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El psicópata absurdo

Por Mª José Toledo

Todos hemos oído hablar de los yuppies, pero ¿sabemos qué son? El nombre puede que nos suene a hippie, de quienes copian el sufijo, y nos recuerde a gente rica con traje y corbata, aunque quizá no sepamos que en realidad se trata del acrónimo para «Young Urban Professional». A principios de los ochenta, a raíz de un artículo periodístico, el término yuppie invadió la sociedad estadounidense y traspasó sus fronteras definiendo a una elegante tribu de jóvenes de ciudad altamente cualificados que llevaban sobre sus hombros, aparte de bonitos abrigos Armani, la economía de un país. El escritor Bret Easton Ellis, referente indiscutible de la llamada Generación X literaria, tenía veintisiete años cuando en 1991 publicó lo que sería su tercera y más representativa novela inspirándose en el mundo de los nunca pasados de moda yuppies: American Psycho.

La directora Mary Harron la adaptó a la gran pantalla en 2000 y su escaso éxito de crítica y público no ha impedido que hoy por hoy se considere una película de culto. Así, American Psycho cuenta de partida con un halo extraño y maldito que le sienta como un guante. La normalidad no encaja en las paredes mentales de esta sátira del más crudo narcisismo en torno a una sociedad que se presenta despreciable, indecentemente materialista e incompetente. Es posible que Ellis conociera bien la vida de yuppies que describe, pero pongo en duda que él mismo se tome en serio esta caricatura burlona que parece más el fruto de una obsesión fija personal que de un análisis objetivo de la realidad. Porque puedo creerme que un ejecutivo de Wall Street consuma cocaína, sea un vago y no conozca a quienes trabajan con él, pero no me resulta creíble que todos repitan el mismo patrón. No hay matices psicológicos ni ideológicos en esta historia: los yuppies que aparecen, sin excepción, son tan ricos como inmaduros, tan superfluos como atractivos; no hay gordos, feos, contestatarios o mal vestidos, aunque solo sea de forma mínima y puntual. Clones sin luces, solo con sombras. Un retrato comedido sería menos gracioso, de acuerdo, pero también más trasgresor al hacer surgir las miserias humanas de lo cotidiano, de lo inesperado. En cambio, viendo la ridiculez de las élites de American Psycho casi nos preguntamos cómo no están todos locos, porque esa vida no hay quien la aguante. Un caldo de cultivo ideal para el nacimiento de un psicópata.

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Recuerda este nombre y no olvides su rostro: Patrick Bateman. Inconfundible. Lo mejor de American Psycho es su exagerado personaje protagonista, el único personaje de interés en la trama. Quienes figuran a su alrededor son un mero relleno que sirve para darle la réplica a un Christian Bale endiosado y reconvertido en adonis que nos mueve a la risa antes que al miedo. Es la psicopatía llevada al absurdo: matar por una reserva en el Dorsia o por una tarjeta de visita. Como si su única vía de escape a la frustración y su forma de distinguirse del resto de clones fuese el crimen, Patrick Bateman tortura y sierra mientras habla del grupo Huey Lewis and the News y se fuma un puro en el sofá. Su indiferencia abraza el surrealismo. Bale entiende a la perfección el humor negro que predomina en la película y consigue el sobresaliente como yuppie de entre yuppies que marca estilo con sus deportivas Ralph Lauren y su rostro lleno de sangre. Sordidez y simpatía para un icono de demencia, títere de ese enterrado ello humano y macho alfa contradictorio e infantil del que descubriremos llegado el momento que no es exactamente el tipo de hombre que nos quieren hacer creer. ¿O sí?

El guión trata de jugar con esa idea de apariencias, fantasías y hechos pero no crea ni una pizca de intriga y no te deje ninguna pista o alternativa sobre la constante dualidad de la historia así que, pensándolo bien, el golpe de efecto final no aporta gran cosa al argumento ni es clave para entender lo que habíamos visto hasta entonces. Solo produce asombro y una probable incoherencia. De no incluirse ese giro de guión la película no cambiaría lo más mínimo y el comportamiento de Patrick Bateman se demostraría igual de enfermo o no enfermo, júzgalo tú mismo. Eso sí, es de agradecer que se omitan los detalles escabrosos de las peripecias de Patrick: casi nada de gore y algo de sexo más esperpéntico que escandaloso.

Inesperada y atípica comedia negra con estructura de thriller de sofisticado continente e irregular contenido, American Psycho merece un visionado por su excelente banda sonora y sus comentarios musicales y por un brillante Christian Bale con un brillante Patrick Bateman que hará que no volvamos a escuchar de la misma forma la discografía de Phil Collins. Grande.

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