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Foxfire: feminismo, revolución, heroísmo, secta; quien la vea que opine

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta película se desarrolla en un pueblo obrero de los Estados Unidos, Hamond, al norte de Nueva York, año 1955. En este contexto, un grupo de jóvenes adolescentes se constituye en una sociedad secreta exclusiva de chicas, a la que ponen el nombre de “Foxfire” (Puro fuego). Entre ellas hacen el pacto de vivir según sus reglas y sus leyes, pase lo que pase, bajo juramento y posterior tatuado. Es un pacto para siempre, de fraternidad feminista y militancia en la subversión (que acabará siendo criminal) contra los hombres fundamentalmente. Pero con el tiempo se darán cuenta de que la libertad y los principios que se propusieron, tienen necesariamente un coste importante.

Es una película que tiene ciertas trazas de documental como ahora diré, donde se expone la vida machista de los cincuenta, que incluye también posiciones conservadoras y anticomunistas en una burguesía pujante de la América profunda que se sabe vencedora en las Grandes Guerras, “versus” la marginalidad de las mujeres y de las adolescentes en particular de la pequeña ciudad en la que se desarrolla la historia. Es todo este encuadre el que hace que las jóvenes, lideradas por una adolescente principal, formen una sociedad secreta, especie de secta, en la que poder reivindicar con toda furia su rol social y sentirse amparadas entre ellas. Aunque desde ya digo que sus ideales, marco doctrinal, ideología, etc., eran prácticamente inexistentes, salvo en lo que tocaba a recaudar dinero por medios poco ortodoxos. Como dice Boyero: “Cantet, que es muy humano, intentará mostrarnos las zonas de luz y de sombra de estas crías, sus contradicciones, el desacuerdo entre sus solidarios anhelos y lo que impone la realidad.” Y así es, precipitándose la trama por derroteros inopinados inicialmente, cuando se funda la sociedad “Foxfire”.

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Película dirigida por el francés Laurent Cantet, con guión del propio Cantet y Robin Campillo basado en la novela homónima de Joyce Carol Oates. Acompaña muy bien la música original del grupo canadiense de folk Timber Timbre que le da una extraña atmósfera, entre la desolación y la esperanza; y además incorpora temas de éxito de aquella época de manera muy apropiada (p.e. “que será será”, y otras que van del rock al pop o el blues, etc.). La fotografía es excelente, a cargo del director de fotografía Pierre Milon, donde hay dos cámaras -así se rodaron las secuencias de grupo-, lo que evita el convencionalismo del plano-contraplano. Además consigue, entre otros, hacer que el film no pierda su estilo documental. El diseño de producción y la puesta en escena está genial, recreando los años cincuenta hasta en los mínimos detalles: vestuario, peluquería, autos, urbanismo, comercios, etc.

El reparto es muy bueno con interpretaciones como la de Raven Adamson, Katie Coseni (Concha de Plata a la mejor actriz en San Sebastián), Claire Mazerolle, Rachael Nyhuus o Paige Moyles entre otras.

Laurent Cantet -quien fuera Palma de Oro en Cannes con ‘La clase’ y autor de películas como Hacia el Sur o Recursos Humanos-, con esta película Foxfire, nos abre a un relato de adolescencia feroz, rodado en los EE.UU. de los años 50. Según las ideas de Luís Martínez –las menciono para tener diferentes ángulos al mío y al del propio director Cantet: “Básicamente, la película se entretiene en el cuento de hermandad de unas chicas hartas de ser tratadas como tales. La estrategia consiste en contar una historia antigua como si transcurriera ahora mismo y al lado de casa. Desde el primer segundo cada fotograma se niega a ser tratado como el inquilino de una película de época. Todo cercano y real. Brillante. El problema (que lo hay) es que, a fuerza de pretender proximidad y realismo, ‘Foxfire’ acaba por convertirse en un cuento arrojado a ninguna parte. […] Todo se antoja tan artificial como, finalmente, esquemático.” Sin embargo y contra esta opinión, el propio Cantet, a pregunta precisamente sobre si sintió la tentación de trasponer la historia al momento actual, responde así: “Nos dimos cuenta muy pronto de que sería una mala idea. La historia de estas chicas solo es posible en un período durante el que el control social sobre la adolescencia no se ejercía con la misma fuerza que hoy. La libertad de la época me interesó no solo por razones políticas y sociales, sino también porque era esencial para la narración […] Se trataba de ver si podíamos recrear un período, los años cincuenta en Estados Unidos de una forma naturalista porque nos trae a la memoria bastantes clichés que han marcado nuestra imaginación”.

A mí la película me ha gustado, me ha mantenido la atención todo el tiempo, mirando e interiorizándome de una época ya lejana –pero no tanto-, época muy interesante, en los EE.UU. en particular, cuando el imperio USA se consolida, el anticomunismo campa por sus respetos, las posiciones conservadoras triunfan, donde impera el racismo –incluso para las propias rebeldes jóvenes de Foxfire-, y donde las mujeres aún eran tenidas en cuenta sobre todo en función de su utilidad doméstica o sexual.

Esta película, provoca sentimientos encontrados, complejas sensaciones y reflexiones singulares. Más que recomendar este film, yo diría que quien lo desee que vaya a verlo y saque sus propias conclusiones. Algunos verán una apuesta legítima por la revolución en aquella época de parte de chicas un tanto marginadas; otros harán una lectura lésbica o feminista; se podría hacer una reflexión sobre lo que son las sociedades secretas tipo “sectas”; y el de más allá, tal vez capte heroísmo e independencia en este singular grupo de jóvenes. Sea como fuere, no seré yo quien reste mérito a este film que creo que merece más de los cuatro espectadores que visionamos ayer la cinta en una pequeña sala de cine.

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