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Excelente película que da para reflexionar

Por Enrique Fernández Lópiz

Últimos días en la Habana nos mete de hoz y coz en el mismo corazón habanero, en una realidad tremenda, con un discurso en que la decadencia de las edificaciones se mezcla con la terrible realidad de unos seres condenados a la espera uno y a la muerte el otro. Este panorama sólo lo salva la amistad y la solidaridad de los personajes, individuos que carecen el uno de salud y el otro de ilusiones. Por eso, se puede decir que la tristeza de las paredes y los pasillos sucios desgastados por el tiempo, contrasta con la hermosura de los sentimientos y valores de unos personajes muy humanos.

El film se desarrolla en un ruinoso apartamento del centro de la capital cubana, lugar en peligro de derrumbe donde conviven Miguel y Diego, dos amigos incondicionales a los que rodea una galería de llamativos personajes. Miguel, que trabaja lavando platos y estudia inglés, pues su gran sueño es viajar a los EE.UU., cada día aguarda con enorme paciencia y resignación la visita del cartero que ha de traer su visado. En la habitación de al lado vive Diego, enfermo de SIDA, gay y siempre de buen humor sueña una vida que se le va y habla desde el corazón con un joven que lo visita, con su sobrina, con su amigo Miguel que lo cuida, siempre postrado en la humilde cama de la lóbrega habitación que habita. Lo que se ve, en fin, es a un Miguel incapaz de expresar sus sentimientos versus Diego que, como él dice, ya sólo quiere que “ver unos genitales en tercera dimensión y después morirme”. Un día, cuando ya no se esperaban sorpresas, llega el visado de Miguel. En ese punto el destino precipitará la vida de los personajes colocándolos ante una insólita decisión.

Fernando Pérez Valdés es un escritor, licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas, pero sobre todo reconocido por ser uno de los mejores cineastas cubanos, que anda en el oficio desde que en 1975 debutara como documentalista. Su primer largometraje data de 1987, Clandestinos, película de amor en los convulsos tiempos de Batista, que le valdría el reconocimiento de la crítica nacional e internacional, a la que seguirían otras películas y numerosos galardones dentro y fuera de Cuba. Pues bien, Pérez Valdés ha logrado dar a luz con esta vital y palpitante cinta que ahora comento, una historia sobre la amistad que esconde entre la diversidad de imágenes (oscuras, coloridas, sociales o desesperanzadas), muchas incógnitas narrativas. Todo ello, sorteando seguramente las dificultades de la censura local. Lo cual sucede, según mi parecer, porque las delicadas cuestiones políticas son meramente sugeridas, quedando al margen del núcleo central de la historia que deviene un drama humano en toda regla. Lo político queda en los márgenes, preside la obra, puede sentirse en el olor cerrado de los ambientes, aspectos surrealistas, pero siempre de manera “extracampina”, fuera del foco principal, iluminando la trama pero no presidiéndola.

El guion del propio Fernando Pérez junto a Abel Rodríguez es un libreto sólido y bien escrito, que habla tanto del afán de huida como del abandono. El significado de estos términos, huida y abandono es el nexo que une a los dos personajes principales. Diego (Jorge Martínez), postrado por la enfermedad en un camastro donde sobrevuela el recuerdo y la desilusión (“en esta habitación no existe el tiempo”, llega a decir); y Miguel (Patricio Wood), que quiere marcharse a toda costa de Cuba. Mientras el primero, en su afán de sobrevivir disfruta cada aliento que respira, el segundo anhela ser otro hombre, alguien feliz en otro lugar. Como escribe Martínez, el guión se sitúa “entre la realidad y el deseo, entre la vibración del presente y la luz apagada de lo que vendrá, la película acierta a dibujar un paisaje que es a la vez muy concreto, el de La Habana, y perfectamente universal. Y en un caso y otro, divierte tanto como hiere. Con la misma claridad, con el mismo hilo que une y ahoga a la vez”. Así es, entre el sarcasmo, el desafío y un enfoque lúcido y penetrante, Pérez compone una cosmovisión, unas coordenadas para entender La Habana que, al fin, viene a concluir en una especie de metáfora universal y de la existencia humana.

Tiene la película una variada música que alterna lo clásico (p.e. Händel o Beethoven), con música actual de Pablo Milanés y otras canciones populares, la mayoría adecuadas y además, diversas. Excelente la fotografía de Raúl Pérez Urea que capta imágenes reales de una ciudad plagada de infinitas pequeñas historias. Y exteriores y puesta en escena buenas, con el sabor ocre muy a tono de los lugares escogidos.

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El reparto me ha parecido excelente, sobre todo en lo que a las dos figuras principales concierne. Jorge Martínez está excelente en su papel vitalista, y muy bueno Patricio Wood, conteniendo su personaje en el punto exacto; interpretaciones naturales y cargadas de chispa. Es una revelación y está igualmente excelente y conmovedora la joven de 15 años Gabriela Ramos que destaca como actriz de reparto y que lo hace todo bien, incluso cuando canta. Acompañan Cristian Jesús, Coralita Veloz, Ana Gloria Buduen, Yailene Sierra y Carmen Solar. Todos muy bien, gran equipo.

Premios y nominaciones en 2016 y 2017. 2016: Festival de La Habana: Sección Oficial de largometrajes a concurso. Festival de cine de Málaga: Biznaga de Oro mejor película iberoamericana. Biznaga de Plata mejor actriz de reparto (Gabriela Ramos). Biznaga de Plata Premio del Público Gas Natural Fenosa. 2017: Proyectada en la Berlinale en la sección especial.

Hay dos ideas que mi libre asociación me ha traído con relación a esta obra de Pérez. La primera es que los personajes tienen palmarias equivalencias con otra película cubana que vi hace añares, y de la que incluso podría interpretarse ésta como una especie de continuación. Me refiero a Fresa y chocolate, la famosa película de Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea, de 1993, en la que se cuenta la amistad entre un convencido comunista y un artista homosexual (en 1994 nominada al Oscar y Premio Goya a la mejor película extranjera de habla hispana).

La segunda idea me ha venido a propósito de esa espera-desesperante e incluso absurda de Miguel, con relación a la llegada del visado para entrar en Norteamérica, visado que nunca viene; cada día, cuando regresa de su humilde trabajo, le pregunta una vecina, señora negra y viejita si ha venido el cartero, a lo que la buena mujer le responde: “No he visto a nadie mi hijito”. Esto me ha recordado a tres grandes de la Literatura universal.

a. Por un lado, ese gran austriaco y Premio Nobel de Literatura que fue Samuel Beckett (1906-1989), un dramaturgo minimalista de quien en su día vi una obra que me entusiasmó, pese a ser un drama en el que no ocurre nada: “Esperando a Godot”, una tragicomedia del absurdo en la que dos vagabundos, Vladimir y Estragon, esperan en vano junto a un camino a un tal Godot, con quien (tal vez) tienen alguna cita. Y se produce una espera gratuita e inactiva. El mensaje que le transmiten otros protagonistas en la obra es que Godot no vendrá hoy, “pero mañana seguro que sí”. Pero Godot nunca viene, dando un sentido paradójico al tedio y a la falta de sentido de la existencia. Conclusión: la vida humana es la suma de una espera y una esperanza… improbable.

b. La segunda obra literaria es de otro Nobel, una conocida novela (corta) de Gabriel García Márquez (1927-2014) de título: “El coronel no tiene quien le escriba” (el autor colombiano llegó a considerarla su mejor novela), que viene a contar igualmente cómo, durante 15 años, el coronel (protagonista) baja cada viernes a la oficina de correos del puerto con la esperanza de recibir la confirmación de una pensión dineraria de veterano de la Guerra Civil, la cual carta tampoco llega jamás. Y cuando tras algunas aventuras al final le pregunta su esposa: ”Dime, ¿qué comemos?“, el coronel tomando respiro le responde: “Mierda”.

c. La tercera asociación con la espera de Miguel son los maravillosos versos de nuestro inmortal poeta Don Antonio Machado (1875-1939), quien en su poema “Retrato” escribe: ”Converso con el hombre que siempre va conmigo / —quien habla solo espera hablar a Dios un día—; / mi soliloquio es plática con ese buen amigo / que me enseñó el secreto de la filantropía”. Estos versos, además de tener una carga religiosa, vienen al cuento con el film por el sentido que tiene para el poeta la persona que somos cada uno, nuestro sí-mismo genuino. Éste sí-mismo auténtico es quien en más alta estima nos tiene; y además, debemos aprender a escucharnos; si no nos amamos ni oímos la profunda voz de nuestro ser, difícilmente podremos amar ni escuchar a los demás. Y quiere añadir el poeta, que en su interior descubrió el secreto del amor hacia los demás; la filantropía.

Pues bien, creo que el nihilista Miguel no se escucha a sí mismo, del mismo modo que vive vacuamente al estilo de Godott y espera sin éxito –sólo al final llegará su preciado visado – al modo del coronel de García Márquez.

Una película que deja ver a través de las rendijas aún tenues de libertad, que hace resonar el “tam-tam” del humor (no hay más que recordar la presencia de la señora policía y la impertinente sobrina), enarbolando el buen gusto y un cierto lirismo en la médula de la más precisa cotidianeidad. Film hecho, pues, con inteligencia. Ahora bien, no se puede ignorar que los personajes reflejan la actual sociedad cubana post-Fidel. Los protagonistas principales son ya el pasado, individuos caídos en desgracia, uno por desafecto a la revolución y el otro por sus tendencia sexual (expulsados del secundario, reprimidos, etc.); y la joven y vital-libre sobrina Yusi es el futuro que “está viviendo un turbulento acceso a la vida” (Torreiro). Es recomendable estar muy atentos al angustioso final en que Yusi sale ella sola en pantalla, mirándonos, llevando sus emociones al límite pero sin llorar. La rodean sus tres hijos y sus animales. Con los hombros tensos y sin cambiar la vista transmite una tristeza tan honda que casi la derrumba, sin conseguirlo.

La película, en fin, es sobrada para hacer reflexiones. Apunto algunas a modo de reflexiones finales. De una parte creo en la certeza de que las personas tenemos la ineludible necesidad e incluso la obligación de agarrar la vida por los cuernos, ser valientes e ir tras las metas que cada cual tenga, ir en pos de nuestros anhelos. Algo que nadie ni nada nos debe impedir. También he recordado esa figura literaria que en la en la literatura medieval se denominaba ubi sunt, que resalta la fugacidad de la vida, la intrascendencia de las cosas de este mundo, o el poder igualitario de la muerte. Como también, pienso, hay que tener presente el tópico “carpe diem”, que nos previene de que si no vivimos algunas ocasiones únicas que se nos presentan, luego ya no podremos recuperar el momento perdido. Pero para ello hay que gozar de libertad, de eso que algunos psicólogos denominan “criterio de opcionalidad”, o lo que los clásicos llamaban “libre albedrío”. La opción de elegir cuando se presenta el momento oportuno. Sin eso, no podremos captar la alegría, al modo en que tan bien lo escribiera Antonio Machado al final de su poema ”Era una mañana y abril sonreía”, en que se afirma que hay que tomar esa alegría cuando llega, atraparla con fuerza y no soltarla, no dejarla pasar, ser libre para hacerlo cuando esto ocurra, porque puede que no se repita esa venida: mirad que la ocasión la pintan calva.

[…]

Pregunté a la tarde de abril que moría:
¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?
La tarde de abril sonrió: La alegría
pasó por tu puerta -y luego, sombría:-
Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

A. Machado

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=V3EfRblNJag.

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