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Ghost in the Shell

Por Alejandro Arranz

-Hollywood le ha arrancado el alma, la poesía, la belleza y la inteligencia a la historia de Masamune Shirow. Los pezones son lo de menos.
-Sanders nos recuerda el peor significado de los términos “remake” y “blockbuster”.

Puede que no sepan quien es Masamune Shirow. Tal vez hasta ahora no conocieran esta inabarcable obra suya o que lo hicieran gracias a la adaptación que Mamoru Oshii hizo en 1995. Si su primer encuentro con la historia de Motoko Kusanagi es con este remake de imagen real escrito por William Wheeler (Queen of Katwe) y dirigido por Rupert Sanders (Snow White and the Huntsman), lo siento mucho por ustedes, pero ni está cerca de hacer honor a una de las mejores obras del Cyberpunk. En seguida les explico las razones por las cuales la atrayente puesta en escena y las tramposas ínfulas metafísicas son un mero envoltorio para otro blockbuster Hollywoodiense sin pizca de personalidad o contenido. No obstante, si han venido a leer mis reproches sobre el casting occidental, ya saben dónde está la puerta. Esta cinta tiene bastantes problemas que comentar sin necesidad de meterse en otras polémicas mucho menos interesantes. Vamos allá.

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Desde el trailer se observaban con suntuosa facilidad las modificaciones argumentales que se habían introducido, pero hay más de las que esperaba. Puede que esté muy usado el truco de decir que han “cercenado” el contenido, sin embargo este caso es de manual. De hecho, hasta se han esforzado en eliminar cualquier rastro de “espíritu” para dejar solo el aspecto mecánico. El grueso de la trama del filme de Oshii era sencillo y directo, la historia se complicaba por sus numerosos elementos, la riqueza del universo, los entresijos políticos, su aterradora alegoría premonitoria y su minuciosa atención al detalle tecnológico y a la melancólica contención emocional. Aquí la trama es simplona y la narrativa tan esquemática como reiterativa. Todos los cambios son en pro de la espectacularidad, y a cualquier fan le producirán una indignante carcajada. No hay más. Pasada por el filtro de Hollywood esta historia carece de nada que contar y de la abrumadora fascinación de antaño. Todas aquellas perlas líricas, cerebrales, sociales, políticas, existenciales y teológicas que la adaptación del 95 ofrecía en unos intensos -y escasos- ochenta minutos se han perdido, como lágrimas en la lluvia. Y lo mejor de todo, el filme de Sanders dura cuarenta minutos más, 120 en total, pero se las arregla para transfigurar los elementos hacia el blockbuster superficial y tirar de insoportables repeticiones vacuas y vagos homenajes. Incluso amenaza con irse a peligrosos terrenos melodramáticos.

No es difícil creer que el producto comienza a provocar bostezos una vez pasados los veinte primeros minutos. El mayor problema es la inexistencia de algo sólido a lo que agarrarse más allá de su impecable factura visual y el ritmo habitual de estas producciones; virtudes insuficientes. Ni siquiera puedo perderme en la música de Clint Mansell como en aquel cautivador y asfixiante trabajo de Kenji Kawai. Los personajes tampoco tienen el carisma de las obras precedentes, y Sanders rechaza desarrollar más a los secundarios, una decisión que podría haber sido interesante. En cuanto al reparto, Johansson reafirma su poderío como heroína de acción dura y frágil pese a que su personaje es arrebatado de arco dramático. Por otro lado Binoche y Michael Pitt alegran un poco la cinta con sus intervenciones, aunque ambos personajes están desaprovechados. A Kitano, que parece muy perdido y produce confusión, casi se le perdona gracias a una contundente escena del tramo final. Momentos más tarde llegamos precisamente al final y sobre éste se hace necesario comentar el modo en que uno de los mejores desenlaces de la historia de la ciencia ficción es sustituido por la típica conclusión de esquema indolente, que da la ración esperada de drama chorra y monólogo superheroico post frase lapidaria. Lamentable.

Me resulta curioso que Spielberg le ofreciera el puesto de dirección para este proyecto a Sanders, por su spot de Halo. El publicista que una vez intentara convertir a Kristen Stewart en Blancanieves ha acercado Ghost in the Shell a la Lucy de Luc Besson. La diferencia entre ambas obras es que Sanders se ha tomado en serio su película, y puede que no sea una chorrada Bessoniana, pero es tan inane, vulgar y unidimensional pese al 3D que la mediocridad deja paso, por fortuna, al olvido. Si hace 22 años nos agotaba la densidad de la obra, aquí lo hace la insustancialidad. Un revisionado del anime y/o una relectura del manga lo arreglan seguro.

Alejandro Arranz

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