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El último concierto

Por Áralan Aidir

A Late Quartet, que el próximo 23 de agosto llegará a las pantallas españolas, es una de esas pequeñas delicias que no te esperas de una ópera prima. Yaron Zilberman, director de la cinta, casi un completo desconocido del que yo solo recuerdo un documental suyo (años ha) sobre la prohibición que sufrieron los judíos para acceder a centros deportivos en la lejana Austria de comienzo de siglo, hace un más que correcto equilibrio entre música y personajes, porque El último concierto es eso: una combinación muy bien llevada de música y de las historias entrelazadas de todos sus miembros. Desde Phillip Seymour Hoffman hasta Christopher Walken, pasando por los que casi son también protagonistas, todos los personajes son tremendamente creíbles, desde sus motivaciones y miedos hasta sus acciones y reacciones, algo realmente difícil de ver hoy en día en una sala de cine.

El alma de la trama es un suceso tan imprevisto como terrible que lleva a uno de los virtuosos miembros a avisar de su retiro prematuro del cuarteto de cuerdas con el que ha estado unido en más de un sentido durante 25 años; y, como en una gran familia, cuando se produce un gran cambio, hay grandes reacciones, todas ellas en cadena, pues la decisión de uno hará que otro tome otra que afecta a un tercero y, las de éste, a un cuarto, pues este grupo es endogámico sentimental y musicalmente, casi como si esta película tratase acerca de una familia disfuncional.

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Zilberman reparte minutos donde, cómo, cuándo y a quién debe, intercalando piezas musicales deliciosas donde destaca el Cuarteto Nº 14, Op. 131 de Beethoven, tan complicado en su ejecución como lo es el mantenimiento en un todo armónico de las piezas de una familia; pero el verdadero protagonista es Christopher Walken, quien se come la cámara con su simple expresividad facial cada vez que aparece, cosa que el director sabe y sabe exprimir, de ahí que ponga en él el corazón de la música, del cuarteto y de la película.

Una hora y tres cuartos que pasan volando, con un final emotivo que deberéis decidir si es feliz o no. Yo, un día después de haberla visto, solo puedo deciros que me ha gustado. Bastante.

Mucho, qué diablos.

P.D: como curiosidad, deciros que la esposa en la película de Christopher Walken es en la realidad Anne Sofie Von Otter. ¿Qué quién esta mujer de apellidos tan peculiares? ¡Sorpresa!

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