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El prisionero del profundo sur

Por Pedro Triguero-Lizana

La última película dirigida por el británico Steve McQueen, 12 años de esclavitud (12 Years a Slave, 2013), se basa en hechos reales, concretamente en la odisea de Solomon Northup, un hombre negro que en 1841, viviendo como hombre libre en el estado de Nueva York, fue secuestrado y conducido al Sur, a los estados esclavistas donde fue vendido como un esclavo más hasta que doce años después pudo recuperar la libertad perdida, volver al Norte y regresar con su mujer e hijos.

McQueen tiene que emplear en este largometraje bastantes pies forzados, más de los que pueden parecer en un principio; en primer lugar el biopic, el ambiente sureño, la reconstrucción histórica. La película aborda, a través de la visión indignada de un hombre libre hecho prisionero -e integrado- a la fuerza, en un engranaje de pesadilla, la esclavitud de la población de raza negra en el sur de los Estados Unidos a mediados del siglo XIX. Y, dentro de ese marco histórico y geográfico, se nos describen las condiciones de vida, la rutina, el trabajo, las estrategias de supervivencia, las mentalidades, tanto de los negros como de los blancos. La mirada asombrada, incrédula y horrorizada del protagonista es la misma mirada del espectador, porque tanto Chiwetel Ejiofor, que interpreta al protagonista (Solomon Northup), como el espectador (siendo ajenos en un principio a ese mundo de horror) son obligados a entrar en él, a recorrerlo y a sufrirlo. Extranjero en su propio país, Northup realiza un viaje al horror, al dolor y al sufrimiento; a una prisión de miles de kilómetros cuadrados, cercana y lejana al mismo tiempo.

El cine y la TV estadounidenses ya han efectuado anteriores viajes a ese horror de la esclavitud en el Sur; pensemos en Mandingo (Mandingo, 1975) de Richard Fleischer, en un hito de la televisión como la serie Raíces (Roots, 1977-1979) o, más recientemente, en un film tan enérgico como Django desencadenado (Django Unchained, 2012) de Quentin Tarantino. Es interesante comparar el film de Tarantino con el de McQueen porque estos dos títulos, siendo coetáneos, abordan el tema del esclavismo de diferente manera, el de Tarantino de un modo más apasionado, desde el juego con el lenguaje y los géneros; el de McQueen,  de un modo más frío, desde la descripción minuciosa de un contexto. Ambos filmes, sin embargo insisten, desde un punto de vista muy contemporáneo, en el esclavismo y las oposiciones a este sistema económico-social, como una batalla ética entre el bien y el mal.

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En una lectura más profunda es evidente que McQueen emplea el tema de su nueva obra como quien usa un pie forzado para adaptarse al mismo, adaptándolo, al mismo tiempo, a sus propias preocupaciones como cineasta. Así, no es difícil ver en la vida de prisionero del personaje de Ejiofor, en su angustia, el eco de otros enclaustramientos -físicos o mentales- previamente descritos en filmes como Hunger (2008) o Shame (2011). McQueen se recrea en la angustia, la sordidez, la crueldad y el dolor, no tanto por sí mismos como por llegar a través de estos elementos temáticos a una cierta verdad, no muy optimista, sobre la condición humana. La secuencia -sobrecogedora- en la que Ejiofor se salva de la horca en el último momento y permanece con la soga al cuello, y con los pies tocando tierra, durante todo un día mientras la vida cotidiana prosigue a su alrededor, es muy significativa del estilo del film, en tanto que une la indignación ética con la frialdad expositiva más absoluta. Sólo exponiéndonos totalmente a la contemplación del horror podemos acercarnos a una determinada verdad y posicionarnos frente a ella. Es más, sólo arriesgándose a hacer un cine incómodo y duro, es como McQueen puede dejar huella en el espectador. Hacer cine sin concesiones. Pero, ¿cuántos cineastas pueden permitirse eso, hoy día?

Pero, seguramente ─y he aquí el problema para una representación audiovisual de masas como el cine─  la descripción pormenorizada de la vida del esclavo haría de una reconstrucción histórica absolutamente documentada una insoportable película de terror. El relato se ha de clausurar, por tanto, con una salida, con una solución. De ahí el discurso abolicionista del personaje de Brad Pitt, de ahí el final feliz. Antes hemos hablado de un cine duro, sin concesiones. ¿Las hay cuando se narra una historia verídica que, por suerte, acabó bien? Sí, pero son las mínimas. ¿Las hay cuando el film de McQueen hace hincapié, como es obvio, en un tema obsesivo en el cine estadounidense reciente, como es el de la familia en peligro, desunida, separada? Sí, también, y en ese sentido, el papel de Chiwetel Ejiofor se relaciona con el que este mismo actor desempeñaba en 2012 (2012, 2009), de Roland Emmerich. Si no son concesiones, llámense entonces pies forzados, que encadenan ─y no por esclavitud, sino por dinero─ a tantos directores y guionistas que trabajan en Hollywood.

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