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Film que no se olvida

Por Enrique Fernández Lópiz

La película Defensa (mal traducida, Deliverance es Liberación) es un film magistral que confronta al hombre civilizado con la naturaleza en estado salvaje, donde no sólo el río o la espesa zona selvática crea desasosiego, sino también los habitantes igualmente silvestres de una América profunda y endogámica, que atenaza a los personajes y al espectador con acciones insólitas y despiadadas. Comportamientos aún más insólitos para unos amigos pequeños burgueses que creen que su aventura en canoa de fin de semana, es una inocente merienda en el campo.

Para que nos hagamos una composición de lugar, el film trata la aventura de cuatro amigos de ciudad que deciden pasar un feliz fin de semana en los Montes Apalaches. Pertrechados de ropa de excursionista y diversas herramientas, pretenden bajar en canoa un río que atraviesa una zona boscosa muy frondosa. Esta zona será en breve inundada, pues se va a construir una presa, lo cual que serán los últimos en recorrer ese bello paraje.

Al principio todo es buen humor, alegría, compañerismo, bromas, en fin, lo propio de unos días de excursión en los que van a navegar por el río, beber cerveza, e incluso tirar con un arco que llevan, por si pueden cazar alguna pieza y que así la experiencia con la naturaleza sea más auténtica. Pero tras estos momentos placenteros, justamente en el minuto 45 del film, los amigos se van a ir encontrando con los peligrosos lugareños. A partir del encuentro con los nativos, la historia se va a ir viendo salpicada de acontecimientos inesperados y dramáticos. La aventura se irá convirtiendo en una atormentada pesadilla que atrapa a los personajes y a la vez al espectador que mira atónito la pantalla sin dar crédito a lo que ve.

La película está magistralmente dirigida por John Boorman que sabe mantener el ritmo de la historia de forma que no nos podamos despegar de la butaca. Conducida la película por un libreto de James Dickey basado en la novela homónima del propio Dickey, Deliverance, escrita en 1970. Creo que es obligatorio decir que James Dickey (1923-1997) fue uno de los poetas y novelistas estadounidenses más importantes del pasado siglo. Por lo tanto, la densidad y profundidad de la historia está servida, pues la película prácticamente que reproduce la novela, en otro lenguaje, el visual, pero con las cargas de profundidad que han hecho de esta obra literaria y de la película, sendos clásicos. Hay un par de datos importantes a los que quiero aludir. El primero es que Dickey estuvo propuesto al Oscar por el guión del film. El segundo, más anecdótico pero interesante, es que Dickey se reservó un pequeño papel en la película. Interpreta al sheriff del pueblo que investiga los sucesos que cuenta la historia, pues su planta de actor secundario de película de Ford o Hawks, le daba gran credibilidad.

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Bien, dicho esto sobre la excelente dirección de Boorman y la singularidad del guión y de su autor, hay que añadir que la música de Eric Weissberg es sensacional y acompaña a los expedicionarios por los tumultuosos parajes que transitan, aportando dramatismo al relato; la fotografía de Vilmos Zsigmond es de antología, así como la puesta en escena y el montaje.

El reparto es extraordinario. Jon Voight, que es uno de mis actores favoritos (recuerdo aquí su enorme interpretación en el film Cowboy de media noche, 1969, de John Schlesinger); digo que Voight hace un papel memorable, plenamente convincente, que vive con extrema audacia y a la vez angustia los acontecimientos. Burt Reynolds, que siempre fue un actor muy cotizado pero mediocre, hace no obstante en este film, el papel de su vida: resuelto, creíble, brillante. Ned Beatty está genial en su rol de gordito graciosete absolutamente ajeno a lo que se va a encontrar en el viaje. Y Ronny Cox, el amigo que toca la guitarra, igualmente bien. Los restantes, por mencionar dos más, acompañan muy bien: James Dickey (como ya he dicho de sheriff) y un excelente Billy McKinney en el papel de sujeto tosco oriundo de la zona.

Si como digo el punto de arranque es un viaje por la agreste naturaleza, pronto hace su presencia la naturaleza humana más salvaje tiñendo los parajes límpidos del río y el bosque de sangre, de locura, de perplejidad; y cómo todo esto transforma lo que habría tenido que ser un apacible viaje, en una incomprensible espiral de deliberación e instinto de supervivencia.

Hay episodios memorables, como la escena del muchacho del banjo a quien acompaña uno de los amigos con su guitarra. Es un muchacho de edad indefinida y a todas luces retrasado o autista, una especie de raro sujeto que parece salido de una explosión nuclear, pero un virtuoso del banjo. Uno de los amigos (Ronnie Cox) saca su guitarra, y el chaval discapacitado le reta a un pique instrumental con su banjo, resuelto de forma vertiginosa. Otras escenas son más crudas, como la violación de uno de los amigos por parte de dos parroquianos brutales en el bosque. Hay episodios épicos y de gran emoción, como cuando Voigth sube la montaña arco en mano en busca del francotirador que supuestamente los tirotea desde la montaña. Y como hay que sobrevivir, pues hay que matar. Todo esto da lugar a un cambio de valores morales junto al shock que supone para los excursionistas que protagonizan el film, tener que vivir acontecimientos insospechados y para los que no están preparados, protagonistas desbordados por una situación trágica y súbita, lo que ocurre cuando los hombres se ven empujados por la vehemencia, la violencia y el principio de matar o morir a cara de perro. Todo esto convierte esta historia en una película no apta para almas cándidas.

Boorman consigue hacer un agudo retrato de los cuatro hombres, de sus personalidades y formas de afrontar las dificultades. Hay una secuencia en la que los cuatro amigos recapacitan y discuten sobre cómo librarse de la difícil situación en que se encuentran, pues como he dicho ha corrido la sangre. Y este es un momento clave y muy importante del film, pues aquí se retrata quién es cada cual y cómo, al final, deben asumir las propias contradicciones morales y toda índole en conjunto, como grupo, esconder ante la ley las partes sucias de la historia, de los acontecimientos vividos.

Esta película es mezcla de western, de cine de aventuras y de cine negro. La conclusión acontece cuando acaban el viaje tras todos los percances y cómo el caudal del Cahulawassee arrastra lo que ha dejado tras de sí la lucha acontecida, los cargos de conciencia, el silencio cómplice, y el shock traumático que va a lastrar definitivamente a sus protagonistas y del que es probable que ya nunca puedan escapar.

Se me ocurre al hilo de estos comentarios que en alguna ocasión, por supuesto sin llegar a los extremos del drama de Deliverance, me ha sucedido que en algunos viajes delicados a otras culturas y otras costumbres, he visto que algunas personas de corte urbanita, se toman estos pasajes (al fin es pasar de un mundo a otro), como quien va de paseo al parque. Y a los dos días como máximo, ya quieren retornar al precio que sea: les de asco la comida, recelan de la amabilidad nativa, desoyen las indicaciones de respetar determinadas costumbres religiosas o de costumbres, se ponen nerviosos ante la insistencia de los nativos por compartir algo, etc. Entonces algunos enferman, otros se deprimen y otros he visto que se han tenido que volver presos de pánico.

Esta película es en cierto modo esto. Cuatro urbanitas que se creen que todo es un juego, y el juego se convierte en tragedia, en auténtica tragedia. Yo esta película siempre la recomendaré como un icono del cine de los setenta, una película de culto, justo en los inicios de su director Boorman. Un film asombroso, enérgico, vivo y que el tiempo ha dejado tan impoluto como cuando se estrenó allá en 1972.

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