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El retrato de Laura Hunt

Por Marcos Cañas Pelayo

Un mal cuadro puede poner de acuerdo a varios críticos. Sin embargo, una hermosa obra maestra genera discrepancias, incluso entre sus adoradores. Sin duda, hemos de adscribir el enigmático retrato de Laura Hunt a esta segunda categoría.

Estrenada en los estertores terribles de la II Guerra Mundial, este film de Otto Preminger esconde muchos misterios tras su elegante blanco y negro. No solo es un ejemplo perfecto de cine negro, tampoco la hábil explotación de una Gene Tierney en la cúspide de su belleza para encarnar a una chica bien, asesinada en misteriosas circunstancias; no, Laura es mucho más, un caso donde las apariencias, nunca mejor citado el tópico, engañan.

Un guión medido y tramposo al máximo, el cual pasó por muy diferentes manos, destacando la polémica con Ring Ladner Junior, quien nunca fue oficialmente acreditado por su buena labor en este rompecabezas de sospechosos habituales, amantes despechados y detectives enamorados hasta límites insanos de la difunta (motivo por el que muchos aficionados ven un apasionante paralelismo de esta pieza con la magistral Vértigo (1958).

Preminger jugó con varios aspectos para narrar una historia que podría ser material de cualquier pulp de la época, pero que aquí alcanzaba unas cotas de sofisticación difícilmente igualables. Unos traicioneros flashbacks en plano subjetivo de los testigos del asunto, lo cual reforzaba la sensación de que cada uno dibujaba a la hermosa Laura a su antojo. Laura es aquí, nuevamente, una especie de prólogo de otro excelente ejercicio de género: Testigo de cargo (1957).

La propia puesta en escena ya seduce por su incorrección y juegos de equívocos. El antagonismo mental y físico del rudo detective Mark McPherson (Dana Andrews) y Waldo Lydecker (Clifton Webb), antiguo protector de la muchacha y el responsable de su prosperidad en los círculos más elitistas la ciudad, invita a pensar a que no se está ante un misterio al uso. El personaje de Waldo sobresale como una mezcla de Truman Capote y un crítico artístico surgido de El Manantial (1949).

Webb, a pesar de sus excelentes dotes actorales, tuvo ciertos problemas en el casting del film, debido a la rumorología sobre su homosexualidad, algo que estuvo a punto de cerrarle las puertas de un papel que le hizo célebre, empezando por su magnífica voz en off introduciendo los dramáticos sucesos que se han desencadenado. Recomendable ver el documental El celuloide oculto (1995) para comprender cómo los secretos de alcoba podían poner en juego carreras cinematográficas y propiciar cazas de brujas.

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A partir de ese punto, el espectador es invitado a vivir 88 minutos traicioneros y sin freno, acompasados por una muy inspirada banda sonora de David Raksin. Casi sintiéndose cómplice del política interpretado por Andrews, el público va contagiándose de la fascinación por la víctima, tornada en aquellos famosos ojos verdes contra los que advertía Bécquer, un ideal imposible y que puede tornarse en malsano.

Así como acontece en El sueño eterno (1946), no estamos tan preocupados por seguir todo el hilo de las pesquisas como por escuchar a este mosaico de personalidades que son los protagonistas, gente astuta, traicionera e inteligente. Y ver a personas de esa calaña moviéndose por el escenario es siempre muy divertido. Por ejemplo, un joven Vincent Price, encargado de hacer del inútil y encantador playboy que se había prometido con “nuestra” Laura, quien parece esconder también varias calaveras en el armario de su casa de campo.

Junto con la omnipresente (incluso cuando no está en pantalla) presencia de Tierney, sobresale asimismo una espléndida Judith Anderson como la tía Ann, una de las pocas personas que tenía acceso a la verdadera vida privada de su familiar. Anderson no necesitaba ya presentación en el mundillo, entre otras razones, debido a su fantástica ama de llaves en Rebeca (1940), donde el maestro Hitchcok usaba sus diálogos con habilidad para sugerir un tema tabú en la gran pantalla como las relaciones lésbicas.

Todo ello podría, en fin, poner de acuerdo a la gran mayoría de transeúntes del museo para detenerse en el retrato de la señorita Hunt. De cualquier modo, Laura debe, quizá, lo principal de su magnético encanto a ciertos aspectos que escapan a los factores racionales, a la historia que se cuenta y a quién mató a quién. Basada en la novela original de Vera Caspary, Ladner, Samuel Hoffenstein, Betty Reinhardt y Jay Dratler adaptaron la pieza literaria para crear algo distinto y novedoso, quedando en el director vienés la ventaja de poder asestar su golpe maestro, el toque final que necesitaba el asunto, la coartada perfecta para mantener avivado el interés por un film de hace más de 50 años.

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Compartiendo devoción por los brazos de Morfeo con su prima-hermana La mujer del cuadro (1944), Laura presenta la ecléctica fusión de una ciudad que nunca duerme con la atmósfera de los relatos de Poe (tengan presenten La carta robada, muchas de las pistas que necesitan están esparcidas desde el principio), tamizado todo de un marco onírico que genera una gran duda acerca de la verdad de los que se está narrando.

La potente imagen de las reflexiones de McPherson y sus confesiones ante su anónima interlocutora pictórica dan un aire gótico al relato difícil de igualar, tanto que incluso la colección de cómics de terror, Drácula Lives, de la editorial Marvel se basó en esta puesta de escena para darle una nueva versión desde la ultra-tumba.

Si bien su delicioso blanco y negro logró una merecida estatuilla, supo a poco botín, merced a sus cinco nominaciones. No obstante, la siempre cruel carrera del tiempo ha sido benigna con esta aproximación de Preminger al mundo de la investigación que alternaba los bajos fondos con la alta sociedad. De hecho, volvería a hacer una prueba parecida en un entorno más rural en la estupenda Anatomía de un asesinato (1959), aunque el cineasta mostraría en su larga trayectoria una inacabable versatilidad para ser una garantía de crítica y público en cualquier estilo de film.

Fiel a su aroma de falsas promesas, con el tiempo irían saliendo nuevos secretos del argumento a la luz, especialmente en ciertas alteraciones del final y la relación entre dos de los personajes más importantes de esta procesión de cuasi culpables. En obligada cortesía con aquellas personas afortunadas que aún tengan la suerte de tenerla pendiente, resulta conveniente colocar un tupido velo sobre el famoso desenlace y las descabelladas (algunas de ellas, otras no tanto) teorías que propicia el recuerdo de una pintura que parece ser el reverso del de Dorian Gray: mantenerse incólume y hermoso, mientras su atractiva propietaria es disparada a sangre fría.

Tantas noches han transcurrido para ver que Pigmalión y su mito afrodisíaco no han perdido ni un ápice de su vigencia, en ese insaciable deseo de la búsqueda de una felicidad traicionera, imposible e irresistible.

Comentarios

  1. Mi película de cine negro favorita. La cantidad de giros que pega el guión y la impresionante fotografía en B/N hacen de “Laura” una auténtica obra maestra. La vi hace tiempo pero recuerdo un guión enrevesado -pero fácil de entender- y una dirección con brillantes planos jugando con la sombras.

    Imprescindible para todo cinéfilo.

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