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En busca del padre

Por Jorge Valle

Tierna, conmovedora y endiabladamente divertida, Nebraska, lo nuevo del realizador Alexander Payne, ofrece una mirada agradable y distinta –aunque no por ello alejada de la realidad- de la vejez y el ocaso de la vida,  personificados en el anciano y senil Woody Grant (Bruce Dern) que, en un ataque de locura entusiasta, decide emprender un viaje a Lincoln, en el estado de Nebraska, para cobrar el millón de euros que un folleto publicitario le ha prometido. No le importa cómo ni con quién, está dispuesto a llevar a cabo esa travesía hacia ninguna parte por todos los medios posibles. El único miembro de su entorno que parece entender esta descabellada idea es su hijo David (Will Forte), que se ofrece a acompañarle. Ambos buscan objetivos muy distintos: el padre, enclavado en una rutina monótona y aburrida, en la que los días se suceden sin ninguna novedad, ve la oportunidad perfecta para cambiar el rumbo que ha llevado su vida –en la que se adivinan numerosos fracasos- y encontrar la esperanza y ánimo necesarios para seguir adelante a pesar de su avanzada edad, cuando parece que ya no queda nada por vivir. Woody, consciente de que ha sido un mal padre y un peor marido por sus problemas con el alcohol, ve en ese millón de dólares su única posibilidad de redención y éxito en la vida. El hijo, que acaba de terminar una relación de dos años y que trabaja en una tienda de electrodomésticos a cambio de un sueldo muy bajo, desea desconectar por un tiempo de sus problemas y pasar más tiempo con su progenitor. Consciente de que es imposible eliminar esa idea de la cabeza de su padre, se dispone a cumplir su fantasía a pesar de la oposición de su madre Kate (June Squibb) y su hermano Ross (Bob Odenkirk).

El director de Entre copas y Los descendientes, que consigue su tercera candidatura a los Oscar por esta película, nos habla del amor entre un padre y un hijo que se quieren pero han olvidado el por qué. En su viaje a Nebraska hacen una parada en el pueblo natal de Woody, donde David descubre el pasado de su padre –sus escarceos amorosos, sus amistades, sus desengaños-, que no es como él había imaginado, y que le hace conocer más profundamente a su padre y entender por qué se ha convertido en quien es. Woody, a pesar de que no cobre su ansiado premio, encuentra lo que verdaderamente necesitaba, aunque no sea lo que hubiera querido al comienzo de la travesía. El poeta griego Cavafis ya señaló que lo importante no es la meta (Ítaca en el poema, Nebraska en la película) sino el viaje, en el que se producen toda una serie de circunstancias y hechos que nos cambian para siempre. Uno nunca será el mismo que fue cuando se marchó. Ambos son dos eternos perdedores emprendiendo un camino hacia el reconocimiento del otro y de sí mismos.

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Un extraordinario Bruce Dern, premio al mejor actor en el pasado festival de Cannes, interpreta a un hombre al borde de la enfermedad, con una cargante cojera y una memoria olvidadiza y a menudo ausente que esconde una bondad infinita –no duda en prestar dinero a sus parientes y amigos quienes, enterados de que va a ser millonario, le empiezan a rondar como buitres-. June Squibb compone un personaje para el recuerdo, repleto de mal genio pero también de cariño y comprensión, y todas sus apariciones resultan divertidísimas e inolvidables. Y Will Forte resuelve con brillantez el papel más complicado, pues él, otro bonachón empedernido –fantástico el detalle de su exnovia rechoncha- soporta con extrema paciencia los continuos desvaríos de su padre, a quien regaña en la intimidad pero defiende frente a los demás, incluyendo su propia familia. Su interpretación, ya sea como actor de reparto o incluso protagonista, hubiera merecido un mayor reconocimiento en la carrera de premios. La fotografía en blanco y negro ayuda a crear una atmósfera de nostalgia y tristeza, muy acorde con el retrato que Payne realiza del final de la vida, un asunto siempre delicado y cercano al melodrama pero que aquí se resuelve desde el humor, en el que es el gran acierto de la cinta. Y es que presenciar el reencuentro de dos hermanos que no tienen nada que contarse -porque nada les ha sucedido que resulte novedoso- después de tantos años sin verse resulta desternillante para el espectador a pesar de la triste verdad que oculta. Nebraska es, en definitiva, una película de apariencia sencilla e intrascendente pero que disecciona con sutileza y gracia temas como el matrimonio, la codicia, la vejez o las relaciones paterno-filiales. Una pequeña joya, destinada a convertirse en un clásico atemporal, de un director empeñado en seguir mostrando lo agridulce de la vida, fascinante a pesar de todas sus imperfecciones. Como el propio protagonista.

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