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En busca de una identidad

Por Jorge Valle

Boys don’t cry empieza y termina con la misma escena: una persona conduce en la oscuridad de la noche hacia ninguna parte, en busca de una identidad, huyendo de un pasado que nadie querría recordar. La protagonista de esta historia de soledad, incomprensión y marginación es Teena Brandon (Hilary Swank), una joven que siempre ha querido ser un chico, por lo que no duda en cortarse el pelo, vestirse como un vaquero, vendarse los pechos y colocarse dos pares de calcetines en la entrepierna. Agobiada por un crimen que cometió y por el que la justicia la reclama, Teena –o Brandon, como todo el mundo le llama- decide abandonar su Lincoln natal. Se instala entonces en Falls City, donde es acogida con amabilidad por un grupo de amigos entregados a la droga y la lujuria. Allí conoce a Lana (Chloë Sevigny), una rubia alocada de la que se enamora perdidamente. Por un momento, todo en la vida de Teena parece ir bien. Pero no se puede construir nada desde la mentira y el engaño, y poco a poco su nuevo mundo se irá desmoronando, hasta que toda la verdad salga a la luz.

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Hilary Swank, esa actriz de rasgos varoniles y talento indiscutible, es la encargada de dar vida a las dudas, la incertidumbre, el dolor y el desamor de una persona que siempre se sintió diferente a los demás, como una pieza extraviada que nunca llegó a encajar en el puzle de la sociedad. La dos veces oscarizada actriz –recibió su primer Óscar por la película que aquí nos ocupa, el segundo por Million Dolar Baby cinco años después- tiene el complicado reto de meterse en la piel de una chica que se comporta, piensa y siente como un chico. Su interpretación nunca cae en el histrionismo, sino que camina, habla y llora con naturalidad, imprimiendo siempre un carácter varonil a todos sus movimientos. Le acompaña una sorprendente Chloë Sevigny, también nominada al Óscar como mejor actriz de reparto, que está perfecta como la frágil, misteriosa y atractiva Lana, que vive aprisionada por la férrea vigilancia de su madre (Jeannetta Arnette) y John (Peter Sarsgaard), un drogadicto incapaz de controlar sus violentos impulsos. Ellos elevan el nivel de la cinta y evitan que Boys don’t cry termine siendo un producto mediocre y fácilmente olvidable, pues la dirección de la debutante Kimberly Peirce no ofrece nada memorable. Chirrían en especial esos flashblacks que no aportan nada al desarrollo lineal de la historia y que solo sirven para enredar y confundir al espectador. El final, previsible pero tremendamente duro, retrata una sociedad retrógrada que es incapaz de aceptar a aquellos que no siguen las pautas de la mayoría, que escogen otros caminos distintos pero igualmente respetables. Lo verdaderamente triste es que, en el caso de Teena, su único crimen ha sido amar, y ser correspondida. Es admirable su firme e irrevocable decisión de mantenerse fiel a sí misma, de no dejarse amedrentar por los comentarios y actos homófobos de quienes la rodean. Y su recompensa ha sido el encuentro consigo misma, que tanto tiempo llevaba esperando. Qué mejor premio que poder verse reflejado en los ojos de la persona a quien amas, aunque nadie más pueda entender ese amor.

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