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Gatsby y Daisy de Baz Luhrmann

Por Jorge Valle

En 1996 Baz Luhrmann estrenaba Romeo y Julieta de William Shakespeare, un ampuloso y excesivo sacrilegio a la imperecedera tragedia del autor inglés. Cuando se anunció que el director australiano iba a encargarse de la adaptación de la más famosa novela del maestro Fitzgerald, muchos temieron que se volviera a producir la catástrofe, y que El gran Gatsby se convirtiera en una excusa más de Luhrmann para mostrar su poderío y sus capacidades visuales, reduciendo todo a la fuerza de las imágenes. Los pronósticos, lamentablemente, se han cumplido: Jay y Daisy tendrán que seguir esperando para ver su trágica historia llevada con dignidad a la gran pantalla.

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Al igual que en la reciente Anna Karenina de Joe Wright, vuelve a predominar la forma sobre el contenido. El director parece más preocupado por sumergir al espectador en los felices años 20 –hecho que ni siquiera consigue, pues la música de Lana del Rey, Goyte o will.i.am desentona de forma estruendosa con el ambiente- que en dotar de profundidad a una historia que aquí llega a rozar en ocasiones lo ridículo y lo bochornoso. La suntuosidad de una puesta en escena excesivamente recargada termina por ahogar una película que podría haber ofrecido muchísimo más que unos decorados brillantes y dos horas de simple y vacuo entretenimiento.

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Siempre es un placer disfrutar de la energía y la intensidad con la que Leonardo DiCaprio construye cada uno de sus personajes, aunque en esta ocasión ni siquiera sirva para salvar a El gran Gatsby de la mediocridad. Carey Mulligan hace lo que pueda con la pobreza de su papel, pero las melancólicas y profundas miradas de Daisy se pierden en la grandilocuencia que Luhrmann impone a toda la película. Y frente a un excelente Joel Edgerton en el papel de Tom Buchanan –suyos son algunos de los momentos más intensos de la cinta-, Tobey Maguire vuelve a demostrar sus carencias interpretativas con un personaje con el que el lector se identificaba desde la primera página en la novela, pero con el que aquí nunca llega a conectar, pues el carisma de este Nick Carraway es totalmente inexistente. El resto de los personajes no aportan nada, y sus intervenciones no superan el umbral de lo anecdótico.

Se puede hablar, por tanto, de un fracaso absoluto: el espectador queda apabullado por la grandiosidad de la puesta en escena pero no conecta con los sentimientos de los personajes ni con los temas que Fitzgerald plasmó de forma tan magistral en la novela, y que siguen estando vigentes en la sociedad de hoy en día: la desmesurada ambición de unos pocos que acentúa la pobreza marginal de muchos, la necesidad de reconocimiento y gloria por parte de los demás, el temor a un futuro desconocido, el miedo a descubrir que tus sueños nunca llegarán a realizarse. Pero ante todo, El gran Gatsby esconde una terrible verdad que todos, en algún momento de nuestra vida, llegamos a comprender: todo lo que hemos vivido ha quedado atrás -las oportunidades perdidas, los besos que no dimos, las palabras que no dijimos-. Pobre de aquel que, como Jay Gatbsy, quede anclado en un momento de su pasado.

Luhrmann lo ha vuelto a conseguir: convertir una obra maestra de la literatura universal en una tontería insufrible, gracias a un lamentable guión que transforma los brillantes diálogos de Fitzgerald en un saco de palabras insípidas y superficiales –ese “solo quiero que mi hija sea tonta y bonita” de Daisy, que en la novela llegaba a conmover, aquí provoca la risa-. El gran Gatsby no solo es un insulto a Francis Scott Fitzgerald, sino también a todos los lectores que hemos alimentado nuestra imaginación y nuestro corazón con esta historia de amor y pérdida, de excesos materiales y defectos sentimentales, de personajes atormentados en tiempos felices.

Jorge Valle

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Comentarios

  1. Jose Luis Ferreirós

    No podría estar más de acuerdo contigo, compañero. Desde el primer momento ya te das cuenta que Luhrmann no sabe como escenificar la imagen que vemos en la pantalla. Está más perdido que los guionistas de Lost…

    Saludos.

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