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Gran melodrama sureño, gran Wyller, maravillosa Bette Davis y la reparación

Por Enrique Fernández Lópiz

Jezabel, gran película de William Wyller que dirige con el genio propio de un maestro este drama sureño conducido por un impecable guión de Abem Finkel, Clements Ripley y el mismísimo John Huston, basado en una obra e teatral escrita por Owen Davis (Jezebel, 1933), que no tuvo mucho éxito en Broadway. El guión hace uso de un ejercicio narrativo de tono clásico dentro de los melodramas de Hollywood, pero llevado con una suprema elegancia que ayuda al desenvolvimiento de sus personajes. Excelente música de Max Steiner que ayuda a crear el ambiente intenso que exige el film, sincronizada ajustadamente con la acción (le valdría a Steiner el encargo de la banda musical de Lo que el viento se llevó), y una gran fotografía en blanco y negro de Ernest Haller.

En cuanto al reparto no puede ser mejor. Bette Davis es una actriz de primer orden, con una belleza cubista y una capacidad para el repertorio expresivo sin límite. Davis hace un sensacional papel de mujer sureña despechada que finalmente busca la redención, una Davis enorme en cada plano, lustrada y ataviada con enormes vestidos. Le sigue un jovencísimo Henry Fonda sobrio y en su sitio que no obstante hace totalmente creíble su papel. Fay Bainter elegante y magnífica en un papel que interpreta de lujo. George Brent vital y estupendo. Margaret Lindsay recatada en un papel recatado. Y les secundan un Donald Crisp sobrio; Richard Cronwell muy expresivo; Henry O´Neill y Spring Byington estupendos.

Jezabel tiene un argumento que nos habla de habla de una mujer transgresora en Nueva Orleáns, año 1852, años previos a la Guerra de Secesión americana. Jezabel es una mujer inconformista a la que gusta de romper las reglas, pero para utilizarlas a su conveniencia cuando le parece bien. Hay que tener en cuenta, y eso queda muy bien reflejado en el film, que en aquellos entonces la feminidad sureña se veía sumergida en una cuestión cultural que involucraba tradiciones y restricciones siempre vinculadas con el sexo masculino. Este extremo me recuerda a una eminente psicoanalista de nombre Karen Horney (1885-1952), para quien existe en la mujer un profundo miedo a la condición femenina que, al margen de los avatares psicosexuales, se enraíza en una aspiración socio-genéticamente determinada al papel masculino y en un rechazo de las cualidades específicamente femeninas que la cultura y el orden social infravaloran. De este modo, la denominada por Freud “envidia fálica” en la fase del Complejo de Edipo (envidia del apéndice que tienen los varones por parte de las niñas) no es algo determinado por factores psicobiológicos o sexuales según Horney, sino, que es un producto cultural ¡Cómo explica de bien este argumento la rebeldía y los desaires de Julie en el film y en la sociedad represora y convencional de la época que vive!

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En la película hay amor, celos, orgullo, pasión y los consabidos conflictos entre el Norte y el Sur de los Estados Unidos de la época. De fondo, el temor de la fiebre amarilla.

El artesano Wyler, con su magistral modo de conducir todos los planos hasta colocar la historia en el punto exacto culminante, nos presenta una intensa historia de amor entre la rebelde y carismática Julie Marsen (Bette Davis) y el apuesto y luchador Preston Dillard (Henry Fonda), frustrada por los continuos caprichos y exigencias de ella. En un gesto de venganza hacia su prometido por no doblegarse a sus antojos, Julie aparece en un baile de sociedad con un vestido rojo, algo escandaloso pues según la tradición debía hacerlo de blanco. Este asunto se le escapa de las manos y Preston, que ha quedado en ridículo, decide irse a Nueva York a trabajar en la Banca, mientras ella queda en el sur deshecha y esperando que algún día vuelva. Y sí que lo hace, pero felizmente casado.

Este melodrama sureño puede a alguien sugerirle, no sin razón, la celebérrima película Lo que el viento se llevó (1939), aunque sin alcanzar la cota épica de esta auténtica joya del Séptimo Arte. Si bien logró llamar la atención de la Academia de Hollywood. Recibió dos Oscar, uno a la mejor actriz (Bette Davis), y el segundo a la mejor actriz secundaria (Fay Bainter), más cinco nominaciones.

Y es que la Davis no puede hacer mejor el rol de mujer dominante y temperamental (igual que lo era en la vida real). La escena en la que su antiguo novio le presenta a su esposa resulta sublime. Es difícil describir la cara de Bette Davis en ese momento. Sin embargo Henry Fonda tiene en esta película un papel poco agradecido, ya que encarna a un hombre frío y hierático que no muestra el mínimo signo de conmoción ante el largo tiempo en que Julie lo esperó. Pero en su registro, también Fonda hace un gran papel. En este capítulo conviene recordar que Wyler supo sacar lo mejor de Bette Davis, puliendo su enorme talento, tanto en esta obra como en películas como La loba (1941) y La carta (1940); y además, por si alguien no lo sabe, ambos mantuvieron un romance apasionado a la vez que tormentoso.

Al finalizar el film Jezabel debe purificar sus faltas al más puro estilo bíblico. Los errores de Jezabel funcionan en el film a modo de recordatorio de nuestros propios errores, tan difíciles de corregir a “toro pasado”. Pero la salvación, Jezabel la busca de una manera que el espectador de hoy día sigue entendiendo y aplaudiendo: en la necesidad de penitencia, de redención. Porque aun en nuestros días, tiempos individualistas y poco dados a la reflexión, sin embargo algo en nuestra conciencia nos indica que tenemos que seguir conviviendo, y que para ello es preciso hacer un cambio que se traduzca en una mejora, una reparación en toda regla. Y así ocurre en un triste e incierto final que no descifro para que quien no haya visto aún el film, lo haga.

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