Image Image Image Image Image Image Image Image Image

El tiburón que todos llevamos dentro

Por Enrique Fernández Lópiz

No hace mucho escribía yo en estas páginas sobre la película de Spielberg El diablo sobre ruedas (Duel) (1971), de la que Tiburón es su inmediata seguidora, pues no sólo es que vino prácticamente a continuación en el tiempo (en medio dirigió Algo diabólico, 1972; y Loca evasión, 1974, ambas sin mucha trascendencia), sino que la temática es equivalente. Como decía en aquellos comentarios: “El Steven Spielberg de juventud construye una película sin lugar a dudas extraordinaria, en torno al recurrente tema del individuo manso perseguido por una fuerza o ser superior peligroso”. O sea, en la forma y en el fondo ambos filmes se refieren a esos sentimientos paranoides o de suspicacia que a todos prácticamente nos asaltan alguna vez en la realidad o en sueños, que nos hacen sentir temor en razón de que alguien o algo nos hostiga. En la película de Spielberg de 1971, el objeto persecutorio es un camión asesino y en esta es un escualo irreal por su inverosimilitud, insistente en su afán por alcanzar y deglutir a sus cazadores que van en una embarcación. Veamos.

La película se desarrolla en un pequeño pueblo turístico de la costa de Nueva Inglaterra, al este de los Estados Unidos. La apacible vida de la localidad se ve alterada cuando un gran tiburón blanco ataca a varios indefensos bañistas. Por temor a los funestos efectos que este acontecimiento podía tener sobre el negocio turístico, el alcalde se niega a cerrar las playas. Tampoco difunde la noticia para alertar del peligro. Pero los acontecimientos se precipitan cuando el tiburón acaba con la vida de un bañista. Una vez se ha instalado el terror, un experimentado cazador de tiburones, junto a un oceanógrafo y el jefe de la policía local forman un equipo para apresar al escualo y acabar con el pavor que ya se había extendido entre los veraneantes.

tiburon-2

Del mismo modo que el camión en El diablo sobre ruedas, el temible tiburón se convierte por arte y magia de Spielberg en un animal que parece inteligente, como que hubiera tomado la firme decisión de acabar su tarea de tragarse a sus captores con una contumacia más propia de un diablo o un ser maligno, que de un simple tiburón. Aquí, Spielberg, “con un talento y una osadía insultantes, demostró que sabía manejar a su antojo las emociones de un público aterrorizado, que flotaba en la butaca, sin siquiera presentir qué sucedería en la siguiente escena. ´Tiburón’ es un film comercial casi perfecto, una historia creíble y astutamente dosificada que barrió en las taquillas de todo el mundo, convirtiéndose de inmediato en un clásico del cine de terror” (Kurt). Efectivamente, después de esta película, muchos bañistas que la vieron, empezaron a tomar sus recaudos cuando decidían nadar mar adentro.

Steven Spielberg por aquellos entonces era un principiante, era considerado uno de los más prometedores talentos de la industria, pero a efectos prácticos era un “don nadie” de veintisiete años que únicamente tenía un estreno cinematográfico a sus espaldas. Pues bien, este don nadie dio el campanazo con esta película, paradigma del terror, con unos ingredientes sencillos pero inquietantes. Mi análisis de este éxito radica en la idea de que el monstruo, más que externo, es el que habita en nuestro interior. Tiburón es el “tiburón” que todos llevamos dentro en forma de culpa, de ansiedad infantil, de pánico irresuelto, etc. Creo que Spielberg comprende muy bien esa idea de la famosa psicoanalista Klein, de que cuando nos sentimos perseguidos o soñamos que nos persiguen, somos nosotros mismos nuestros perseguidores a la vez que los perseguidos. El terror mora en nosotros desde la más tierna infancia, el miedo es consustancial a la especie humana y además, se contagia y propaga como bien sabemos, con una fuerza y rapidez insospechadas.

Es muy importante el guión de Peter Benchley (autor de la historia) y sobre todo de Carl Gottlieb, adaptación de la novela homónima de Bentchley (“Jaws”) publicada en 1974 y que alcanzó el número uno en la prestigiosa lista de novelas del New York Times, lo que da fe de la popularidad de la obra. El libreto, de manera lineal y sucinta plantea la búsqueda de un tiburón asesino por parte de unos especialistas… y prácticamente nada más. Además, Gottlieb le confirió una enorme viveza a los personajes y también tuvo el buen instinto de insertar algunos toques cómicos en los diálogos, incluso en mitad de momentos de tremenda tensión. Idea suya fue la recordada frase del film, pronunciada por Brody cuando ve al tiburón con sus propios ojos por vez primera y dice: “Vais a necesitar un barco más grande”. “Gracias a Gottlieb, lo que era una mera película de género se transformó también en un convincente drama” (Gorgot).

En el plano psicológico, lo que ocurre en la trama es que el monstruo, al igual que ocurre con nuestros temores hundidos en el inconsciente, es un oscuro y homicida escualo que también se sumerge (en la profundidad de las aguas saladas) y que nadie sabe cuándo va a aparecer, cuando va a dar la cara. Durante el film permanece largo tiempo oculto bajo el océano, no se siente, no se huele, hay que esperar su mordiscón porque es seguro que volverá a la superficie en cualquier momento. Esto produce mucho miedo en el espectador, claro. Un emocionante viaje a las aguas de nuestros miedos, un viaje a la oscuridad, un enfrentamiento épico con nosotros mismos.

tiburon-3

Magnífica, intensa e inquietante banda sonora de John Williams, un hito en la música del cine, unos compases musicales que provocan angustia e incluso pánico. Pocas veces seis contrabajos, ocho chelos, cuatro trombones y una tuba han arrancado tantas emociones y terror al público. Williams declaró que: “La música de ‘Tiburón’ es tan simple, insistente y cautivadora, que parecía imparable, como el ataque de un tiburón”: https://www.youtube.com/watch?v=kbvrjY7dGfU. Genial la fotografía de Bill Butler. Y puesta en escena y efectos especiales muy buenos para la época.

El reparto fue todo un trabajo de selección por parte de Spielberg que se quedó finalmente con unos actores de lujo. Roy Scheider está estupendo como jefe de policía, muy convincente como hombre corriente que incluso teme al agua y que debe enfrentarse a un monstruo primitivo. El inestable –porque lo era y porque bebía-Robert Shaw está inmenso como el viejo lobo de mar y cazador de tiburones, todo un tipo duro que Shaw encarna de manera muy convincente. Richard Dreyfuss hace una gran interpretación trufada con toques de comicidad, lo que lo catapultó a la fama en los setenta convirtiéndose en intérprete habitual con Spielberg. Lorraine Gary muy bien como personaje femenino, madre, que da un toque de serenidad al argumento. Murray Hamilton, como alcalde que pretende ocultar el problema. Acompañando Carl Gottlieb, Jeffrey C. Cramer, Susan Backlinie, Jonathan Filley, Chris Rebello, Jay Mello, Craig Kingsbury, Jeffrey Voohees, Lee Fierro, Ted Grossman, Robert Chambers y Peter Benchley, un gran cuadro de actores y actrices de reparto.

Premios y nominaciones en 1975: 3 premios Oscar: Montaje, Música, Sonido. Nominada a mejor Película. Globo de Oro: Música. Nominada a Drama, Director y Guión. Premios BAFTA: Mejor Música. 7 nominaciones incluyendo Película y Director. Sindicato de Directores (DGA): Nominada a Mejor director.

En el terreno de la producción ocurrieron muchas cosas y pocas buenas. El guión estaba a medio escribir, faltaban elementos y Spielberg lo tenía que demostrar todo, incluido no excederse en el presupuesto. Quisieron al principio amaestrar un tiburón, tarea como mucha gente sabemos, imposible. Se optó entonces por la maqueta del famoso tiburón construida por el genial Bob Mattey; pero al empeñarse Spielberg en rodar en el mar, en un agua bien fría y con unas condiciones climatológicas oceánicas adversas, la maqueta no funcionaba bien, pues se había pensado para rodar en una piscina. El trabajo se demoraba y el productor empezó a poner más dinero de la cuenta. De esta manera lo recuerda el director: “No tenía ni idea de lo que era en realidad el océano y yo era muy ingenuo sobre al poder de los elementos. Mi arrogancia a este respecto fue una temeridad, pero por aquel entonces era demasiado joven para saber que rodar una película en el océano en lugar de en una piscina de Hollywood era algo temerario. El rodaje se prolongaba y empezó a convertirse en un infierno a todo nivel, incluidas las provocaciones y broncas de los actores que perdían tiempo y oportunidades para interpretar otros filmes.

Enfrentando la dificultad por frente y por derecho, aceptando que había que tomar medidas extremas en momentos límite, Spielberg aceptó que la maqueta de tiburón no funcionaría per se y decide darle vuelta a la cinta. No tenía otra opción, únicamente imaginarme la película sin el tiburón, contaría el director, quien con el tiempo aseguró que tras aceptar esta realidad se preguntó: ¿Qué haría Alfred Hitchcok en una situación como esta?. La solución era mantener al tiburón fuera de foco el mayor tiempo posible, ocultarlo de las escenas el mayor metraje viable. “Tuve la idea de que podíamos conseguir un gran efecto usando el horizonte marino, haciendo que no fueses capaz de ver lo que hay por debajo de tu cintura cuando estás nadando. Lo que no ves es lo que de verdad resulta aterrador. Eso obligaba a los espectadores a traer su imaginación colectiva cuando viniesen a ver la película, y sería su imaginación la que me permitiría hacer de todo ello un éxito” (Steven Spielberg). Para ello, Gottlieb particularmente tuvo que hacer importantes modificaciones en el guión. Empezó a aplicar técnicas narrativas más propias del suspense: no mostraba a ningún tiburón, pero hacía entender que estaba allí, lo cual terminó siendo mucho más efectivo que la presencia real del escualo. Luego la cosa era una cuestión de horas, días, en la tarea de montaje. El inconformismo de Spielberg le llevó a algún artilugio casero para rodar la icónica escena de la cabeza de Ben Gardner.

A partir de lo contado hasta aquí, todo fue un cuasi azar lo que llevó a Tiburón a cambiar la industria del cine. Spielberg tiene algo diferente al resto de grandes directores, sabe lo que quiere ver el público. Él creó con Tiburón el primer blockbuster moderno y tal vez sigue siendo el mejor a día de hoy. Nuestro Steven cambió las reglas acerca las cantidades dinerarias que se debían invertir en una película; de cuándo y cómo conviene estrenarla; también a qué público se ha de dirigir el film para rentabilizar la inversión. Rompió los convencionalismos e hizo una cinta comercial a la desesperada tras haber duplicado los gastos y de muchos accidentes y fallos en el rodaje, incluido errores de planificación. La película, en fin, fue “arrancada de las garras del fracaso por la visión de un joven cineasta, Steven Spielberg, que contra todos los obstáculos imaginables nos regaló uno de los más memorables títulos de las últimas décadas” (Gorgot).

Entonces no era costumbre estrenar películas en verano, pero Tiburón fue estrenada por razones de urgencia en la productora, un 4 de julio de 1975; además se gastó mucho dinero en publicidad, lo que entonces tampoco era habitual; y para más, como estrategia casi desconocida (salvo El Padrino), se proyectó en gran cantidad de salas a la vez. Entonces sucedió algo inesperado, todo un fenómeno de masas, una entusiasta reacción de parte del público. De manera que tras la pesadilla del rodaje, nadie podía creer lo que veía. Pero las colas para ver el film se prodigaban y las opiniones eran inequívocas: el espectador que la veía salía encantado de la sala y la recaudación fue insólitamente elevada.

Tensión, angustia, impotencia, agobio, puro terror. La frase promocional de Tiburón -ideada también por Spielberg- era: “Vayan a verla antes de ir a nadar”. A toda una generación se les quitaron las ganas de nadar en mar abierto.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=U1fu_sA7XhE.

Escribe un comentario