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El silencio de Dios

Por Enrique Fernández Lópiz

Sin duda Scorsese es ya un clásico dentro de la actual cinematografía. Un director con crédito artístico y comercial, un director para los más exigentes. Es un exponente del clasicismo y poseedor de una potencia expresiva propia de los grandes maestros. En este film Silencio, a todo ello se le une la enorme sensibilidad y proclividad interna que Scorsese tiene hacia los temas espirituales y el sentimiento religioso. No en vano, él mismo declara haber tenido en algún momento de su vida vocación para el sacerdocio. Pues bien, este conjunto de atributos, cualidades y sentimientos vienen a confluir en esta obra que no dejará impasible al espectador. Gustará o no, podrá resultar para algunos una cinta larga (aunque acuerdo con Oti Rodríguez cuando escribe: “… es excesivamente larga, pero no plomiza”), puede que hasta tediosa, film en el como escribe Boyero y yo no comparto, “todo es monotonía y tiempos muertos”, incluso podrían interpretarse algunos mensajes destemplados en la cinta, pero a cualquiera con alma sensible le conmoverá, si sabe dejarse llevar por la intensidad de sus imágenes y por su mensaje último.

Además, Scorsese hace un esfuerzo importante para lograr un difícil equilibrio entre la representación y la realidad, entre lo que pudiera ser verdad o su contrario: la falsedad, pues no existe, al parecer, certeza total sobre lo que realmente aconteció. El complejo entramado espiritual que narra el film, refiere una historia discutida, la historia potente de un jesuita supuestamente apóstata cuya definitiva autenticidad se ignora, según he podido comprobar por diferentes fuentes, como en este enlace. Por lo tanto es una obra que en lo religioso e incluso en su documentación se mece en las borrascosas aguas de la duda y del misterio. Cuestiones complejas, preguntas difíciles, como apunta Martínez: “Pocas veces antes (Scorsese) […] se había exigido a sí mismo tanta sobriedad en la puntual descripción de una pregunta que atañe tanto a su propio oficio, el de cineasta, el de fabricante de máscaras, como, en tono mucho más grave, a la propia vida”.

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Se desarrolla la película en el Japón del siglo XVII, cuando en esa zona asiática se cerraron las puertas a toda influencia social o religiosa proveniente de occidente, sobre todo por parte de los señores feudales que dominaban la región. En el film, dos jesuitas portugueses son enviados a Japón, el padre Sebastiao Rodrigues (Andrew Gardfield) y el padre Francisco Garupe (Adam Driver), toda vez había llegado a Roma la imprecisa noticia de que su mentor el padre Cristóvão Ferreira (Liam Neeson), tras ser torturado, había renegado de su fe (la tesis de la película bascula sobre este personaje). Esta noticia creó gran desconcierto en la Iglesia del momento y en la Orden jesuítica, ya que para la mentalidad de la época, era un grave escándalo la apostasía de un sacerdote. Y justamente, buscando a Ferreira, estos dos jesuitas habrán de sufrir en sus propias sus carnes la tortura y la saña que los japoneses de la época aplicaban a los creyentes cristianos.

El film es una adaptación (libreto de Jay Cocks y el propio Scorsese) de la magnífica novela de ficción histórica de Shiseku Endō, 1966, Chinmoku (“Silencio”), considerada una obra cumbre de la narrativa japonesa (llevada ya al cine en 1971 con igual título por Masahiro Shinoda). La novela reconstruye el camino de los mencionados jesuitas, no sólo desde Portugal a Japón, sino también desde el tormento a la apostasía, y una suerte de íntima comunión con el enemigo en la fe. Ni la novela ni obviamente la cinta, tan obcecadas en su credo, “echan en falta alguna aportación de la crítica postcolonial, por ejemplo, o una mínima mácula sobre los efectos colaterales de misiones y misioneros” (Romero).

Dicen que Endō, influido por su condición de hombre católico, cuando habla de la apostasía del principal protagonista de su obra, el jesuita Ferreira, la describe como “un acto de amor, semejante al de Cristo ofreciéndose a morir en la cruz para la salvación de los hombres, una renuncia a la gloria del martirio para librar a su grey, los cristianos ocultos japoneses (denominados “Kakure Kirishitan”), de las espantosas torturas a las que les sometía el tirano Leyasu” (López-Seivane). Incluso describe Endō que Ferreira llegó a decirle a su discípulo: ”Si Jesús estuviera en esa situación habría actuado exactamente igual que yo“. Si bien se preguntaba igual si sus palabras no eran sino razones exculpatorias que a modo de pretexto o racionalización él mismo se hacía para mitigar la angustia de su cobardía y rendición. Ferreira y discípulo concluirán odiándose uno al otro, pues a modo de espejos, ambos veían reflejado el suplicio interior que corroía sus corazones, sus más recónditas miserias.

Estamos ante una película evangélica muy bella, pero inequívocamente piadosa. Una sutil y profunda reflexión sobre temas fundamentales de la fe cristiana y la vocación sacerdotal. Creo que aunque más no sea por nuestra cultura, cualquiera puede entender, creyente o no, que la vocación religiosa es una llamada que el hombre recibe desde una visión trascendente, o sea, de parte de Dios. Quien siguen a Jesús, el hijo de Dios, lo hace de manera desinteresada y voluntaria. Esto era aún más palmario en la época teocéntrica en la que se desenvuelve esta obra.

Tienen un gran nivel la música de Kim Allen KlugeKathryn Kluge que encuadra con sus notas la tragedia que el film plantea. La fotografía de Rodrigo Prieto es imponente y de un extraordinario nivel, recreando paisajes y lugares selváticos a la vez que siniestros.

El reparto tiene desde mi parecer sus claroscuros. Andrew Garfield, a pesar de haber hecho los ejercicios espirituales ignacianos, a pesar de haber estudiado a los jesuitas o hacer dieta, carece de entidad como para ofrecer en toda su magnitud la tensión y el drama íntimo del padre Rodrigues; más bien parece un mero náufrago; por el contrario, sí veo a Adam Driver acorde (perdió 23 kilos) con las escenas sobrecogedoras del padre Garupe; la figura central del padre Ferreira está magistralmente interpretada por un carismático Liam Neeson que debería haber tenido más tiempo de pantalla; igualmente muy bien Shin´ya Tsukamoto, en un personaje sibilino y perverso a la hora de infligir sufrimiento; Issei Ogata merece igualmente gran atención en el rol estrafalario de un inquisidor nipón brillantemente interpretado. Y acompañan un grupo de actores de gran nivel como Ciarán Hinds, Ryô Kase, Tadanobu Asano, Sabu (AKA Hirokuyi Tanaka), Nana Komatsu, Yôsuke Kubozuka, Yoshi Oida y Ten Niyazawa.

Premios y nominaciones hasta 18/01/2017. 2016: National Board of Review (NBR): Top 10 del año y Mejor guión adaptado. American Film Institute (AFI): Top 10 – Mejores películas del año. Críticos de Los Angeles: Nominada a Mejor actor secundario (Ogata).

Película que habla, entre otras y de manera sustancial, de la fe. La fe en Jesucristo-Dios. La palabra de Jesús que seduce a los padres jesuitas al punto de una vocación sin límite, un seguimiento a Cristo radical (de raíz), desde la total entrega, tanto que llegan en aquellos entonces a predicar su mensaje al oriente. Scorsese ya deja claro que es una fe no racional en su origen, que carece de la lógica tal y como entendemos ésta cualidad. La creencia hace una exigencia personal de total entrega y atención inmediata a la llamada. Al modo en que lo hicieron los primeros apóstoles, pescadores sencillos, y así se observa en el transcurso de esta obra, como se ha observado durante más de dos mil años. La fe es en puridad un poderoso don inquebrantable mientras se posee. En el caso de los jesuitas del film es así. Por todo esto que digo, la apostasía es considerada una falta incomprensible, tanto para los predicadores como para los fieles que los siguen. Recuerda historias bíblicas como las de los hermanos Macabeo en el Antiguo Testamento o las tres negaciones que el apóstol Pedro hace de Jesús tras su apresamiento. Hago estas consideraciones por razones obvias del film, pero también porque he oído algún comentario sobre que pisar las imágenes de Cristo o la Virgen y repudiar la fe pudieran ser consideradas poco menos que triviales o una manera sencilla y astuta de librarse de las persecuciones o tormentos que a que son sometidos los curas y los fieles. Pero no es así y la realidad es tozuda. Sin ir tan lejos, hoy día, muchos cristianos están siendo asesinados en países musulmanes por no apostatar de fu fe cristiana. E imaginemos la gravedad que esto significaba en un proceso evangelizador en el siglo XVII, lo cual era más crudo cuando se trataba de aquellos misioneros jesuitas que introducían por vez primera el cristianismo en Asia, empezando por San Francisco Javier.

Claro que también hay que pensar que en una sociedad regida por un feudalismo atroz como la japonesa del siglo XVII, el cristianismo conllevaba un mensaje rompedor, humanista e igualitario, que no convenía a los tiranos. Por lo tanto, aquellos esforzados jesuitas significaban una amenaza para el poder. Es pues que la inquisición nipona pone todo su empeño, incluyendo métodos muy crueles, para derrotar a todo creyente en Cristo. Es este punto de barbarie el que siembra la duda sobre si tiene sentido la muerte de gente inocente por unas creencias que, eso sí, prometían un futuro mejor. Pero hasta cuándo, hasta cuánto o hasta qué punto de suplicio había que llegar. Empero, el film, dada la complejidad del tema, se aleja de la “fácil tentación del maniqueísmo” (Martínez), como también admite dudas razonables sobre los acontecimientos que se van sucediendo. “El resultado es una película que coloca al espectador en una posición tan reveladora como incómoda. Nunca complaciente. Scorsese quiere en todo momento acercar el héroe al traidor. Y hacerlo con una mirada tan compasiva como finalmente cruel. Sólo las máscaras aciertan a dar con el sentido profundo de la más radical de las paradojas. Y así hasta dar con uno de los finales más delicados y tristes del cine reciente” (Martínez).

Película, pues, dura, “agotadora en sus tesis y en sus antítesis, llena de intriga, aventura y espiritualidad” (Oti Rodríguez), potente, que pone sobre el tapete el valor de una fe pura ante la oposición de los caciques y el poder religioso budista para destruirla, esencialmente por el camino de forzar cruentamente la apostasía. Y como apunta Oti Rodríguez, “hay que sospechar que el enfrentamiento del que habla realmente no es entre el budismo y el cristianismo, sino entre esos hombres fortalecidos por su fe cristiana, capaces de afrontar el martirio, el viacrucis y la muerte, y que viven la desesperación, no del suplicio físico, sino del silencio de Dios a sus penas”. No en vano la novela y el film se titula Silencio, un Dios silente para solucionar asuntos peliagudos y perentorios, un mutismo trágico, unamuniano, un silencio referido al sufrimiento humano. Película que es “un viaje terrenal, fuertemente apegado a la vida, que no hace ni una sola concesión al espectador” (Sánchez), unos episodios que zarandean al público, que lo revuelven, que lo inquietan. Como decía, la película no te deja impávido, independientemente de tus creencias: el martirio en el pozo excremental y sanguinolento, crucifixiones, cuerpos exulcerados con el agua hirviendo de las termas, misas clandestinas. Con un hiperrealismo oscuro, Scorsese nos “ofrece una inteligente dialéctica entre dos formas de entender la religión, la fe y la vida” (Quim Casas).

En resumen, Scorsese cierra una trilogía sobre la fe y la espiritualidad que tuvo su punto de arranque en 1988 con La última tentación de Cristo, una particular visión del cristianismo; siguió en 1997 con Kundun, haciendo su lectura del budismo a través de la formación del Dalai Lama; y acaba por ahora en esta obra que intenta describir el sufrimiento que implica el seguimiento de Cristo, sobre todo en momentos de dramática dificultad.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=z8_LW3Q-4e0.

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Comentarios

  1. Marcos

    Pues no tenía intención de verla pero después de leer tu crítica creo que le voy a dar una oportunidad. Muchas gracias Enrique.

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