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Gran película para minorías

Por Enrique Fernández Lópiz

Vengo de ver esta película encomiable de título Historia de una pasión (en inglés “A quiet passion”: trad. “Una pasión serena”), y en principio digo que es una obra muy importante para la cinematografía que va a contracorriente del cine comercial de la cacharrería y la animación, que es lo que parece que se lleva. Además, por su calidad a todo nivel como ahora diré, mi opinión es esencialmente la de haber visto un brillante film. PERO…. quiero ya adelantar que no es una película para todo el mundo. El metraje es algo largo con sus 125 minutos, lo que mueve al respetable a moverse más de la cuenta de sus asientos. De otro lado, el tempo de la obra es extremadamente lento, algo que por otro lado aconseja la trama y que no obstante ello, da como resultado un film de innegable calidad; pero no todo el mundo tolera esta parsimonia. Ocurre también que tiene unos diálogos por empezar brillantes, pero ora por ser poesía de alto calado, ora por ser unos coloquios muy densos, de gran profundidad y tono literario, a veces no da tiempo a asimilar tanta explosión de inteligencia, perspicacia y agudeza afilada como la protagonista prodiga, sobre todo para los de vocabulario restringido y brevedad de mente. Todo esto puede producir en el espectador poco avezado en cine y literatura cierta sensación, mezcla de indigestión y de adormecimiento, según he podido presenciar y según me han contado algunos/as que han visto la película. Esta es mi impresión general; mas no lo olvidemos: estamos ante un gran film. Ahora iré desgranando mi visión sobre esta obra.

Es una película que profundiza en el mundo de la poeta Emily Dickinson (1803-1886) (Cynthia Nixon), desde su internamiento en un estricto colegio religioso católico, hasta su voluntario encierro en la casa familiar de Amherst (Massachusetts), donde Dickinson vivió prácticamente aislada y ajena a la sociedad y las modas toda su vida. La mansión en la que vivió recluida sirve de fondo al retrato de una mujer nada convencional de la que se sabe muy poco. Apenas que sus dificultades escolares la obligaran a abandonar sus estudios. Su única comunicación con el mundo se daba, justamente, a través de su familia, con la que siempre convivió en plenitud y a la que amaba con devoción, incluido su padre (Keith Carradine), con quien Emily permanentemente pugnaba y debatía. Para ella su familia era el universo, y el universo era su familia. Como escribe mi colega JRBoxó: “En Dickinson, el temor a perder el cobijo de su familia, unido al dolor por su fealdad y la inquietud que le causa adentrarse en un mundo hostil, la lleva a recluirse en la casa de sus padres primero, luego en su habitación y al final en su mente de donde sale tan solo de noche, para escribir. Sus propuestas quedan extenuadas en un ámbito cada vez más reducido. Una fantasía uterina. La obra de arte no procede de la contemplación de la belleza sino de la experiencia del dolor y la huida desde la fealdad que parecen más extensos y permanentes”.

En esa práctica retirada del mundo, Dickinson comenzó una perseverante carrera como escritora de poemas, con el permiso y algún apoyo paterno para escribir por las noches a la luz de una vela o un quinqué. De hecho, más allá de su solitaria y aislada vida, sus versos atrapan por su apasionante mundo interior y su conocimiento de la vida que apenas veía pasar tras el umbral de su habitación en el primer piso de la casa o por los cristales de su ventana que daban al exterior. Sobre todo en los últimos años de su vida el mundo había dejado de interesarle definitivamente, sólo se volcaba en sus versos mientras oía las voces familiares o de visitas que en un tono susurrante y desconsolado, vertían sus opiniones sobre un universo personal lúcido y propio que, en realidad, es un misterio objeto de cábalas y cabildeos.

Mientras vivió apenas publicó un puñado de sus casi cerca de dos mil poemas, y su mito caminó de la mano del silencio, la incomprensión o el desprecio en su época.

O sea, el film hace el recorrido por la historia “recreada” de la poeta estadounidense Emily Dickinson, desde su infancia hasta convertirse en la famosa autora que hoy conocemos, una autora cuya apasionada y vehemente poesía la coloca en el reducido panteón de poetas fundamentales norteamericanos junto a Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt Wihtman; tal vez haya que incluir ahora al flamante Nobel de Literatura de 2016, el silente Bob Dylan: ¿quién sabe?

El director Terence Davies, con un guión de su propia autoría construye la vida y obra de la poeta, retratando su singular universo con una historia obviamente de ficción, pues de su vida se ignora casi todo. El emprendimiento de Davies lleva consigo localizar el contexto de encierro de la poeta a en la casa paterna junto a sus hermanos, y a la vez dar las claves de su reconocido trabajo lírico. Davies lo hace con la “voluntad de entomólogo atento a cada detalle, pendiente de la exactitud de cada plano y siempre muy consciente de la precisión de cada palabra”. Pero no se trata de hacer una biografía asépticamente, sino de darle un sentido; “de explicar desde ella la fiebre más íntima de cada uno de sus versos” (Martínez). En este sentido el libreto es abundante en preciosas frases de gran entidad, nunca cursis o amaneradas, pues se trata de poner voz a los diálogos en los que participa una mujer de inusual perfil y enorme sensibilidad; todo ello en un brillante ejercicio intimista. Con esta cinta Davies revalida, si así pudiera hablarse, el rigor y la hondura de genio de un clásico que realiza un grande e intenso trabajo, con una potencia dramática apabullante que aborda sin temor las heridas y sufrimientos de una escritora de talla, “una obra de riguroso aparato formal que, en su despliegue, con severa sencillez, trasciende la cotidianidad de su personaje para alcanzar también a la persona y a su obra, a su nobleza y a su poesía” (Ocaña).

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Es muy bella la fotografía de Florian Hoffmeister, con sus barridos por el entorno doméstico que habita Dickinson, con una cámara prácticamente estática, presente en todo momento de la profundidad, perfección e intensidad de un encuadre que se mantiene en el justo límite entre la realidad y el sueño; que recoge el tono ocre de la casa, su oscuridad por la mera iluminación de velas, también capta un ambiente atenazador, la intransigencia, el lúgubre tenor del entorno y sus cetrinos presagios; travellings cenitales y filigranas con la iluminación, con primerísimos planos a cada tanto. Acompaña una música muy bella, orquestal, instrumental y cantada, cuyas letras son los poemas de la protagonista. Esta banda sonora, lejos de parecerse a las bandas musicales típicas hollywoodienses, tiene un estilo musical introspectivo, con toques de nostalgia; ha contado para su interpretación con la Filarmónica de Bruselas (no olvidemos que el film es una producción inglesa en coproducción con Bélgica). Gran puesta en escena, y el vestuario, no obstante el escaso presupuesto que ha tenido el film, luce muy bien y además los actores saben moverse dentro de ellos sin parecer encorsetados o disfrazados, lo cual a veces ocurre. En fin, que como acertadamente escribe Aldarondo, “Los mejores logros de Davies están convocados: la precisa composición de los encuadres; la esencia cinematográfica teñida por la pintura con un magistral manejo de la luz y en diálogo conmovedor con la música (especialmente, Charles Ives); y la cadencia majestuosa. Y, sin embargo, nada más lejos del formulismo”.

En lo que concierne a los actores, en el nivel más elevado tenemos a una Cynthia Nixon que desde el primer momento se hace cargo de la poeta Dickinson en toda su amplitud y repertorio de acciones y emociones, que interpreta con un nivel magistral difícil de alcanzar y que la Nixon eleva por encima de la misma excelencia; una labor impresionante que merece todos los honores, capaz construir con absoluta credibilidad las luces y las sombras de su controvertido personaje. Además, Cynthia Nixon no sólo impone cuando interpreta su papel, sino también cuando recita sus poesías en off o frente a la cámara. Y como es una película sobre todo para actores, cuenta además con un elenco de intérpretes de reparto de primer nivel donde todos están de lujo, desde la muy buena actriz Jodhi May en el personaje de Susan Gilbert; el gran Keith Carradine como Edward Dickinson, el bondadoso padre; Joanna Bacon estupenda como la señora Dickinson; a papeles más destacados como la gran Jennifer Ehle, magnífica como Vinnie Dickinson, la querida hermana; Duncan Duff, muy bien como Austin Dickinson, el amado hermano. Acompañando con: Catherine Bailey (como Vyriling Buffan), Emma Bell (Emily de joven), Benjamin Wainwright, Anette Badland, Rose Williams, Noémi Schellens, Miles Richardson, Eric Loren y Stefan Menaul. “Los personajes reducen cada uno de sus gestos, cada una de sus expresiones, todas y cada una de sus palabras, a la herida de un drama que se antoja eterno. No lo llamen intensidad. Duele más. Sobra lo banal, adiós a nada que no se corte hasta desangrarse en las afiladas aristas del alma. Suena tremendo y lo es. Cynthia Nixon, Jennifer Ehle y Keith Carradine simplemente se dejan llevar de la mano de una de las pocas miradas irrefutables del cine contemporáneo” (Martínez).

La película tiene escenas memorables, pero obviamente no las puedo contar todas. Sin embargo, por mi afición incluso profesional por los cambios que el tiempo produce en las personas, destaco aquí la escena con travellings de acercamiento, que es la escena de los daguerrotipos. Vemos uno a uno los personajes principales, sentados para un retrato, y a medida que la cámara avanza sus rostros se van transformando lentamente, hasta que nos damos cuenta de que han cambiado los actores, ya que hay un gran salto temporal. “La elipsis que muestra el envejecimiento de toda la familia a partir de la realización de unas fotografías es uno de los momentos más admirables que recuerdo en años, algo por lo que vale la pena ver esta película y seguir confiando en el cine como un arte único e inimitable” (Quim Casas). Davies es un director que siempre arriesga y él mismo dice de este momento del film lo siguiente: “En esta escena nos encontrábamos con un problema que me parece muy interesante como cineasta: ¿cómo filmas a alguien cambiando el paso del tiempo sobre él? Y no sé muy bien de dónde salió la idea de este travelling de acercamiento que activa el cambio de lo que son ahora a lo que serán durante el resto del filme, pero estoy muy orgulloso. Pero aun así, me parecía que no era suficiente, que necesitaba algo más por debajo. Y me acordé del músico Charles Ives, y de su genial “The Unanswered Question”, y la pusimos en esta escena. Pero cuando la grabamos se me ocurrió sacarle las interpelaciones de flauta y dejar solo las cuerdas, y eso crea un efecto como si la pieza estuviera intentando encontrar su clave, lo cual te deja un poco inestable”.

Críticos como Yago García entiende que la película también funciona como “una buena reflexión sobre el sadomasoquismo consustancial al melodrama, un género que, al igual que la obra de Dickinson, gira en torno a nuestro sufrimiento, y a las formas que elegimos para ocultarlo”. Y ciertamente, la protagonista vive profundos y agónicos sentimientos religiosos y de otra índole, en ocasiones patológicos, que supera en su intensidad y carga emocional a otros escritores con gran sentido trágico de la vida y sobre la religiosidad como el mismísimo Don Miguel de Unamuno, se me antoja.

Me pregunto si tendrá éxito esta obra mayor de bellas imágenes que se funden con la solidez y profundidad de la poesía que ocupa el centro de la narración, impecable fotografía y una dirección e interpretación sobresaliente en este meticuloso retrato de una dama muy compleja. Me aventuro a decir que no. Es cine para un público muy aficionado, culto y en general de cierta edad; por supuesto, gran parte de los espectadores que van al cine a ver películas americanas, por lo común jóvenes, no creo que toleren esta cinta ni sepan apreciar cuánto de gran estreno hay en ella. Como la misma Emily Dckinson escribió en uno de sus poemas: “El éxito se antoja más dulce/ para aquellos que nunca lo tuvieron“. Y es que el gran director que es Davies, en sus cuarenta y dos años de director siempre fue en cierto modo repudiado por las productoras; las dificultades de financiación, unido a su negativa a transigir, ha hecho que Davies haya dirigido, cortos aparte, sólo cinco largometrajes estrenados hasta la fecha, a sus setenta y u8n años. Y esta película hermosa y dolorosa y de presupuesto comedido, por más que gloriosa, sólo será reconocida probablemente por una gran minoría integrada por aficionados a la literatura romántica, algún psicólogo, antropólogos, estudiosos de la época y actores, sobre todo del teatro clásico. Y no auguro mucho más. La mayoría insensible que engulle cine sin saber paladear, no irán ni en sueños a ver esta película.

No quiero terminar estos comentarios sin dejar para los aficionados a la poesía como yo, tres perlas de esta gran poeta norteamericana que fue Emily Dickinson; que sirva a modo de entrante para quien no la conozca.

En mi flor me he escondido…

En mi flor me he escondido
para que, si en el pecho me llevases, 
sin sospecharlo tú también allí estuviera…
Y sabrán lo demás sólo los ángeles.

En mi flor me he escondido
para que, al deslizarme de tu vaso,
tú, sin saberlo, sientas
casi la soledad que te he dejado.

Poniente

Velámenes de púrpura se mecen
con suavidad en mares de narciso;
marineros fantásticos se esfuman
y queda el muelle en la quietud sumido.

Presentimiento 

Presentimiento es esa larga sombra
que poco a poco avanza sobre el césped
cuando el sol sus imperios abandona…

Presentimiento es el susurro tenue
que corre entre la hierba temerosa
para decirle que la noche viene.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=2FWFsyZTp30.

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