo pasado
están quizá presentes los dos en el tiempo futuro
y el tiempo futuro contenido en el tiempo pasado.
Si todo tiempo es eternamente presente
todo tiempo es irredimible.

Cuando acaba la película, sabemos con seguridad que el tema central, a saber, la sustitución de un miembro del cuarteto por otro profesional, acabará probablemente bien, o sea, que el cuarteto de músicos seguirá adelante con su actividad musical. Acerca del resto de temas que han girado en torno a esta problemática, quedan los interrogantes. Parece que los distintos hilos argumentales puedan llegar a soluciones adecuadas; pero no lo sabemos con seguridad. Y en verdad esto es lo que ocurre en la realidad diaria, que siempre quedan asuntos pendientes, que las cosas nunca quedan definitivamente clausuradas ni definitivamente resueltas. Esta falta de final, este aspecto incompleto, abierto, es probablemente una gran virtud del film.

Y para que todo no sean loas, transcribo aquí el comentario final de Boyero en su crítica sobre este film cuando dice que esta película “no es redonda, tiene bajones, me sobra el personaje de la hija traumada de ese matrimonio de músicos, pero posee un tono que se agradece especialmente en épocas de sequía, de este apocalíptico cine de verano protagonizado cansinamente por los efectos especiales”.

Recomiendo que si tienen sentido de la estética y gusto por las tramas psicológicas, vean la película. Realmente se podrán decir muchas más cosas de esta cinta, pero la más definitoria para mí es que estamos ante una obra auténticamente bella.

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