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En busca del conocimiento

Por Jorge Valle

Han tenido que pasar 27 años para que alguien se atreviera a llevar a la gran pantalla la famosa novela de Noah Gordon, El médico, que cuenta la historia de Rob Cole (Tom Payne), un joven barbero inglés que, en plena Baja Edad Media, sueña con convertirse en un gran médico. Para ello, deberá emprender un largo y peligroso viaje hasta Isfahán, donde reside el médico más sabio y famoso del mundo, Ibn Sina (Ben Kingsley). Curiosamente, la esperada adaptación del best-seller no ha corrido a cargo de Hollywood, sino de la industria europea, concretamente la alemana. Un detalle que parece insignificante por la forma –la película bien podría pasar por una superproducción americana- pero que sí resulta revelador por el contenido –una prueba más de que el cine europeo puede, y debe, competir con su antagónico rival-.

Y es que el director alemán Philipp Stölzl ha sabido dotar de ritmo a una narración más que correcta, que nunca se hace pesada pese a sus dos horas y media de metraje. Todo resulta creíble (el amor, la acción, el suspense…), aunque tampoco haya nada que resulte apasionante. No encontramos nada memorable en la película, pero tampoco nada que chirríe. El médico supone, pues, un notable entretenimiento, enmarcado por unos decorados y una ambientación magníficos que recuerdan de manera inmediata a El reino de los cielos (2005), otra epopeya medieval épica, dirigida por el polifacético Ridley Scott, que nos presentaba las aventuras de un joven europeo que buscaba en Oriente su identidad y valor. Rob Cole, interpretado con carisma por el casi desconocido Tom Payne, también es un cristiano atraído por lo exótico y lo desconocido que siempre ha representado esa parte del mundo para los occidentales. En este caso Rob no busca la fortuna o el poder, sino el conocimiento que le permita curar a otras personas, un deseo motivado tanto por la muerte prematura de su madre por la enfermedad del costado como por su extraño y misterioso don para prever la muerte de las personas.

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Esta búsqueda incansable del saber del protagonista se topará con un enemigo formidable: la religión, representada por los fanáticos musulmanes de Isfahán que se oponen a las prácticas poco ortodoxas de Ibn Sina, y que alimentan constantemente la rebelión contra el Shah y la población judía que habita en la ciudad y que compone un importante grueso dentro de los estudiantes de la madraza. La religión también suponía un (insalvable) obstáculo para Hipatia en la notable Ágora y, aunque la obra de Alejandro Amenábar sea mucho más compleja y redonda tanto en la forma como en el contenido, las dos muestran a la perfección esta oposición oscurantista y retrógrada al progreso científico que tanto daño ha hecho a la humanidad a lo largo de toda su historia. Stölzl ha sabido rodearse, en definitiva, de un grupo de profesionales técnicos –excelentes decorados, fotografía y música- y de un amplio reparto -la juventud del protagonista se contrarresta con la veteranía de Stellan Skarsgard y Ben Kingsley en el papel de maestros de Rob- que confieren a El médico credibilidad, armonía y cadencia en detrimento de personalidad y autenticidad. Pocas superproducciones americanas pueden presumir de ello.

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