Image Image Image Image Image Image Image Image Image

El Superman que necesitábamos… y no nos dieron

Por Jorge Valle

Los amantes de ese subgénero tan maltratado y explotado por el cine como es el de los superhéroes, nos quedamos maravillados ante la magnífica labor que Christopher Nolan realizó con el personaje de Batman. Si en Batman Begins (2005) consiguió profundizar, como nadie lo había hecho antes, en las dos caras del superhéroe, con sus inicios, sus primeros dilemas morales y su presentación al resto del mundo, en El caballero oscuro (2008) consolidó el papel del héroe como salvador de la sociedad y en El caballero oscuro: La leyenda renace (2012) mostró su caída en desgracia y su rechazo. El éxito de Nolan consistió en humanizar y acercar el personaje y toda su mitología a los problemas de la sociedad actual. Los artífices de El hombre de acero han intentado aunar en una misma película todos estos aspectos, pero es evidente que el que mucho abarca poco aprieta: la película no consigue mostrar ninguno con dignidad y suficiente veracidad. Y también resulta evidente que Zack Snyder no es Christopher Nolan. Ni Clark Kent un simple humano. El resultado era esperado y las comparaciones, odiosas: El hombre de acero no solo no está a la altura de “El caballero oscuro” -una de las diez mejores películas de la última década-, sino que tampoco consigue alcanzar el nivel de Batman Begins.

Hay momentos en los que la película intenta despegar y hacernos creer que estamos ante una historia profunda y bien construida, en la que se nota más la mano de Nolan que la de Snyder. Pero después llegan las explosiones, los mamporros y las peleas, y los personajes pasan a ser simples y planos peones en un espectáculo tan recargado e impresionante como inverosímil, en el que se destruyen trenes, edificios y coches con una facilidad pasmosa. El director de 300 no entiende que el abuso de la espectacularidad -una hora y media de efectos visuales llevados al límite- reduce considerablemente lo impresionante y sorprendente de la propuesta y termina por agotar y confundir al espectador. El metraje es excesivo, el montaje caótico y el final blando y previsible. Y esa búsqueda incansable de la épica y la solemnidad en cada escena y en cada diálogo hace que El hombre de acero se convierta justo en aquello que nadie quería: un blockbuster veraniego de proporciones gigantescas y abundantes dosis de entretenimiento, pero carente de coherencia e intensidad dramática y de personajes perfectamente caracterizados y complejos.

Goyer firma un guión en el que los diálogos parecen muchas veces forzados, se descuidan ciertos aspectos de la trama, algunas situaciones sobran totalmente y no aportan nada a la historia principal y la mayoría de los personajes no son más que una excusa dentro del espectacular entramado visual de Zack Snyder. Y ese es el problema de muchas de las superproducciones que cada año llegan a nuestros cines: el guión se escribe en una semana y los efectos especiales se retocan por ordenador durante meses. Goyer también se permite algún guiño a la exitosa serie Smallville -en los personajes de Pete Ross, Whitney Fordman o Lana Lang-, a la inminente Liga de la Justicia -en el satélite de la compañía Wayne que Superman destroza en uno de sus muchos altercados- y a la aparición en la secuela del más malo malísimo del universo Superman -en un rascacielos de la LexCorp que es destruido en el combate final-.

superman3

Aun así, no todo es catastrófico: la “reinvención” del personaje que han realizado Zack Snyder, Christopher Nolan y David S. Goyer nos ofrece un Superman más moderno, que ha dejado atrás el caracolillo en la frente, la exasperante torpeza y los antiestéticos calzoncillos de colores chillones. Pero sobre todo, estamos ante un Superman más humano, con alma, atormentado por unos poderes que escapan a su control, y que es capaz de romper a llorar por personas que ni siquiera conoce en una emotiva e intensa escena final. Las evidentes referencias al cristianismo -un joven de 33 años que debe sacrificarse por una Humanidad en la que no encaja y de la que se siente excluido- son otro de los acertados puntos en los que se apoya la película para otorgar más profundidad a un personaje que anteriormente había sido retratado con simpleza y, por qué no decirlo, también torpeza. El carismático Henry Cavill consigue hacernos olvidar al gran Christopher Reeve en una interpretación notable cuyo mayor mérito reside en conectar al público con su sufrimiento y dilemas interiores.

El lavado de imagen también afecta a personajes como el director del Daily Planet Perry White (Laurence Fishburne), que ha cambiado de color, o el fotógrafo Jimmy Olsen (Rebecca Buller), que aquí es una joven becaria. Pero sin duda, uno de los cambios más acertados es el sufrido por Lois Lane (Amy Adams), que ya no es esa cargante reportera que era incapaz de reconocer al superhéroe del que estaba enamorada en su compañero de trabajo por unas simples gafas. También es de agradecer que se haya optado por una excelente actriz como Adams en vez de una muñeca pechugona con limitadas, por no decir nulas, cualidades interpretativas. Su química con Cavill funciona a ratos y, aunque durante la primera parte de la película su personaje muestre diferentes matices y un cierto atisbo de profundidad, finalmente acaba convirtiéndose en la típica damisela en apuros.

No sólo el personaje de Lois está desaprovechado. El papel de Jonathan Kent (Kevin Costner), que es fundamental en la educación y formación de Clark como persona y como superhéroe, está retratado de forma pésima. Sus intervenciones, además de escasas, buscan constantemente la lagrimilla del espectador -inverosímil y carente de emoción su muerte en el tornado-, en uno de los recursos más frecuentes del cine mediocre. Su padre biológico Jor-El (Russell Crowe) tampoco se salva de la quema: en el tibio prólogo no convence, su primer encuentro con Clark es frío y desprovisto totalmente de emotividad y sus apariciones en la nave de Zod rozan en ocasiones lo cómico y ridículo. Sí merece destacar la siempre estupenda Diane Lane como Martha Kent.

superman4

El punto más débil de la película es, justamente, el que debería ser más fuerte en cualquier película de superhéroes: el villano. Michael Shannon no consigue intimidar en ningún momento como el general Zod, y eso hace que el interés y la intensidad de lo que se nos muestra en la pantalla decaiga enormemente: nunca dudamos de que Superman va a superar cada uno de los obstáculos que se le pongan por delante. Nuestro héroe es más invencible que nunca.

El resultado es decepcionante y agridulce. Se ha perdido una oportunidad perfecta para crear la película definitiva sobre el superhéroe definitivo: Superman tendrá que seguir esperando para ver su personaje llevado a la gran pantalla como se merece. Pero si la “S” que lleva en el pecho significa esperanza, por qué no confiar en que, partiendo de las bases que El hombre de acero ha sentado sobre el superhéroe, y con la llegada de un villano mucho más interesante que esté a su altura -nadie duda que la presencia en la secuela de Lex Luthor está asegurada- pueda llegar alguna entrega que sí pueda estar a la altura del mito que le acompaña.

Jorge Valle

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

Escribe un comentario