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Film turbador con una enorme Isabelle Huppert

Por Enrique Fernández Lópiz

La historia de la película Elle es a la vez que simple en su envoltorio, compleja en su fondo. Michelle (Isabelle Huppert) es una mujer de mediana edad, divorciada, liberal, exitosa directora de una empresa productora de videojuegos. Nada más comenzar el film, una mirada, la de un gato en contraplano, observa altivo e impasible la violación de su dueña a manos de un desconocido; Michelle es atacada en su casa por un hombre con el rostro tapado y forzada brutalmente. Desde el primer momento trata de descubrir por cualquier medio a su atacante. Alberga sospechas de aquellos con los que tiene alguna relación, sobre todo entre sus empleados, con alguno de los cuales ha mantenido fuertes diferencias en cuanto a la forma de dirigir la empresa y enfocar el contenido y realización de los videojuegos. También se fija en sus vecinos, con alguno de los cuales mantiene diferencias políticas y religiosas y en otros asuntos de calado relacionados con la ética y la moral. También piensa en su círculo de amigos e incluso en su propio ex-marido.

El director holandés Paul Verhoeven (Amsterdam, 1938), reaparece de forma inopinada tras diez años después de su último film El libro negro (2006), y lo hace de la mejor manera posible, con la evidente intención de no dejar impasible al respetable. Recuerdo aquí que suyas fueron películas polémicas como Instinto básico (1992) o Showgirls (1995), que tanta literatura produjeron y de las que tantos comentarios se hicieron en su momento. Entre risas, Verhoeven dijo en la presentación de esta película: “”Siempre que presento una película, se dice que es mi regreso. Todo el mundo espera algo de polémica. Bueno, no siempre ha sido así. A veces, no hay necesidad de escandalizarse tanto […] esta es la cinta que más problemas me ha dado“. Este film es un thriller sobre patologías atávicas que Verhoeven trata desde diferentes ángulos: la crueldad, la tragicomedia, y sobre todo una perversa historia en la que lo diáfano se vuelve lóbrego y donde nada es lo que parece.

El guión David Birke está inspirado en la obra ´Oh…´ de Philippe Djian, un escritor francés de relatos negros sucios que hace en esta novela una obra tan imaginativa como tortuosa, donde agresor y agredida consensuan su perversidad como refleja la película, que narra la fascinación de la protagonista de la historia por su agresor. Se nota un libreto trabajado por Birke y a la vez complejo, con virajes y elementos a veces incalificables, “que se pasea con gracia por el subsuelo de lo moral, que te corta la mayonesa, que te sacude de perplejidad, que te invita a «disfrutar» del horror y su contrario (sea, cual sea) y que, otra vez, se resuelve multiplicando las intrigas sobre esos personajes y sus actos” (Oti Rodríguez).

Me ha parecido muy buena la música de Anne Dudley, no así la apagada fotografía de Stéphane Fontaine.

En cuanto al reparto, el film pone en escena a Isabelle Huppert, Laurent Lafitte y Virgine Efira en los papeles principales. Pero no hay duda que la gran protagonista con diferencia es la Huppert que hace un papel realmente auténtico y que previene contra toda polémica; en realidad sólo ella, actualmente, como dice el director de esta cinta, “es capaz de llegar tan lejos en la pantalla”. Acompañan con gran nivel otras actrices y actores como Anne Consigny, Charles Berling, Lucas Prisor, Christian Berkel, Alice Isaaz, Jonas Bloquet y Vimala Pons.

Premios 2016: Festival de Cannes: Sección oficial largometrajes a concurso.

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La película puede ser mirada desde diferentes perspectivas. Sin duda es una obra absolutamente virulenta sobre los anhelos del deseo. Pero es igualmente una brutal y afilada tragicomedia sobre la familia, la misma condición femenina y un análisis ciertamente feroz sobre el sentimiento de humillación que desuela a la mujer violada. Y ya puestos “también puede presumir de ser una disección cerca del escalofrío sobre la culpabilidad de la mirada” (Martínez). Además, se cuenta todo lo que hay que contar de una manera desnuda y sincera, pasando de una secuencia a otra con total rotundidad para no dejar demasiado espacio a los sentimientos, solo espacio a la perplejidad y al desasosiego.

Observé que en la atestada sala de proyección nadie se movía ni se impacientaba. La película tiene un tono hipnótico y morboso poco habitual, siempre apoyado por una Isabelle Hupert esplendente y misteriosa que atrae a la cámara y al espectador. Como dice Boyero: “Ella, como siempre, está encantada de que le ofrezcan personajes tortuosos y enfermizos. Y lo borda. […] su arte es mayúsculo. También su campo magnético. Es imposible desviar la mirada ni el oído cuando la filma una cámara”.

Verhoeven, ya se sabe, tiene fama de provocador. Incluso dicen que está en la lista negra de directores en USA, aunque él lo niega. Pero sí, provocador lo es un rato largo. Conociendo las filias del director neerlandés, podíamos estar seguros que esta película estaría teñida con los excesos, deseos y cuestionamientos morales a los que nos tiene acostumbrados a lo largo de su filmografía, de lo cual su curriculum como director de cine da fe. Concretamente, en esta película juega con el espectador inoculándole el virus de la duda ante todo lo que ve, lo que incluye los sentimientos de la protagonista. Por ejemplo, aunque los ataques del violador en la trama son cada vez más frecuentes y brutales, la protagonista nunca lo denuncia a la policía. Es cierto que Michelle entra en su casa angustiada y que se sobresalta y vigila cualquier movimiento extraño: un ruido en la puerta, un golpe provocado por el aire en las ventanas, y así. Pero lo que sucede de manera recurrente y casi matemática es el súbito y violento ataque del violador. Entonces, el que ve la película se pregunta: ¿realmente Michelle teme el ataque o por el contrario lo ansía morbosamente? Llegado un punto, descubre la identidad del violador, pero ella es una mujer burguesa, de alta posición, liberada, abierta a cualquier experiencia. O sea, vive ese mundo desde mi modo de ver detestable de la burguesía francesa progre, laica, tolerante y propicia a todo tipo de libertad, lo cual que una vez identificado el atacante ya no precisa de la venganza ni siente la necesidad de denunciarlo para que pague sus acciones sexo-thanático-criminales.

La vida de Michelle a partir de ese punto fluye como el Tao en compañía de amigos y empleados, pues sabe que ninguno de ellos es el atacante feroz. Tampoco ninguno de sus amigos más allegados. Y paradójicamente está contenta de sentirse deseada sexualmente, de sentirse joven, de sortear su edad, de ser capaz de habitar en un mundo moderno, emancipado, culto, sin problemas económicos, sin ataduras familiares, políticas ni religiosas, un orbital hedonista, consumista e incluso paradójicamente filantrópico, pero sin raíces profundas que le sirvan para cubrir las muchas carencias que tiene como la falta de amor, la ausencia de una clara y productiva perspectiva de futuro y una ausencia de sentimientos a todo nivel.

Además, en el film, como dice mi colega rambleta44: “Las mujeres capitanean la inteligencia de la historia, una inteligencia que Verhoeven siempre considera retorcida y morbosa porque en su cine son inseparables deseo, pulsión, instinto y razón. Los hombres configuran el espacio de la estupidez disfrazado de moral protectora”. Nada más cierto, y de ahí nace esta película que golpea duramente la moral farisea de nuestra sociedad, una moral frágil y perversa, máscara de la genuina condición humana, según su Paul Verhoeven.

Por el contrario, lo que sobra en esta historia es desbarajuste, malevolencia, erotismo feroz y provocación al mismo ser humano, y la incursión en el dominio, la venganza, la frialdad o los instintos más básicos e inconfesables. La resultante es “una película turbadora, inquietante, conviene verla con el menor número posible de frases hechas e ideas mascadas” (Oti Rodríguez). Y como escribe Costa: “Lo que propone Elle es una mirada a una nueva moral, levantada sobre la convicción de que todos somos, en mayor o menor medida, monstruos. Porque deseamos. Y el deseo es un animal salvaje.”

En resolución, es una cinta que hace un humor negro y un ejercicio de intriga morbosa sin concesiones a dimensiones como el verdadero amor, la bondad o la honestidad, de manera que lo que hace Verhoeven es “asestar una valiente y contundente bofetada a la moral” (Qim Casas). Es una película dura, no apta para menores por supuesto, pero sobre todo no apta para espíritus sensibles pues es una obra que constantemente cambia, con giros que impactan, con una forma de retratar la feminidad en clave patológica y un planteamiento general que puede dañar el corazón cándido del bienpensante y, más seriamente dicho, de tantas almas francas que se sitúan en las antípodas del planteamiento de la obra. Quien avisa no es traidor.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=gM96ne-XiH0.

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Comentarios

  1. Alejandro Arranz

    Buena crítica compaňero, a ver si más gente va a visionar el regreso de Verhoeven aprovechando la fiesta del cine.
    Un abrazo.

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