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El séptimo sello

Por Áralan Aidir

CABALLERO: ¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestros sentidos? ¿Por qué se nos esconde en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos, ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña, humilde y sufrido, a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo a pesar de todo una realidad, que se burla de mí y de la que no me puedo liberar? ¿Me oyes?

MUERTE: Te oigo.

C: Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable.

M: Pero continúa en silencio.

C: Clamo a él en las tinieblas y desde las tinieblas nadie contesta a mis clamores.

M: Tal vez no haya nadie.

C: Pero entonces la vida perdería su sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada.

M: La mayoría de los hombres no piensan en la muerte ni en la nada.

C: Pero un día, llegan al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas.

M: Sí. Y cuando llegan…

C: Calla. Sé lo que vas a decir. Que el miedo nos hace crear una imagen salvadora. Y esa imagen es lo que llamamos Dios.

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Ya no hay conversaciones así, ¿eh?

El caballero sueco Antonius Blovk vuelve de las Cruzadas cuando Muerte lo encuentra en la playa. Aunque el caballero sentencia estar dispuesto para la cosecha de carne, el espíritu tiembla. Y ante la crisis, llega la creatividad: ha escuchado en canciones y leyendas que a Muerte le gusta el ajedrez. Y le propone un trato: si Muerte gana, puede llevarle consigo. Si el caballero vence, Muerte le perdona la vida. Y Muerte acepta porque sí, le encanta una buena partida de ajedrez, una partida que veremos en tres o cuatros magníficas escenas y entre las que se desarrollarán las andanzas y pensamientos de todos los personajes.

Desde esta apuesta, como digo, la película empieza a desarrollarse entre los temores intelectuales del caballero y el “vive intensamente y deja vivir” de su escudero, todo un Sancho para un Quijote que se toma a sí mismo y a la vida demasiado en serio. Continúa con las visiones de la muerte y la podredumbre que la peste está causando por todo el mundo y el miedo que engendra la simple visión de los estériles penitentes (filmado con pulso maestro en un blanco y negro neutro que le va al pelo) y la alegría de una familia de actores de la que el caballero se contagia. Descubre así el temeroso pensador que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas: en la compañía, la amistad, la alegría y el amor, los peores enemigos de Muerte en la cabeza de los hombres. En sus andanzas, bajo diálogos de quitarse el sombrero con Muerte o con un sencillo pintor, el caballero ha aprendido en tres días de vida lo que toda una vida de reflexión no le ha enseñado. Y llega el último movimiento de la partida de ajedrez. Demasiado pronto, se da cuenta ahora. Aunque, ¿cuándo es demasiado tarde para hombre alguno? La partida termina, uno de los dos ganan. El caballero llega a casa. Y pasa lo que pasa.

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Por la película desfilan la Teodicea de Leibnitz, los Diálogos sobre la religión natural de Hume y el dilema de Epicuro sin enterarnos (el mal existe; si Dios quiere quitar el mal y no puede, no es omnipotente; si puede y no quiere, es malvado; si quiere y puede, ¿por qué existe el mal?, y si no puede ni quiere, ni es Dios ni merece adoración) y resuelve el tema de la ilusión del libre albedrío: la omnisciencia eterna de Dios sabe qué decisiones tomaremos (incluso las malas) y cuándo, cómo y por qué, antes incluso de ser creados. Sino, no es omnisciente. Y por eso todo castigo está de más. La libertad es una ilusión. El miedo, innecesario. Pero miedo es lo que inunda al hombre en los momentos amargos y finales de su vida y ante escenarios inventados en los libros sagrados y paganos sobre llamas eternas y castigos infinitos. El escudero y la familia de actores no saben nada de estas reflexiones, pero viven de la mejor manera posible siendo felices en amistad, amor y compañía (lo que más alegra la existencia de los hombres) como si lo supieran desde pequeños. El caballero lo aprende en sólo unos días tras toda una vida de creencias estudiando Teología. Todo esto no se cuenta, se desprende de los diálogos y de las imágenes.

Buscad un momento adecuado para verla. Y vedla.
Un 10 para un servidor.

Comentarios

  1. Iñigo

    Hola Aralan. No sé si leíste mi artículo sobre el elenco actoral de Bergman, pero ahí viene el video con la famosa secuencia del diálogo entre Antonius y La Muerte. Te lo recomiendo si te interesa.

  2. Áralan Aidir

    Leí tu magnífico artículo, Íñigo. Gracias por la recomendación de todas formas.
    La escena es que la vi unos días antes de hacer la crítica, porque esta película me la pongo de cuando en cuando por el placer de escuchar a gente hablando de estos temas con esta profundidad.
    Un saludo.

  3. Íñigo

    De nada, amigo.

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