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Escapando de la nada

Por Jorge Valle

Asegura el protagonista de La gran belleza, la última película del italiano Paolo Sorrentino, que si Flaubert no pudo retratar la nada en una novela, ¿cómo podría él hacerlo, si vive rodeado de toda una serie de personajes cuyas vidas son completamente vacuas y deprimentes? Jep Gambardella (Toni Servillo) es un escritor de 65 años que no ha vuelto a publicar nada desde que consiguiera un éxito absoluto con su primera novela hace ya más de 40 años. Desde entonces, ha dedicado su vida a desfilar por toda una serie de glamurosas fiestas a las que asisten las personas más ricas y privilegiadas de Roma, que intentan ocultar el vacío de sus vidas mediante la apariencia y el lujo. Pero debajo de los carísimos vestidos y trajes de estos individuos, que rozan lo ridículo y estrafalario en ocasiones, no encontramos absolutamente nada: ni amistad, ni éxito personal, ni amor. En este sentido, resulta reveladora la escena en la que Jep, harto de tanta mentira y superficialidad, le abre los ojos a su amiga con una descripción de su vida demoledora pero dolorosamente real. Hay ambigüedad y misterio en torno a este extravagante y desvergonzado personaje que se mueve en la misma simpleza que sus compañeros de juerga pero con los que parece no concordar. Él es distinto de los demás, quizá porque ansía escapar de esa nada, quizá porque es el único que la asume, quizá porque le encanta disfrutar de ella: Quería ser el rey de la mundanidad”. Este escritor fracasado busca incansablemente “la gran belleza”, entendida como el placer efímero y mundano del que disfruta en sus frecuentes salidas nocturnas, del espiritual que busca en la religión o del estético que le proporciona el arte. Muchas de las dudas y las preguntas que se hace Jep son las mismas que nos hacemos nosotros, por lo que no es difícil verse reflejado en él y en todo ese universo fascinante que le envuelve. Y es que en muchos tramos de la película, Gambardella cede el protagonismo a la belleza, el otro gran personaje del film.

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Son muchas las veces en las que las expectativas que uno alberga sobre una película antes de entrar en la sala de cine no se cumplen. La gran belleza, que ha sido calificada como una obra maestra por casi todos los críticos del mundo y ha arrasado en la temporada de premios llevándose el Óscar, el Globo de Oro, el BAFTA y cuatro Premios del Cine Europeo, corría el peligro de convertirse en una de las decepciones más sonadas del año. Pero el miedo a que Sorrentino defraude desaparece tras las dos primeras escenas que sirven como presentación del film –excepcional la de la fiesta, con la canción Far L’Amore de Raffaella Carra sonando de fondo mientras asistimos al frenesí más exuberante y desenfrenado que se recuerda en el cine de los últimos años–. 20 minutos arrolladores en los que el espectador se da cuenta de que está ante algo diferente. Todo es simbólico y complejo a la vez que magnético. Uno no puede apartar la vista de esta fascinante orgía visual a pesar de que en ocasiones el significado que subyace en las imágenes escape a su comprensión. Porque, ¿de qué va La gran belleza exactamente? Abarca tantos temas al mismo tiempo que es difícil apuntar algunos: la búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida, reflejada en esos paseos nocturnos del protagonista por la ciudad eterna, fotografiada por Luca Bigazzi con una belleza exquisita; la intrascendente y vacua existencia de los personajes que rodean a Jep; o el terrible amor por lo mundano y lo terrenal, abocado a la desaparición y el olvido tras la llegada irremediable de la muerte.

Puede tildarse de pretenciosa, pero Sorrentino logra lo que se propone: convertir este festín de imágenes y sonidos en una profunda y triste reflexión sobre la condición humana y la esencia de la vida. Flaubert no pudo retratar la nada y Gambardella ni siquiera lo intenta, pero Paolo Sorrentino lo ha conseguido. Y eso le permite codearse entre los más grandes, no solo dentro del mundo cinematográfico, sino en todo el campo artístico, pues ha creado una auténtica e inmortal obra de arte que desprende tristeza, melancolía y nostalgia, las mismas que siente el protagonista cuando recuerda su primera vez en aquella calurosa noche de verano al lado del mar, un momento al que intenta regresar sin éxito, al igual que nosotros nos pasamos el resto de nuestra vida anhelando volver a esos fugaces instantes de felicidad que conforman nuestra memoria.

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