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Entrar en la vejez

Por Enrique Fernández Lópiz

La historia es en sí relativamente sencilla, no así su trasfondo, que oculta un lado muy humano y sensible. Adam (William Hurt) y Mary (Isabella Rossellini) son un matrimonio de largo recorrido y se aman. Pero casi por sorpresa para hijos y amigos, se produce un distanciamiento entre ambos y deciden separarse y hacer cada cual su vida. Ella está entrando en los sesenta (de ahí el título de la película: Tres veces 20 años) y él ya ha superado en algunos años esa edad. En ese momento de sus vidas y en su posición, tienen el tiempo y las posibilidades para compaginar eficazmente sus relaciones con hijos, nietos, trabajo y amigos. Pero hay algo que les perturba: ambos descubren que ya han entrado en esa supuesta pendiente a la que llamamos vejez. Como decía nuestro gran lírico del Siglo de Oro don Francisco de Quevedo: todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos que hemos llegado.”

Esta historia tiene mucho de mujeres, la misma directora a la que ahora me referiré, contaba cuando la rodó casi los sesenta, sin ninguna intención de soltar la cuchara; y en el film Isabella Rossellini, cuando hizo la película rondaba la misma edad, mientras su marido (William Hurt), prestigioso y galardonado arquitecto en el film, ya rebasa la denominada tercera edad.

Lo que ocurre en la película es que la esposa será quien quiera recuperar el pasado, pues, como suele acontecer en nuestro mundo, ella se ha convertido en una mujer invisible para los hombres: no la miran, no la desean y más bien la ven como una mujer mayor. Entonces ella hará algunos cambios en su look y en sus relaciones, llegando a tener incluso algún affaire amoroso. A pesar de ello, es una maestra ya jubilada, mientras que su esposo se niega abandonar el trabajo.

El marido, como tantos varones, hace una negación de su propio envejecer; y él, personaje ególatra, luchará por conseguir de nuevo la gloria en emprendimientos que a veces ni le van (como hacer el proyecto de un geriátrico), se comprará ropa juvenil e incluso seducirá a una joven arquitecta de su estudio con la que también mantendrá un fugaz romance.

Lo que vemos en el film es que ambos protagonistas alcanzan los sesenta y más con el paso cambiado: ella lo asume con gran poder de convicción su vejez, tanto que su nuevo estado se convierte casi en tarea que requiere de su esfuerzo personal; sin embargo él se niega a ver lo evidente, adoptando actitudes y comportamientos propios de la cultura juvenil; una especie de crisis de los cuarenta, pero a los sesenta y tantos.

Todos estos cambios de actitud sobre todo, diferentes en ambos personajes, tanto por sus aspectos externos como en su mundo interior, harán que el presente, o sea sus vidas, sufran remodelaciones, planteándose un futuro incierto, donde planea el temor sobre todo para los hijos, del divorcio. En cualquier caso, ambos habrán de descubrir que su pasado es el único capital verdadero que tienen y que han tenido.

Es así la vida, se niega la vejez, como si fuera una enfermedad o una pandemia, cuando en realidad es una bendición y una suerte, pues de lo contrario significaría que nos habríamos muerto anticipadamente. Además, como ya he dicho con relación a otras películas sobre el tema, la vejez, además de sus evidentes aspectos declinantes, sobre todo en lo biológico, tiene igualmente su dimensión de enriquecimiento en muchos aspectos, que tiene que ver, como reflejó el gran director Ingman Bergman, con una famosa frase de su autoría que dice así: Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”. ¡Magistral manera que expresa lo que algunos gerontólogos ven en la vejez! O sea, esa opción que con la edad se adquiere para mirar con tranquilidad la vida, fruto del encuentro con uno mismo (individualización), un elevado nivel de autodesarrollo, la autotrascendencia y la asunción serena de la propia finitud, y el proceso de expansión del ser hacia una identidad universal. Conceptos que conforman según psicoanalistas tan significados como Erikson, Jung o Kohut, una forma “dichosa” de envejecer que conocemos como “sabiduría”.

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Quiero decir que el momento en el que la vejez se inicia es impreciso. Por un lado cuentan los factores biológicos, hay quien envejece antes y quien lo hace después. Hay elementos psicológicos, pues como se dice en la película, hay una edad cronológica y una edad subjetiva (o cognitiva) y ambas suelen ser discrepantes, siendo que por lo común la edad subjetiva, o sea la propia percepción de la edad, suele ir algunos años por detrás de la edad cronológica. Y hay una tercera gran variable que son los aspectos culturales, sociales y de generación. Esto quiere decir que la vejez es en gran medida una construcción social que tiene que ver con la época y la cultura en que se vive. Hoy, en nuestro mundo occidental, que es donde se desarrolla el film, un hombre o una mujer de sesenta años es una persona en plenitud. Muy diferente a otras culturas o a otras épocas en las que esta edad es considerada ya como una edad senecta. Y hay una cuarta cuestión que se plantea en el film y que resulta ser muy importante a la hora de valorarnos como mayores o no. La cuestión es que uno no entra en la vejez como quien atraviesa el umbral de una puerta, o sea, de sopetón. Es un proceso gradual, se va produciendo poco a poco y muy lentamente. Pero eso sí, llega un punto en el que, como ocurre con la protagonista, aparecen signos: se empiezan a tener algunos olvidos, o uno se da cuenta de que le ceden el sitio en el autobús, u observa que pierde encanto ante los hombres/mujeres. Indicios, indicios que a la protagonista le hace pensar que está entrando en la pendiente de la tercera edad.

Julie Gavras es, como puede imaginarse por su apellido, hija de un director emblemático y en activo: el cineasta franco-griego Constantin Costa-Gavras, quien ha consolidado su carrera empleándose a fondo en el cine político. Unos dicen que esta película arranca de un reconocimiento particular de la hija a su padre, cuando éste fue homenajeado por el por el vigésimo cuarto aniversario de su reconocida película Z (1969) –película que obtuvo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa en ese año. En aquel homenaje se unieron afectos y maneras de sentir de todo creador cuando llega a la madurez de su obra (en el año 93 de este homenaje Gavras tenía justamente 60 años). De otro lado he leído que Julie Gavras ha contado que en 2002, cuando se proyectaba Amén, película dirigida por su padre donde ella ejerció como asistente, en los festivales, la película casi era presentada como la obra con que Costa-Gavras, que entonces rondaba los setenta años decía su adiós al cine (luego no ha sido así, p.e. con la última El capital, de 2012. Sea como fuere, la figura del padre está presente en esta película. Lo que no acierto bien a adivinar es qué tiene que ver la profesión de arquitecto del protagonista, con la de director de cine de su padre, aunque Julie Gavras dice observar grandes similitudes entre arquitectura y cine. Pero esa es otra cuestión…

Pero vayamos a la directora Julie Gavras; ella tiene en su haber sobre todo la realización de documentales (Le corsaire, le magicien, le voleur et les enfants, 2002) y un largometraje con el que fue a Sundance (La culpa la tiene Fidel, 2006). Hecha esta sucinta presentación, quiero decir que me parece que la Gavras dirige con acierto pero sin alardes este film sobre una pareja en crisis, en clave un tanto indolente y sin que sepa sacar todo el jugo que tiene la temática. Es decir, una dirección light, descafeinada, a mitad de camino entre la comedia romántica amable y el drama blando. Película en la que el bisturí no llega a ahondar demasiado. Y no podía ser de otra forma con un guión de la propia Gavras junto a Olivier Dazat, que tampoco se compromete mucho ni tiene grandes aspiraciones. Como apunta Bonet, un guión: Con diálogos mordaces y escenas donde ironía y sentimientos se dan la mano, tal vez la película no vaya más lejos en sus ambiciones, aunque depara grandes momentos. Pocas veces el espectador asiste a un duelo como el que mantienen Isabella Rossellini, cuya mirada es idéntica a la de Ingrid Bergman, su madre, y un William Hurt de recóndita socarronería.”

Quiero decir algo que sí creo que es muy importante, el papel principal y en cierto modo castrador y de metomentodo que juega la juventud en este film de mayores. Me refiero sobre todo a los hijos de los protagonistas, que ya no son tan jóvenes. Pues aunque Gavras nos presenta a los dos sesentones con simpatía y amorosidad, eso no evita que intercale lo que quizá sea la faceta más cáustica del film: el entorno hostil y de incomprensión que viene de las nuevas generaciones familiares, pues aunque ya tengan el pelo cano, ellos son los jóvenes en un mundo que penaliza los sentimientos cuando están revestidos de arrugas. Aquí, como dice Fausto Fernández, aparecen: las nuevas generaciones acomodadas en lo neocarca […] y la la hija de Costa-Gavras prosigue (da) un capón a la sociedad bien pensante del bienestar […] ácida descripción de las castrantes familias.”

Me pareció muy buena la música de Sodi Marciszewer, una constante musiquilla de fondo, a golpe de trompeta; y la fotografía de Nathalie Durand. Igualmente es buena la puesta en escena y el rodaje en exteriores.

En cuanto al reparto, los principales actores, William Hurt e Isabella Rosselini hacen sendos papeles de forma excelente y con poder de sintonía, entre ellos y con el público, y si no hay más empatía es por deficiencias del guión, no de los propios actores. Doreen Mantle hace muy bien el rol de abuela, y están muy profesionales y en forma como actores y actrices Kate Ashfield, Aidan McArdle, Arta Dobroshi, Luke Treadaway, Leslie Phillips, Hugo Speer y Joanna Lummey.

Este film alcanzó en 2011 en el Festival de Sevilla el Premio Jurado Campus.

La película habla de una vejez en la que se predice, aguardan buena parte de sus mejores virtudes. Y a pesar de su desgana de fondo en la construcción de la obra, el film no resulta molesto e incluso deviene interesante. De otro lado, su ternura tampoco es empachosa ni estomagante. Pero el producto final resulta inestable, indeterminado y limitado en sus planteamientos sobre el tema que aborda.

En resolución. Película que coincide con otras en este año como El nuevo exótico Hotel Marigold (2015), donde se trata el tema de la Tercera Edad, la jubilación, etc.En ese sentido tenemos que felicitarnos, pues las personas mayores están emergiendo y haciéndose palmarias en un mundo que durante siglos a encubierto su existencia de individuos, aún con un “tercer acto” que vivir. Sin embargo, esta película es ciertamente superficial. Es como si la dirección y el guión no pudiera evitar que seamos testigos de una historia en la que en realidad los personajes no tienen ningún problema en absoluto. Y para muestra valga un botón, podéis ver aquí un avance:

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