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El secreto de Santa Victoria

Enrique Fernández Lópiz

Esta película se desarrolla en un pueblito del norte de Italia llamado Santa Victoria (de ahí el nombre del film). Se trata de un pueblo apacible donde apenas ocurren cosas de relevancia y que es famoso por sus deliciosos caldos. Cuando ya está por terminar la Segunda Guerra mundial y los alemanes se baten en retirada, sorpresivamente el pueblo recibe la visita de un batallón de alemanes que van en busca de su vino: ¡más de un millón de botellas! Pero tras la muerte de Mussolini y la caída del fascismo, el pueblo ha elegido un nuevo alcalde, Bombolini (Anthony Quinn), que se las ha de ver con el comandante en jefe de la tropa (Hardy Kruger), y a la vez con la beligerancia de su aguerrida mujer (Anna Magnani), para esconder el vino y convencer a los alemanes de que el tal vino no existe.

La verdad es que se agradece ver tras tantos años de su estreno películas como esta, cine simpático, de ambiente rural y cultura italiana que siempre tiene su vena cómica. El film está muy bien dirigido por un excelente Stanley Kramer (Adivina quién viene esta noche, 1968; El mundo está loco, loco, 1962 o ¿Vencedores o vencidos?, 1961); o sea, Kramer era ya un director consagrado con una obra importante a sus espaldas en este tiempo de 1969. La película goza, además de un dinámico y gracioso guión de William Rose y Ben Maddow, una sugerente música de Ernest Gold y la aceptable fotografía de Giuseppe Rotunno.

Punto y aparte merece el reparto con un superlativo y burlesco Anthony Quinn, alma de la cinta, a quien le acompaña con una estupenda interpretación en el papel de mujer italiana de pueblo, guerrera y enfrentada a los excesos alcohólicos de su marido, Anna Magnani; y no se queda atrás el joven militar germano en su papel casi conciliador (Hardy Kruger), que pretende seducir a otra grande del momento, la insinuante y bella Virna Lisi.

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Es una delicia ver este tipo de cintas que evocan, a pesar de estar realizada por norteamericanos, el espíritu alegre del buen cine italiano. En esta obra, Kramer hace un canto a la vida y al cómo, a pesar de los enfrentamientos propios de un pequeño pueblo, frente al invasor van todos a una como Fuenteovejuna, la unidad contra del dominador, donde los habitantes de Santa Victoria se confabulan en pos de la defensa de los intereses comunales. Hasta su nuevo alcalde, el borrachín Bombolini (Anthony Quinn), ante la responsabilidad reflexiona y se produce en él una transformación interior que se hará aún más manifiesta cuando ha de vérselas con el jefe de la tropa alemana. Por medio de una acción conjunta de todos los habitantes, una a una las botellas quedan a resguardo del expolio germano. En este sentido, podemos ver la excelente puesta en escena encarnada en una coreografía tipo ballet de todo el pueblo, que desde la parte alta del mismo hasta una antigua cueva, se van pasando de mano en mano de manera sincronizada cada una de más de un millón de botellas de vino que se utilizaba para elaborar el famoso Zinzano. La película es atractiva, no es desde luego la GRAN película, pero hay que reconocerle a Kramer y al guión la frescura y la alegría de una historia vital.

Como vengo apuntando, esta película no sería ni la mitad sin el versátil Anthony Quinn, que como es sabido, tanto hizo de griego bailarín en Zorba, como de Papa, de Zapata, de indio e incluso de galán en películas de amor. Es un actor con carisma, cuya única presencia ya aporta un enorme valor a cualquier película, y en este caso está a la altura de su fama. Y como decíamos, tenemos también a una Anna Magnani brillante como perfecto complemento.

Una entrañable comedia sin exabruptos de violencia o sexo, una obra que pone en valor el tipo de vida latino donde habiendo vino y comida todo está resuelto, dejando, con esta sencilla filosofía en ridículo a los sesudos y esforzados alemanes que en ningún momento atemorizan a los aldeanos con su maquinaria de guerra.

Es también una crítica a la guerra y a los fascismos, una película post bélica centrada en las personas, más allá de las glorias o la patria.

Película, al fin, muy agradable, para ver sin sobresaltos. Paisajes, trama, interpretaciones y diálogos de los cordiales borrachines habitantes del lugar. Y es que más importante que la guerra, la mujer, la humillación, más que el propio país o que invadan Europa, es el rico vino: ¡y que no falte!

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