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En las marismas

Por Mª José Toledo

Thriller con un toque negro, no demasiado, a cargo de Alberto Rodríguez, quien también co-escribe el guión de La isla mínima. Loable y efectivo intento que siempre es de agradecer en el cine español, pero que termina descompensándose.

Factura técnica destacable gracias a la sincera y opresiva ambientación andaluza, y a una impresionante fotografía occipital a manos de Alex Catalán cargada de símbolos y efectos visuales; por ejemplo el paisaje de los créditos iniciales es un cerebro en toda regla. El toque excelente lo aportan los actores, y no me refiero a Jesús Castro, a quien encuentro pésimo, sino al dueto protagonista. Raúl Arévalo es un intérprete con personalidad y reconozco que admiro su estilo, su voz, sus ojos entornados; el hándicap con el que cuenta es que el personaje de Pedro se perfila a la sombra de su compañero de reparto, el agente Juan, verdadero héroe de la historia. Javier Gutiérrez asombra en un papel dramático, premiado en el Festival de San Sebastián, que logra una sincronización absoluta entre la suavidad y la dureza. Obvio el recurso de la enfermedad terminal como supra castigo divino por sus maldades porque me repatea. Eso no es ser valiente, señor Rodríguez, sino caer en el cliché; el mismo en el que cae al introducir la Brigada Político Social y las torturas. Me pregunto qué aporta eso a la historia, excepto la tan manida y manipulada ambigüedad moral, elemento importante de la película que sin embargo apenas se destaca durante el desarrollo de la trama.

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De hecho, si la idea era confrontar dos modelos de pensamiento, La isla mínima ha fracasado. Primero, porque Rodríguez no imprime la tensión que se esperaría entre caracteres tan teóricamente contrarios, si es que lo son visto lo visto. Dos, porque hay una falta de diálogos alarmante, así que los personajes, silenciosos y profesionales, evitan tener que explicarse uno al otro su visión sobre la vida, la justicia, la política, la violencia o los remordimientos, y de esta manera se omite entrar en las marismas pantanosas del post franquismo con verisimilitud y reflexión. A fin de cuentas: ¿son coherentes estos personajes? ¿Hay continuidad entre el pasado y el presente?

El guión que escriben Alberto Rodríguez y Rafael Cobos carece de la solidez requerida: escenas imposibles, como la de Quini y la navaja; un desenlace precipitado en el tiempo y en la profusión de datos; comportamiento criminal de gran torpeza o una trama que se destapa sin ninguna claridad. El resultado es una película de buen pulso aunque mejorable en tanto al montaje, comedida en cada plano, fusionada con una impecable banda sonora de Julio de la Rosa y un misterio policiaco que te mantendrá enganchado.

Lejos de la obra maestra que se comenta que es, pero aceptable como clásico y elegante entretenimiento. Nos vemos en el Sur.

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