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Gran película de nuestro cine incomprensiblemente olvidada

Por Enrique Fernández lópiz

En Mi tío Jacinto (1956), Jacinto, un torero fracasado vive miserablemente con su sobrino Pepote en una chabola, en el extrarradio de Madrid. Jacinto es bebedor y sin oficio al que su sobrino adora. Ambos se cuidan mutuamente y afrontan su indigencia de las maneras más inverosímiles: recogiendo colillas y vendiendo el tabaco, haciendo mandados, con pequeños negocios de Pepote, como ganar a las canicas para luego venderlas, ayudar al señor del organillo a recolectar las monedas, etc. Una mañana, Jacinto recibe una carta por equivocación, donde se le comunica que debe participar en una “charlotada” ese mismo día en la plaza de toros de Las Ventas, en Madrid. Por ello le pagarán mil quinientas pesetas, toda una fortuna para aquella época de postguerra. Cuando Jacinto comprueba que el trabajo va en serio, todo su afán, junto a su sobrino, consiste en juntar las trescientas pesetas que es lo que cuesta alquilar el traje de torero. El asunto se presenta complicado y la pareja tío y sobrino, pasarán mil aventuras para conseguir el dinero. Pero con el tesón de Pepote, Jacinto obtendrá el traje para participar en la bufa corrida, la cual acaba mal, entre otras porque cae un gran chaparrón que estropea el espectáculo. Al salir de la plaza, el gran temor de Jacinto es que su sobrino lo haya presenciado todo. Pero Pepote, en piadosa mentira, le dice que no ha podido estar en el festejo por carecer de entrada. Al escuchar esto, Jacinto, feliz, inventa y le cuenta a Pepote que ha hecho una faena monumental. Y ambos se dirigen sonriendo y alegres a su pobre chamizo a pasar otra noche de penuria.

El gran director Ladislao Vadja (1906-1965), fue un gran cineasta húngaro que hizo excelentes películas en España. Obras de la talla de Marcelino pan y vino, 1954; en 1957, Un ángel pasó por Brooklyn; o en 1958, El cebo; películas en las que siempre dejaba su firma de gran cineasta. Vadja estaba ligado al expresionismo alemán y llegó a trabajar en los años 30 junto a Billy Wilder o Henry Koster, realizando tareas de dirección artística en aquellos entonces. En la obra que me trae, logra llevar a buen puerto con sabia mano una cinta de excelencia, una obra que considero muy importante en nuestro cine. Por otra parte, una película injustamente olvidada. En absoluto comulgo con sentencias como las que escribiera Albert, como que el film fue “… una amarga aventura costumbrista protagonizada por perdedores. Bonita”. Este comentario, como otros que circulan por ahí sobre esta cinta, trivializan mucho, profundizan poco, analizan menos y se quedan en la periferia de una película muy vinculada al “neorrealismo”, con un abordaje social y político innegable, y con un hermoso tinte documental que dibuja un Madrid pueblerino, lleno de habitantes que meramente buscan sobrevivir en una época muy difícil de nuestra historia, gentes que como los protagonistas, no tienen ni para comer y que viven el día a día sin un futuro, sin esperanza, sin subsidios ni ayudas, sólo la picaresca, la pillería, la oportunidad heterodoxa para ganarse unas pesetas. Todo ello rodado en espacios y calles de todos conocidas como Rastro, la Plaza de Toros de Las ventas y otros lugares del Madrid castizo.

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El guion de Andrés LaszloJosé SantuginiMax KornerGian Luigi Rondi y el mismo Vajda, basado en una historia del actor y escritor Laszlo, es un libreto con una frescura y una confección impecable y muy bien elaborado; parece mentira que cuatro guionistas pudieran acordar un guión tan consistente como ocurrente, que hace revivir y por el cual transpira la realidad española de los años cincuenta. Muy buena música de Román Vlad que encuadra la historia muy bien. La fotografía genial, sí, genial y maravillosa la fotografía en blanco y negro de Enrique Guerner; recuerdo aquí a modo de ejemplo, una de las primeras escenas de la película, que transcurre en una lechería, escena con una prodigiosa iluminación y encomiable nitidez, con la que se dibujan los perfiles de los personajes y los cacharros del establecimiento. Y así es a lo largo de toda la película. Subrayo en este punto que Enrique Guerner era el sobrenombre hispano de Heinrich Gärtner, austriaco de origen, un maestro de luz y uno de los mejores directores de fotografía europeos de todos los tiempos. Vino huyendo del nazismo y se topó al poco con Franco ¡Manda..! De manera que, como dice Narcea: “La germanidad del expresionismo alemán y la hispanidad de falange acababan de conocerse”. Pero bueno, yendo a lo que vamos, la fotografía es uno más de los muchos valores que posee esta película.

En el reparto tenemos en toda su salsa a un inconmensurable Pablito Calvo, uno de los niños revelación de la época que hace un papel de antología, con su expresividad y su capacidad para atraer la cámara y sintonizar con el espectador: interpretación de una madurez portentosa, sabiendo expresar sus emociones sin exageraciones; su presencia en la historia resulta entrañable e incluso conmovedora como sobrinito y niño huérfano que sabe moverse en la calle como pez en el agua, avispado, listo, simpático, sonriente, a veces triste: maravilloso (con Vadja ya había trabajado en la celebérrima Marcelino pan y vino de 1954; y en, Un ángel pasó por Brooklyn, 1957). Merecen mucho la pena las escenas ya acabando el film, cuando Pepote acompaña a la plaza de toros a su tío mirándole con orgullosa admiración por la calle y en el Metro, mientras de fondo se puede ver a la gente comentar o reír burlonamente el aspecto estrafalario del pobre tío vestido de torero. Antonio Vico está superlativo en su papel de tío, novillero fracasado, borrachín y hombre que vive con su sobrino como un paria; su cara trasluce una gama de emociones que van desde el drama de la pobreza, hasta la ilusión de las imágenes finales cuando hace una representación inventada de la gloriosa tarde toros que ha tenido, que en realidad es una farsa, pues todo concluyó en un grotesco fracaso. José Marco Davó, excelente como inspector de policía bonachón, pues había que quedar bien con el régimen, el de Franco, claro. El gran actor que fue Juan Calvo hace su papel de sastre con sintonía y gran oficio. Resulta curioso poder ver en este film a dos de los grandes humoristas españoles del pasado siglo en papeles discretos, como Miguel Gila y Luis Sánchez Polack (Tip), el primero como timador que vende relojes de marca falsos y el segundo como ayudante del sastre que tiene que acompañar a Jacinto hasta que acaba la faena, encargado de vigilar la integridad del traje de torero alquilado. Mariano Azaña muy bien como cerillero. Pastora Peña muy guapa y simpática como vendedora de sellos. Julio San Juan, como organillero, genial. Paolo Stoppa bien en su breve papel de falsificador de arte. Rafael Bardem como agente artístico, en su punto. Sin olvidar al GRAN José Isbert como el desgraciado vendedor de relojes Omega falsos, aunque tiene una muy breve aparición; la suficiente para poner su firma. Acompañan Adriano Domínguez como agente de policía, Joaquín Portillo como compinche del timador de relojes, Walter Chiari aliado con el falsificador, Gildo Bocci relojero o Jesús Colomer, limpiabotas muy campechano. Un genial grupo de actores de enorme calidad interpretando una rica tipología popular, tan auténtica como entrañable, de aquella fauna tan abundante en la truhanería de los cincuenta del pasado siglo.

Premios en 1956: Festival de Berlín: Sección oficial. Corto palmarés. Habría merecido mucho más.

Ver esta película conlleva darse cuenta de que existe otro cine en la era Franquista, otro muy diferente a esas típicas películas de “cine de barrio” y sus toscas sandeces. Esta película es una obra cuidada y con un guión muy interesante, que merece y mucho la pena ser visionada, a mayor gloria de nuestra cinematografía de los años ´40, ´50 y ´60. Estamos ante una obra maestra extrañamente desconocida, realizada por un director de gran talento, tal Vajda. Es sentimental pero no ñoña, no blanda, de gran ternura, pero que obvia el sentimentalismo fácil. A la vez, es un retrato serio de la gris y triste España de la tardo-postguerra, un retrato lúcido y también compasivo. El reparto no puede ser mejor, actores y actrices que saben representar una rica tipología popular tan genuina como afectuosa. Pablito Calvo realiza quizá su mejor trabajo en el cine y Antonio Vico ofrece con absoluto verismo actoral una interpretación que aúna sobriedad y derrota.

Concluyendo, un clásico de nuestro cine, con cierto sabor al cine Capra, superando en su terreno a cintas del neorrealismo italiano, que sabe provocar limpiamente y con honestidad alguna lágrima al espectador. La época que aborda, la penalidad en la que profundiza Vadja y los grandes intérpretes, logran verdaderamente emocionar.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=pqrbdfDFcB0.

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