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El último emperador (y su bicicleta)

Por Borja Álvarez “Jita”

El último emperador es una de las últimas superproducciones clásicas que nos ha dejado el cine. Llegaron el croma y los efectos especiales por ordenador y lo hicieron para quedarse. La era digital tendrá sus ventajas, sus inconvenientes, pero lo que es seguro es que no tiene el mismo encanto.

Con la producción de Jeremy Thomas, Bertolucci dirigió la que es su mejor película. Una superproducción de las de antes. Todo a lo grande. Un vestuario recreado a la perfección, centenares de extras en el rodaje, decorados con un nivel de detalle bárbaro, monumentos históricos, localizaciones preciosas –no en vano fue el primer film en conseguir el permiso para rodar en la ciudad prohibida- y una cámara que nos deleita plano tras plano. Bertolucci ofrece todo un curso intensivo de dirección cinematográfica.

Concretamente hay una secuencia que perdurará eternamente en mi memoria. La de ese pequeño niño inquieto sentado en el Trono del Dragón. De repente salta de su asiento y corre hacia la puerta de la sala del trono, donde en un primer momento una gran cortina amarilla ondula tapándonos la vista. Entonces el viento sopla, el telón se eleva y vemos como los esbirros se van arrodillando a su paso. La cámara avanza y asistimos a un plano general de cientos de eunucos alineados geométricamente y por colores doblegarse ante el muchacho. El posterior contraplano cierra unos segundos de una belleza artística indiscutible. Si visualizan –y escuchan- la secuencia detenidamente observaran la multitud de detalles que se utilizan en la puesta en escena para apenas unos segundos. Es una forma de entender el cine casi extinguida, una manera de hacer del lenguaje audiovisual pura poesía, es la suma del trabajo de numerosos profesionales que no salen en pantalla y son casi siempre olvidados y que merece todos los elogios posibles.

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La secuencia finaliza por cierto con un detalle que puede parecer insignificante en ese momento, pero que termina siendo determinante en el desenlace de la película. Y es la cajita con un grillo que uno de los eunucos le regala al niño. Quizás peque de pretencioso, pero en mi opinión Bertolucci con ese objeto quiere hacer un simbolismo y toda una referencia a Ciudadano Kane y el Rosebud. Un mensaje tremendamente profundo y hermoso a la inconsciente felicidad de la niñez. Otro detalle más que demuestra que Bertolucci entiende el cine de otra manera, la del clasicismo de los grandes maestros que le habían precedido.

Y por si fuera poco tenemos a Peter O´toole.¿Qué quieran que les diga de un monstruo interpretativo como este? ¿Quién mejor que el protagonista de Lawrence de Arabia para meterse en la piel de un británico de alta cuna?

Su penetrante mirada azul, sus finos gestos de hombre refinado, sus trajes de gentleman, su tono de voz marcando el acento inglés o su forma de andar en bicicleta (mirando al frente, con la cabeza erguida…como en la vida“) lo dicen absolutamente todo. Peter Otoole era como Sean Connery, Paul Newman o Henry Fonda, actores únicos que con su presencia y su clase ya tenían mucho trabajo hecho.

La historia está muy bien contada. La primera hora y media es perfecta, el ritmo es adecuado y los acontecimientos muy interesantes. Después el ritmo es más pausado –nunca tedioso bajo mi punto de vista- y los hechos aunque menos atractivos,sí son importantes para el desenlace y el mensaje de la película.

Bertolucci escandalizó y perturbó a muchos con El ultimo tango en París –a mí no me gustó la verdad-,encandiló a su país y demostró a la crítica norteamericana que podía con grandes proyectos con Novecento -imborrable el lirismo que desprende la primera parte, pero a cuya segunda entrega le sobraba propaganda política y escenas escabrosas-. Sin embargo, fue con El último emperador cuando el director parmesano se hizo un hueco entre los grandes.

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