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Ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…

Por Íñigo Bolao

Nos encontramos en Madrid, en plena posguerra de los años 40 del siglo pasado tras el fin de la Guerra Civil Española (1936-1939). Miles de españoles vivieron por aquellos tiempos el comienzo de la dictadura del general Franco, marcados por la autarquía, el hambre, la escasez, el racionamiento, el estraperlo y el contrabando. Ese ambiente inspiró a que el singular, y galardonado, novelista Camilo José Cela (1916-2002) reflejara todo el ambiente de esa España tan oscura y tan flaca que no podía tenerse en pie por si sola en una novela que recoge una serie de pequeñas historias, La colmena (1951). Tan importante fue que el cineasta Mario Camus (1934) decidió adaptarla al cine a principios de la década de 1980, y de ahí salió una de las mejores películas del cine español.

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Ganadora del Oso de Oro en la edición de 1983 del Festival de Berlín, La colmena (1982) es una de las películas más importantes del cine español. Con un reparto plagado de varios de los actores y de las actrices más conocidos de nuestro cine, la película nos muestra lo que se ha mencionado más arriba: una pequeña colección de historias más o menos entrelazadas entre sí, protagonizadas por diversos personajes típicos de la España cotidiana de 1942 que, tal y como vemos en la pantalla, viven momentos de alegría alternados con momentos de tristeza, siendo el lugar de reunión de todos ellos un café llamado “Las delicias”.

Lo que une a todos estos personajes es la represión, entendida desde múltiples perspectivas: política, económica, laboral, sentimental, sexual e incluso psicológica. Todos estos hombres y estas mujeres tuvieron un pasado que apenas se desvela en la película y que les parece como algo demasiado lejano ante los problemas de la posguerra. Aparte de que estas personas sobreviven como pueden a ese desasosiego, a veces robando, otras mendigando, e incluso prostituyéndose o tirando hacia adelante sin mirar atrás.

Varias historias de la película son muy destacadas. Una de ellas es la de Martín Marco (José Sacristán), un escritor y columnista que, según parece, estuvo en el bando republicano tras el fin de la guerra y que vive sin un hogar fijo, siempre abrigado y paseando de un sitio a otro para buscar cobijo y no pasar frío, incluso en los burdeles.

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Otra de ellas es la de Don Leonardo (Jose Luis López Vázquez) y Ctesifonte (José Sazatornil). El primero es un hombre que subsiste a base de timos y engaños, siendo la viva representación de esa España ladina y engañosa que vive de gorra buscando sobrevivir a costa de los demás; mientras que el segundo es un señor que sufre de los pulmones por fumar todo el rato y cuyo dilema es el de conseguir una mujer con la que poder pasar el resto de su vida.

http://www.youtube.com/watch?v=CIGnhkvUhw4

Se podrían mencionar otras muchas, como la de una serie de escritores bohemios (Paco Rabal, Mario Pardo y Francisco Algora) que escriben para concursos y viven a costa de un jurista (Luis Escobar) que les paga los cafés; la de Ventura Aguado (Emilio Gutiérrez Caba) y Julita (Victoria Abril), una pareja joven que no puede casarse hasta que Ventura apruebe las oposiciones para un puesto de trabajo; o la de Victorita (Ana Belén), una chica que trabaja, y hasta se prostituye vendiendo su honor, solo para salvar la vida de su novio enfermo de tisis (Imanol Arias).

http://www.youtube.com/watch?v=XjWMfteIAFA

http://www.youtube.com/watch?v=Evq27JgG8pI

Todas ellas se muestran en el film con realismo en el sentido de que la vida, sobre todo en la España de los años 40, era y sigue siendo una ruleta en la que, tan pronto todo le sonreía a una persona, como después recibía un buen patadón sin una razón lógica. También se aprecia que es una película muy austera -¿qué no era austero en aquella época?- pero con unos decorados y escenarios muy aprovechados.

Así mismo, el guión adaptado de la novela de Cela es de los mejores que se han realizado en nuestra filmografía, habiendo un buen hilo narrativo entre las historias y manteniéndose un equilibrio constante entre el detallismo y los saltos de una historia a otra sin que se pierda, ni la visión global del periodo, ni una parte importante del drama personal de sus protagonistas. También merece destacar la fotografía de Hans Burmann, que sirve muy bien para mostrar los claro-oscuros de la España del momento.

Si La colmena pudo realizarse ello fue posible, no solo por el fin del franquismo, que supuso para el cine español el rodaje de un gran número de películas sobre los dramas de la Guerra Civil y del régimen en sus primeros tiempos; sino también porque la década de los ochenta estuvo marcada por el predominio de las superficies que ocultaban algo sombrío en las narraciones fílmicas, y era algo que casaba muy bien con el género, teniendo La colmena y otras películas del mismo una enorme acogida de crítica y público.

Aquellos fueron episodios del pasado reciente de España muy tratados en el cine, pero desde la visión del momento, en la que las represiones fueron desterradas y los españoles querían vivir con libertad… pero por entonces sin responsabilidad y madurez respecto a su propia vida.

Hoy en día, donde en España la situación social no es tan grave como por entonces, pero es extrema –hasta el punto de que una cuarta parte de los niños españoles viven en la pobreza-, nuestro país necesita de una nueva “colmena” que refleje todo eso, por medio de la pluma o del ojo de la cámara. Actualmente la cinta de Camus la podemos ver como un recordatorio de que en su día vivimos en la miseria, siendo la gran pregunta: “¿cómo la hemos sobrellevado saliendo de ahí?”.

Deberíamos preguntarnos eso en este año de 2014… pero tal vez la presión cotidiana de esta colmena ruidosa en la que vivimos sea tan fuerte que no encontramos ningún momento para pensar en ella y arreglárnoslas solos. Como diría el propio Cela: Esa mañana eternamente repetida, trepa como un gusano por los corazones de los hombres y de las mujeres de la ciudad (…). Ese sepulcro, esa cucaña, esa colmena…

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