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En busca de nuestra humanidad

Por Jorge Valle

«Sufrimos por los errores que ellos cometieron porque cuando llegue el final sólo permaneceremos nosotros. Es por eso que nos odian.»

(Joe)

«Dios no creó a Adán para que le amara.» Es una de las primeras y reveladoras frases que podemos oír en el excelente prólogo de Inteligencia Artificial, que nos describe una sociedad futurista y deshumanizada en la que el calentamiento global ha derretido los casquetes polares, dejando grandes ciudades como Nueva York o Venecia sumergidas y reduciendo así drásticamente la población mundial, y en la que la reproducción del ser humano ha quedado sometida a los designios del gobierno, lo que hace que sea muy difícil que una pareja pueda recibir un permiso para tener hijos. La cita introduce uno de los primeros dilemas morales que se plantean en la película y que se irá desarrollando desde diferentes puntos de vista a lo largo del film. ¿Puede el amor de un robot ser correspondido por un ser humano?

Ideada por Stanley Kubrick, quien siempre pensó que Spielberg -de quien nadie duda de su asombrosa capacidad para retratar emociones y sentimientos- era el director adecuado para llevar su propio proyecto a la gran pantalla, Inteligencia Artificial es la historia de David (Haley Joel Osment), un niño robot al que le conceden el mayor don del ser humano: el amor. El robot, o “mecha”, como son llamados por los humanos, es entregado a Henry (Sam Robards) y su esposa Mónica (Frances O’Connor), cuyo hijo sufre una rara enfermedad para la que no se conoce cura. Aunque ella se muestre reacia al principio, finalmente acaba encariñándose de él, y comienza así una conmovedora relación entre madre e hijo. David sólo quiere quererla a ella -o al menos está programado para ello-, y ella busca desesperadamente el cariño perdido de un hijo. Pero un día ocurre lo que nadie esperaba: Martin (Jake Thomas), el hijo enfermo, despierta milagrosamente.

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Gracias a Martin -quien llega a decirle que «las espinacas no son para robotitos»-, David descubrirá que no es una persona real, y ahí comenzará su intensa y desesperada búsqueda por convertirse en un “niño de verdad”, en una clara renovación del cuento de Pinocho. Poco a poco David sentirá el rechazo y desprecio de los humanos, pues no le consideran un igual aunque pueda amar como ellos -significativa la escena de la piscina, en la que todos se preocupan por Martin mientras David permanece en el fondo del agua con los brazos abiertos, esperando recibir una ayuda y un cariño que nunca llegará-, y se dará cuenta de que su “mami” jamás podrá quererle como ella quiere a su verdadero hijo. El amor de David nunca será correspondido. Y tras una serie de hechos, Mónica decidirá abandonarle, consciente de que si le crearon para amar, ¿no es razonable pensar que también pueda odiar?

Dividida en tres partes diferenciadas tanto visualmente como narrativamente entre sí -la primera y la tercera parte son magistrales-, Inteligencia Artificial acusa de una pérdida de interés y de ritmo en su segunda parte, que comienza presentándonos a Joe (Jude Law), un prostituto de lujo que huye de los cazadores de “mechas” como él, que los destruyen en la “Feria de la Carne”. Joe y David entablarán una entrañable relación, y tras salvarle la vida, Joe se propondrá ayudar a su nuevo amigo a encontrar al Hada Azul, la única capaz de realizar el sueño de David. Finalmente, ambos llegan a Nueva York, prácticamente sumergida y convertida en un símbolo de la civilización perdida y del fin del mundo. Allí David irá descubriendo respuestas que le abrirán la puerta a nuevas preguntas, hasta que encuentre por fin al Hada Azul, y se quede pidiendo a gritos su sueño -«¡quiero ser un niño de verdad, quiero ser un niño de verdad!»- mientras el tiempo consume su angustiosa existencia.

La crítica siempre ha mostrado su rechazo a la tercera parte de la película por considerarla inútil e innecesaria y, si bien es cierto que el metraje se alarga demasiado y el ritmo decae conforme nos vamos acercando al final, todo lo contado anteriormente no tendría ningún sentido sin esos veinte minutos finales en los que la poética expresividad de Spielberg alcanza sus cotas más altas. Dos mil años después de la desaparición del hombre, los “mechas” han evolucionado hasta alcanzar la cima evolutiva pero, al igual que sus creadores, se han instalado en su mismo estado de inquietud existencial, pues son capaces de preguntarse sobre lo que les rodea y sobre sí mismos. Así, regresan a Nueva York en busca de sus orígenes, en busca de sus creadores y, en definitiva, en busca de Dios. ¿No son ya estos súper-robots tan humanos como nosotros, que se preguntan desesperadamente por el significado de la humanidad? Y aunque no descubran las respuestas a sus inquietudes, al igual que nosotros seguimos -y seguiremos- buscándolas, encuentran al pequeño David congelado en frente del Hada Azul. David y su osito Teddy suponen así el “eslabón perdido”, pues son los únicos robots que han conocido a los humanos.

Ha pasado toda una eternidad, pero el amor del pequeño robot por su madre sigue intacto. Los súper-robots, mediante los recuerdos de David -preciosa la escena en la que se los intercambian mediante el contacto físico- y el mechón de pelo de Mónica que él le cortó y que Teddy ha estado guardando todo este tiempo -otro detalle de genio de su director-, son capaces de revivir a un ser humano durante un solo día. Así, David y Mónica comparten todo un día juntos, aunque ahora se hayan cambiado los papeles: ella no recuerda quién es realmente y dónde se encuentra, pero aun así le da todo su amor. La moraleja de Inteligencia Artificial es clara y cruel: al final, el que persigue algo con todas sus ganas y todo el amor del que dispone lo consigue, aunque ni siquiera sea como lo había pensado y soñado cuando comenzó su camino. Y así termina, en el mismo lugar y con la misma persona donde nació un sueño, la tragedia del pequeño David, cuyo único delito ha sido amar y que, en su búsqueda de ser como los humanos, se ha topado con la última prueba de humanidad: la muerte.

¿Pero es el amor lo que nos hace humanos? El amor de David por su madre es real, aunque él mismo no lo sea. Incluso el público de la “Feria de la Carne” se apiada de David al descubrir que, aunque sea artificial, tiene los mismos sentimientos que ellos, incluido el miedo a la muerte. O quizá lo que nos haga más humanos sean nuestras propias contradicciones, nuestra predisposición constante al cambio, apartada de toda lógica y mecánica. Todos somos una persona distinta cada vez que nos levantamos por las mañanas, todos nuestros sentimientos, y sobre todo el amor, se van transformando día a día, de manera que nunca sabemos exactamente lo que sentimos realmente. Pero el amor de David por su madre sí puede definirse, pues no cambia, no muere, ni siquiera cuando ella le abandona en una sobrecogedora escena en la que los actores sacan a relucir todo su talento, en especial un Haley Joel Osment que realiza una de las actuaciones más asombrosas y sorprendentes de la última década que confirma el talento de Spielberg en la dirección de niños. Su puesta en escena está repleta de detalles de genio -la maravillosa presentación de David en un plano desenfocado recuerda a la forma que tendrán los robots del futuro, al igual que el símbolo de la empresa Cybertronics, que constituye también el primer recuerdo de David-.

Inteligencia Artificial es, en definitiva, una película incomprendida e infravalorada que acabará siendo reconocida, pues el tiempo siempre pone cada cosa en su sitio, como la auténtica obra maestra que es, no sólo por sus perfectos e impecables aspectos técnicos, sino también por la emotividad y la profundidad con la que está tratado su discurso filosófico. La incansable búsqueda de David no es más que una metáfora de la también incansable búsqueda del ser humano de su humanidad, una reflexión acerca de la condición del hombre y una visión muy crítica sobre nuestro futuro. Quizá la complejidad de su mensaje es lo que ha llevado a esta película a la incomprensión y el rechazo por parte de un público que suele tildar de “aburrido” o “pretencioso” todo aquello que escapa a su comprensión. Ciertamente, Inteligencia Artificial requiere toda nuestra atención, e incluso más de un visionado, para captar todo el profundo y abstracto mensaje que esconden sus imágenes.

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