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El precio de la libertad

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta película, Camino a la libertad, me ha dejado una honda huella; incluso me tuvo pensando el día que la vi hasta avanzada la noche. Sobre todo por cuanto me pareció una acertada metáfora de la decidida voluntad y esfuerzo que hay que poner para conseguir la libertad. La historia que narra al parecer está basada en hechos reales, es una adaptación de la obra autobiográfica de Slavomir Rawicz:The Long k: The True Story of a TrektoFreedom.

Como digo, esta película nos habla de titánico esfuerzo que hay que hacer en determinadas circunstancias para conseguir levantar el vuelo hacia la independencia. El protagonista va narrando en primera persona, la terrible experiencia que vivió tras la invasión de Polonia por los alemanes en los inicios de la II Gran Guerra; y posteriormente, en el frente oriental, la ocupación por el ejército de la URSS. Fue hecho prisionero por los soviéticos, y ocurrió que su esposa, sometida a torturas, acabó denunciándolo como poco adepto al régimen estalinista, lo cual lo llevaría a los terribles campos de trabajo en Siberia. Allí, de las primeras cosas que les al grupo en el que se encontraba fue: Vuestra cárcel no serán nuestros grilletes ni alambradas, sino Siberia.

Tras pensarse bien la cosa y planificarla, con gran arrojo y en condiciones climatológicas de menos treinta grados y sin apenas comida, logra escapar del gulag en 1940 junto a otros presos. Esta proeza épica llevará, a los supervivientes, a arribar a pie, atravesando Siberia, el Himalaya, el desierto del Gobi y cruzando el Tíbet, hasta acabar en la India. Para ello pasaron por todo tipo de penalidades y no todos sobrevivieron. Es al parecer una de las fugas pedestres más largas e inverosímiles que se recuerdan.

Aunque parece que hay quien pone en cuestión la veracidad del relato, sin embargo el film tiene una gran fuerza, y resulta impresionante en un doble plano. De un lado la feroz crítica a los comunismos, especialmente la era del sátrapa Stalin; y en segundo término, el ansia de libertad que en todo ser humano anida y que necesita volar por encima de todo.

Es un film dirigido con excelencia por el australiano Peter Weir, un director con obras importantes en su haber como: El año que vivimos peligrosamente, 1983; Único testigo, 1985; El club de los poetas muertos, 1989; El show de Truman, 1998; o Master & Commander, 2003. Weir valora las imágenes sobre todo, las cuales propone sin imponer; y sabe igualmente traducir la historia en planos diferenciados. Si Weir logra crear una historia desgarradora y épica en este film, el guión del propio Weir y Keith R. Clarke basado en el libro de Slavomir Rawicz está muy bien trabado, quizá algo largo el metraje. Buena música de Burkhard von Dallwitz y excelente fotografía de Russell Boyd.

El reparto es de lujo, con actores de primer orden que interpretan a coro perfectamente el grupo de huidos del campo de concentración. Así, Jim Sturges (estupendo), Ed Harris (sabe sufrir mejor que nadie en el film), Colin Farrel (excelente), y les acompañan Saoirse Ronan, Dragos Bucur, Gustaf Skarsgård, Alexandru Potocean, Mark Strong y Sebastian Urzenwsky.

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Esta historia desgarradora no parece haber sido muy taquillera, pero es fruto de un Weir talentoso que tiñe de dramatismo y angustia el film, y eso a pesar de los fallos, que tenerlos los tiene.

Es un film de evasión, y también panorámico, con paisajes la mayoría de las veces desasosegantes y hostiles. Pero no olvida los primeros planos de rostros macerados por el frío, llagas en los pies o heridas en rostros sufrientes. No en vano fue nominada en 2010 al Oscar al mejor maquillaje.

Es pura supervivencia contra los elementos lo que que dibuja el film con gran precisión, y el ansia de volar -como decía la vieja canción de Nino Bravo. La permanente batalla por llegar a una meta que no sea la subordinación o el sometimiento. Y todo ello traslada en el espectador sensible sentimientos de heroísmo y a la vez de terror.

Entre los dos comentarios más negativos que creo debo hacer es, el primero, que Weir ha compuesto una obra que, a pesar de narrar un episodio ejemplar de lucha por la vida, no emociona lo que habría sido de desear. Y el segundo, que ya apunté antes es la excesiva duración. Los 130 minutos se hacen en exceso largos, tanto que quien ve la película, a partir del minuto 90 ya desea que lleguen a su lugar, pero más producto del cansancio que de la trama en sí.

Sin embargo el film es de una integridad sobrecogedora, con el rostro demacrado y casi moribundo de Ed Harris, las fatigosas caminatas, la acuciante sed y el miedo a morir en el fin del mundo. Como escribe Marín: Con un reparto de primera y una producción a la altura, el cineasta australiano toma decisiones de riesgo: prescinde de la herencia Solzhenitsyn y hasta de los planes de escapada que habría adornado Hollywood y se centra en la peripecia personal de un pequeño grupo de supervivientes, en los límites de la resistencia y en la solidaridad de la que es capaz el ser humano asomado al abismo de lo imaginable.”

En conclusión, a mí me ha gustado y sobrecogido. Me ha recordado la conocida canción de Nino Bravo, inspirada en otro terrible crimen del régimen comunista, el de la Alemania Oriental gobernada por el Sozialistische Einheitspartei Deutschlands, SED. La canción ensalza y recuerda la valentía de un ciudadano que intentó sin éxito atravesar el muro de Berlín, cayendo abatido por las balas del criminal Walter Ulbritch quien a la sazón gobernaba el país. Parece mentira cuan ciegos estuvimos creyendo los occidentales de aquellos entonces que el comunismo sería una solución, cuando tantos millones de personas ha aniquilado sobre la faz de esta tierra. Quiero entonces acabar con esta canción de Bravo a alguien que, como en el film, ansiaba la libertad.

Corría el año 1962 cuando el recién estrenado muro de Berlín se cobraría la primera víctima, probablemente la más notoria. Peter Fechterera era un obrero de 18 años de la construcción que un día intentó escapar de la República Democrática Alemana junto con su amigo Helmut Kulbeik. Habían trazado un plan. Pero su aventura no tuvo un final feliz para Fechter, que fue abatido por los guardias fronterizos cuando trataba de escalar la pared; quedó gritando y desangrándose durante una hora sin recibir ayudade nadie. Después de la reunificación alemana, se construyó un monumento en su honor y el de las otras 270 personas que murieron en el intento de buscar su libertad. La letra de la conocida canción, compuesta por José Luis Armenteros y Pablo Herreros, dice así.

Libre

Tiene casi veinte años y ya está 
cansado de soñar, 
pero tras la cementera está su hogar, 
su mundo, su ciudad. 
Piensa que la alambrada sólo es 
un trozo de metal, 
algo que nunca puede detener 
sus ansias de volar. 

Libre, 
como el sol cuando amanece, 
yo soy libre como el mar… 
… como el ave que escapó de su prisión 
y puede, al fin, volar… 
… como el viento que recoge mi lamento 
y mi pesar, 
camino sin cesar 
detrás de la verdad 
y sabré lo que es al fin, la libertad. 

Con su amor por montera se marchó 
cantando una canción, 
marchaba tan feliz que escuchó 
la voz que le llamó, 
y tendido en el suelo se quedó 
sonriendo y sin hablar, 
sobre su pecho flores carmesí, 
brotaban sin cesar… 

Libre, 
como el sol cuando amanece, 
yo soy libre como el mar… 
… como el ave que escapó de su prisión 
y puede, al fin, volar… 
… como el viento que recoge mi lamento 
y mi pesar, 
camino sin cesar 
detrás de la verdad 
y sabré lo que es al fin, la libertad.

(Canción que interpretó Nino Bravo con gran éxito en 1972)

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=MsXr25Gv56o.

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