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El tercer acto de la vida y las relaciones intergeneracionales

Por Enrique Fernández Lópiz

De nuevo quiero dedicar mis comentarios a una película sobre personas mayores: El estanque dorado, de 1981. Se trata de un film que trata el tema de la vejez y las relaciones intergeneracionales de manera magistral y conmovedora. Además, esta temática de las relaciones intergeneracionales es igualmente un asunto de candente actualidad, pues es sabido, de la ayuda que en todo sentido aportan los abuelos en la actual “crisis” a los nietos y a las familias. E igualmente es muy importante el agrado con el que los mayores en general reciben la visita o la conversación con los niños, y cómo, unos como otros, se enriquecen con este diálogo.

La película narra la historia de un matrimonio de edad avanzada interpretado por un longevo Henry Fonda y una también mayor Katherine Hepburn. Ellos pasan sus vacaciones en un hermoso lugar llamado el “Estanque Dorado”. Norman (Fonda) siempre ha sido una persona capaz, diligente y activa, de manera que tolera mal las dificultades e impedimentos que le supone ser ya una persona de edad avanzada, con un proceso de demenciación incipiente pero evidente. Su mujer (Hepburn) trata de restar importancia a las pequeñas contrariedades, apoyando y ayudando en todo momento a su esposo. En un momento dado de la historia, de manera inesperada aparece Chelsea, la hija de los Tayler, magistralmente interpretada por una pujante Jane Fonda. En este caso, el amor crepuscular sólido de sus ancianos padres (Henry lo es en la realidad como es sabido), sólo se deja perturbar por la visita de la hija que tiene muchas cuentas pendientes que ajustar con su padre. Y es en esta parte de la historia cuando se reeditan esas tensas relaciones que siempre han existido entre ambos. El hijo de la Fonda, el nieto, el pequeño Billy (Doug McKeon), un joven animoso y amoroso, queda al cuidado de los abuelos durante unos días en los que su madre se ausenta con su actual pareja, y esto permite escudriñar en el rico y sensible mundo de las relaciones entre los abuelos y los nietos.

La trama está espléndidamente contada por el Director Mark Ryder, que construye una obra, mezcla de drama y comedia, con oficio y bien hacer en esta película donde los platos fuertes están en las interpretaciones de la Hepburn y de Henry Fonda, lo que en su momento les hizo merecedores de sendos Oscar de la Academia de Hollywood. También hay que destacar la labor de Doug McKeon, el pequeño nieto Billy, que hace un papel muy bien dirigido y muy creíble. No hay que olvidar el admirable guión de Ernest Thompson, basado en una obra suya (Oscar igualmente), la magnífica fotografía de Billy Williams y una muy buena música de Dave Grusin.

El curriculum de esta película en el año 1981 es así: 3 Oscars: Mejor actor (Henry Fonda), actriz (Katherine Hepburn), guión adaptado (Ernest Thompson); 10 nominaciones. 3 Globos de Oro, incluyendo Mejor película-drama y 6 nominaciones. Círculo de críticos de Nueva York: Nominada a Mejor Actor (Henry Fonda).

Y como estamos en vejez, y más concretamente en lo que son las relaciones abuelos nietos, nos podemos hacer dos preguntas que se ven en esta cinta, estas son: ¿Qué aportan los abuelos a los nietos?; y, ¿qué aportan los nietos a los abuelos? Veamos y empecemos por la primera pregunta.

Según investigaciones existentes, los abuelos aportan a los nietos los siguientes regalos psicológicos y sociales: los abuelos cuidan de los nietos; les acompañan en sus juegos; practican el rol de historiadores de la familia; transmiten valores morales; ofrecen un modelo de envejecimiento y de cómo la gente mayor pien­sa y se comporta; amortiguan los conflictos entre padres e hijos; ejercen influencias indirec­tas sobre los nietos mediadas por los padres; ayudan en momentos de “crisis” –lo que hoy es una gran evidencia-; aportan amor incondicional “versus” el amor condicional de los padres que han de ejercer como educadores; a veces, en el mejor sentido, miman y malcrían; y  pueden servir de confidentes a los nietos. Como vemos son muchas las funciones del rol de abuelos, algunas de las cuales podemos observar en este film que ahora comentamos.

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Estas aportaciones se ven complementadas en segundo lugar con los beneficios que obtienen los abuelos en su relación con los nietos y que también el film deja entrever. Veamos. A través de los nietos muchos abuelos encuentran un sentido a la vida; perciben en sus nietos una fuente de renovación biológica y continuidad vital; valoran su vejez como valiosa en función de las atenciones y cuidos que prodigan a los nietos; sirve a modo de autorrealización emocional, ya que les permite sacar sentimientos que muchas veces no pudieron actualizar con sus hijos; y finalmente, puede darse también una realización despla­zada en relación a los nietos, en el sentido de sentirse orgullosos de los éxitos y logros de éstos.

En definitiva, en no pocas ocasiones, las relaciones abuelo-nieto son beneficiosas para ambas partes. Concreta­mente, el abuelo puede sentirse valorado, lo cual influye en su autoestima de forma beneficiosa, tanto más en personas mayores un poco negativas.

Pues bien, hechas estas observaciones, dado que esta película refleja mucho la relación de los abuelos con el nieto, quiero decir también que esta la película rezuma ternura. Y es así porque describe de manera sentida y sin tapujos la época de la vejez, el afrontamiento con las dificultades en la última fase de la vida, el enfrentamiento con la posibilidad de la muerte. Ni el Director Mark Ryder ni el guionista Ernest Thompson caen en la sensiblería o el innecesario endulzamiento, y hacen que la trama fluya libremente en una narración en la que los sucesos acontecen de manera natural como la propia vida.

Esta película, que vi en su estreno, me sirvió como una aproximación y a la vez un descubrimiento de que la vejez es una etapa más de la vida, con sus pérdidas y sus ganancias, con sus avatares y sus momentos felices, con momentos de ternura y amor.

Y a propósito de este sentimiento que yo tuve, y que cualquier espectador que visione esta película podrá tener, también digo que esta película sirve para educar contra los prejuicios negativos que muchas personas tienen con relación a la vejez. Me refiero a prejuicios de desvalorización, de desprecio, concepciones negativas que a veces marginan al mayor. Estos prejuicios se conocen con el nombre de prejuicios “viejistas”, de manera que ya tendríamos que acostumbrarnos, no sólo a reconocer los prejuicios “machistas”, “racistas”, etc., sino también los denominados “viejistas”, y poder señalar como como viejista a quien mal-considere, critique, margine o excluya a los mayores. Y es que el viejismo es muy común en nuestra sociedad como un tipo de prejuicio o creencia negativa en relación con los mayores, simplemente en razón de sus cumpleaños (por ejemplo, que los viejos son “tacaños”, o “enfermos”, o “son como niños”, “incapaces”, “obsoletos”, un “problema”, etc.), todo lo cual implica un rechazo e infravaloración de los mayores.

Sirve esta película, pues, para mejor comprender lo que los mayores tratan de decirnos a veces sin palabras (“Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.”, que decía nuestro gran poeta y Premio Cervantes José Hierro y cuyo poema transcribo al final de esta crítica), con la mirada, con el silencio. Y la película se complementa con unas imágenes preciosas del “estanque dorado”; un paisaje y un entorno en el que parece que los protagonistas podrían morir tranquilamente, rodeados de tanta hermosura. Y como decía,  Ryder  no cae en la sensiblería sino que deja que el guión fluya libremente como una suave brisa. Y para rematar faena, para culminar la belleza, tenemos a una Jane Fonda estupenda. Actualmente es ella misma la que hace una enfervorizada defensa de la Tercera Edad, el “Tercer acto de la vida” como ella denomina a este momento del ciclo de la vida. Sus palabras sobre este asunto las pueden ver aquí, en este vídeo de 2011, en una conferencia que la misma Jane imparte, breve pero sustanciosa, y que además de lo pedagógico de la alocución, es muy pero que muy interesante: http://www.ted.com/talks/lang/es/jane_fonda_life_s_third_act.html

En resolución: en este film, la vejez, tan vilipendiada, es tratada con respeto y un profundo sentido de la realidad. Los personajes mayores tienen buen humor, sabiduría, cariño y también una suave nostalgia por aquello que se fue y nunca se podrá retornar (algo que decía no hace mucho del personaje anciano de Fresas salvajes de Bergman, el profesor Isak, al final del film).

La película contiene elementos conmovedores en el mejor sentido, episodios emocionantes y escenarios de maravilla, así que es muy recomendable. Es una de esas películas que te hace amar el cine y reflexionar sobre la vejez. Una obra maestra.

Y como prometía, y a modo de cierre de este comentario, ahí va este gran poema de un grande de nuestra literatura, José Hierro, aplicable al silencio y la bonhomía de los ancianos.

RESPUESTA

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
Que tú me entendieras a mí sin palabras
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,
la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde…

Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,
aquel niño que azota la mar con su mano inocente…

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

José Hierro (1922-2002)

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