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Excelente western español

Por Enrique Fernández Lópiz

Me ha gustado esta película del género western Blackthorm. Sin destino, que pude ver hace unos días. Un western español, pero bastante bueno, no uno de esos filmes horribles que en ocasiones ha parido nuestro cine patrio. Además, la película tiene el interés de ser un relato ficticio acerca del famoso pistolero Butch Cassidy (Sam Shepard) en su época de vejez, en 1927.

Cassidy vive bajo el nombre de James Blackthorn, en un recóndito pueblo de Bolivia, veinte años después de que se diera por muerto en 1908 en un tiroteo junto a su amigo Sundance Kid (Padraic Delaney). Blackthorm-Cassidy ha sido siempre un vaquero solitario con el desencanto del destierro y el peso de la muerte pisándole los talones. Pero Cassidy, vivo y coleando y con un nuevo nombre desea volver a los EE.UU. Tras años de una vida retirado y dedicado a la cría de caballos, Blackthorn decide ir a Potosí a liquidar sus negocios. Se despide de su amante Yana (Magaly Solier), a quien promete volver antes de abandonar Bolivia. Una vez en Potosí, Blackthorn retira todo su dinero del Banco y vende sus caballos.

Cuando se dispone a volver de nuevo al pueblo, es tiroteado y su fiel caballo Cinco escapa desbocado con sus dólares en las alforjas. El hombre que le ha asaltado es Eduardo Apodaca (Eduardo Noriega) un ingeniero español que tiene en su haber una importante suma de dinero robado a una mina perteneciente supuestamente al empresario más importante de Bolivia para el que trabajaba. Blackthorn cambia de planes, se une al madrileño y ambos pasarán una aventura de millas y sudor para escapar de sus implacables perseguidores que no los pierden de vista por montañas y el terrible desierto del altiplano.

En el transcurso de su huida y a lo largo de toda la película, se producen numerosos flashback en los que James Blackthorn hace memoria de lo que fue su vida anterior, cuando era el famoso pistolero Butch Cassidy junto a su banda; en estas retrospectivas narra sucesos y acontecimientos, retazos biográficos interesantes de otro tiempo, cuando era el joven Cassidy (Nikolaj Coster-Waldau); momentos, como al final del film, felices, cabalgando junto a sus amigos y bebiendo un trago al galope.

Tras diversos avatares, Blackthorn es herido y atendido por un médico (Luis Bredow), quien avisa al ex detective Mackinley (Stephen Rea), que da fe de que el tal hombre es Butch Cassidy; aunque lo delata al ejército boliviano, luego cambia de opinión y le ayuda a escapar. No sin antes informarle que el dinero robado por el español no pertenece a ningún empresario, sino a una pobre gente trabajadora de las minas, indígenas, algo que Blackthorn-Cassidy nunca habría hecho. Finalmente Blackthorn hará justicia cuando consiga dar alcance al ingeniero que va camino a los Andes con ese dinero mal-robado a los pobres bolivianos.

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El director Mateo Gil consigue hacer un excelente trabajo con este western de buena factura, al estilo clásico norteamericano –que no olvidemos son los padres del género-; un western veraz, sugerente, intenso, con calidad narrativa y que te mantiene atento a la pantalla de principio a fin. Gil, como dice Boyero: “Adopta la estética y la geografía del western, un universo peligroso o probable carne de impostura cuando los que se acercan a él no están familiarizados con el ambiente y las claves de un género irrenunciablemente norteamericano”. A lo que añade que “maneja extraordinariamente todos los elementos de su película. Lo que cuenta y la forma de hacerlo posee cuerpo y alma”.

El guión de Miguel Barros es excelente, con un tempo pausado pero sin descanso, una caracterización perfecta del western con la iconografía perfecta, los personajes curtidos y de rostros duros, cabalgadas, persecuciones por desiertos de sal, supervivientes al fin a cada día, pues en cualquier momento la muerte acecha, Salooms sombríos en los que se bebe la absenta local en vez de güisqui, el aislamiento, el yermo, villanos de diferente pelaje, individuos al margen de la ley con sus propios códigos, y unos diálogos interesantes. Muy bueno desde mi modo de ver el libreto. Y si la ves en su original inglés, nada te diría que es un western hispano. O sea, que no estamos en el espagueti western almeriense ni en otras pavadas equivalentes.

Esplendente y magnífica la fotografía de Juan Ruiz Anchía. Genial la dirección artística y el vestuario; y muy bonita la música de Lucio Godoy, que contiene temas muy hermosos, como el que se oye cuando se dirige a Potosí a vender los caballos, con una letra estupenda que dice: “No hay tumba que pueda retener mi cuerpo./ Cuando oiga las trompetas surgiré de la tierra./ No hay tumba que pueda retener mi cuerpo./ Miro río abajo ¿y qué crees que veo?/ Veo ángeles que me persiguen./ No hay tumba que pueda retener mi cuerpo./ No hay tumba…/ Mira más allá Gabriel./ Pon los pies en la tierra y mira./ Pero no soples la trompeta hasta que tengas noticias mías./ No hay tumba que pueda retener mi cuerpo”. O ese otro tema, ya al final de la cinta, cuya letra es así: “No soy más que un pobre extranjero trotamundos que viaja por esta tierra. No hay enfermedad ni trabajo ni peligro en la tierra brillante a donde voy. Voy allí a ver a mi padre. Voy allí para no vagar más. Voy simplemente hacia el Jordán. Voy simplemente a casa. Voy simplemente hacia el Jordán. Voy simplemente a casa”: https://www.youtube.com/watch?v=pxiPCw21T-w.

En el reparto brilla con luz propia un Sam Shepard que está magnífico y que se mete de pleno en el papel del duro, aguerrido y experimentado Blackthorn; hay sutileza, personalidad, sabiduría actoral y mucho hipnotismo cuando se pone delante de la cámara Shepard, que está de impresión. Eduardo Noriega hace igualmente un gran papel como ingeniero ladrón y de doble faz; o sea, que aguanta el nivel de tener que hacer de pareja con el gran Shepard. Y está estupendo Stephen Rea que sorprendente como ex detective McKinley y cónsul honorario borrachín; muy bien Magaly Solier como la amante Yana; Nikolaj Coster-Waldau estupendo como el joven Cassidy; y así el resto de actores y actrices que hacen con mucho oficio su trabajo, como Dominique McElligott, Padraic Delaney, Cristian Mercado, Luis Aduviri, Raún Beltrán, Erika Andia, María Luque, Claudia Coronel, Daniel Aguirre, Luis Bredow y Fernando Gamarra.

Premios y nominaciones en 2011: 4 Premios Goya: mejor fotografía, vestuario, dirección artística y de producción. 11 nominaciones. Festival de Tribeca: Sección oficial competitiva internacional (largometrajes).

He hablado ya mucho en estas páginas de mi afición por el western. Del mismo modo he tenido palabras para el denominado western crepuscular, o sea, ese western nostálgico y romántico que habla sobre el fin una época que suele contraponerse con la llegada de la civilización: el ferrocarril, la Justicia, y un orden reglamentado. Pues bien, este es un asombroso western crepuscular, que le debe mucho al western de los setenta, y que como no puede ser menos, lleva a la pantalla los viejos valores de siempre jamás, contenidos del género, que son eternos: la amistad, el valor y la cobardía, el paso del tiempo y la decadencia de los añejos y legendarios pistoleros de antaño, las galopadas eternas, montaña y llano y como siempre, el dólar rampante.

Pero la película toca otros temas y hace una profunda reflexión sobre la vejez, la memoria, el indigenismo, los proyectos existenciales, y más. Habla de los temas que de forma obsesiva viven en el protagonista. Hace un relato sobre la reivindicación legítima de los indígenas del lugar. Es la aventura de dos hombres y un paisaje (ahora que se acaba de estrenar un film con tanto paisaje como El renacido). De esos hombres, el más mayor teje un viaje introspectivo buscando en lo que fue la razón de lo que es. El más joven se polariza hacia fuera, extrovertido, huyendo de un destino que él mismo se ha labrado. Todo ello en los principios del pasado siglo, en el altiplano boliviano. Blackthorn, el viejo cowboy con rostro cuarteado, hace un último intento por recuperar su vida perdida. Y ahí, para joderle el proyecto, un joven arribista y ambicioso español se cruza en su camino. A pesar de estar rodado en grandes espacios abiertos, este film de Mateo Gil es intimista, y a la vez, un buen ejemplo de cómo el cine español puede atreverse con temas aparentemente reservados a la industria hollywoodiense.

Lo que me extraña es que esta película pasara con más pena que gloria por nuestras pantallas. Creo que es un film que merece una revisión y una revalorización, pues es un western como los de antes. Y no estoy de acuerdo con que el western no tenga su público salvo en la TV. El buen western tendrá siempre al amante del cine a su lado. Y justamente, esta película es buena, es muy aceptable como exponente del cine del oeste, aunque en este caso la acción se desarrolle en Bolivia. La verdad, no es necesario que el western tenga que desarrollarse en Texas, Nuevo México, Arizona, etc., es suficiente con que posea su espíritu genuino, su ética y su estética reconocible. Y este film tiene todo eso.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=FPTHBP1jbGk.

Comentarios

  1. Alberto

    Encontrarte con un western como éste con director español y que, como a los buenos y viejos amigos, al terminar le puedes decir aquello de “¡Qué bueno verte!, sintiendo que todo ha sido como antaño, no tiene precio. De los que acabas sacudiéndote el polvo de la ropa. Lo vi en su momento, con muchas dudas tengo que reconocer, y me dejó sorprendido y con muy buen sabor de boca con la historia, los fantásticos actores, la fotografía. Tengo pendiente una segunda revisión desde hace tiempo, lo malo es encontrar el momento para hacerlo.

    Buena elección y entrada como siempre Enrique.

    Un saludo

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