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El Odio, hasta ahora todo va bien

Por Íñigo Bolao

El cine francés siempre ha recibido todo tipo de comentarios y de consideraciones. Mucha gente lo considera demasiado pretencioso (y tienen razón); otros que puede parecer muy artificial (y también la tienen); incluso se ha llegado a insistir en su carácter polémico en momentos determinados, lo cual sucedió con El último tango en Paris (1972) de Bernardo Bertolucci, por poner un ejemplo. Cada cine tiene sus inconvenientes.

Pero también el cine francés presenta una cualidad que sorprende y engancha: su imprevisibilidad. Cuando menos te lo esperas se estrena una película que, de la noche a la mañana, acaba por revolucionarlo todo. En esas ocasiones se acaban convirtiendo en un éxito de crítica y de público. Todo esto sucedió con Los cuatrocientos golpes (1959) de François Truffaut, con Al final de la escapada (1960) del tío Jean-Luc Godard, o incluso con Adiós muchachos (1987) de Louis Malle o con Amélie (2001) de Jean-Pierre Jeunet.

Una de esas películas o, si se me permite decirlo, peliculones, es El odio (1995), de Mathieu Kassovitz. Considerada como una de las mejores películas francesas de la década de 1990, recibió el premio del festival de Cannes al mejor director y ganó tres premios César, entre ellos el de Mejor Película.

El argumento: tres jóvenes hijos de inmigrantes –Vinz (Vincent Cassel), Hubert (Hubert Koundé) y Saïd (Saïd Taghmaoui)- residentes en un barrio marginal en las afueras de París, en los denominados banlieues, son testigos de una redada policial en la que un amigo suyo, Abdel, ha sido hospitalizado tras haber recibido heridas graves. Esos tres jóvenes deciden vengar a su amigo, pero no saben cuándo ni dónde. Durante su paseo por la ciudad de París mantienen un pulso por contener su odio o liberarlo, descubriendo lugares en los que no hay nada más que conflicto y falta de entendimiento entre unas personas y otras.

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Evidentemente, el film es la obra cumbre de su realizador, el cineasta y actor Mathieu Kassovitz (3-8-1967), hijo del director de origen judío Pierre Kassovitz. Buena parte de su obra está centrada en los prejuicios y conflictos raciales, tanto en sus primeros cortometrajes (Fierrot le Pou, 1990, por ejemplo) o en su conocida película policíaca Los ríos de color púrpura (2000) sobre los experimentos de perfeccionamiento de la raza en una universidad.

Se podría decir que la película El odio fue estrenada en el mejor momento posible en su país. En los últimos momentos del gobierno socialista de François Mitterand y habiendo aumentado la criminalidad y la inseguridad ciudadanas en Francia, hubo más temor hacia la llegada de inmigrantes y hacia personas de otras razas, lo que supuso que el Frente Popular de Jean-Marie Le Pen obtuviese una victoria electoral sonada, habiendo una reacción unánime y dura entre los sectores más conservadores hacia los residentes de los barrios marginales.

Por otra parte, las condiciones de la población de los banlieues empeoraron tanto que las protestas en las grandes ciudades francesas se incrementaron, siendo reprimidas constantemente por los CRS, los antidisturbios tan criticados por los jóvenes parisienses del Mayo del 68. Así que el film apareció en un momento en el que la inquietud ciudadana de aquel país no se podía dejar fuera de la cámara.

También es una película pionera al retratar el mundo que los franceses denominan beur o árabe, sobre los inmigrantes afincados en Francia, concretamente de origen magrebí. El odio fue el precedente de otras películas de este género o categoría, entre ellas El señor Ibrahim y las flores del Corán (2003) de François Dupeyron, la terrible –como no podía ser de otra manera tratándose de él- Caché (2005) de Michael Haneke, o Un profeta (2009) de Jacques Audiard. Había un filo que no había sido explotado lo suficiente y el denominado cinéma beur ha cumplido con ello.

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No obstante, Kassovitz no se quedó sólo en una interpretación maniquea. Ante todo, El odio, con una fotografía adecuada en blanco y negro para la historia, es una película que trata sobre la falta de entendimiento en nuestro mundo occidental y, lógicamente, no sería la única película en mostrarlo. Caminamos siempre con Vinz, Hubert y Saïd. Nos muestran su barrio, sus inquietudes y sus deseos más profundos; a Vinz le gustaría ser como Robert De Niro en Taxi Driver (1976); a Hubert, ser un boxeador profesional; y Saïd simplemente cerrar los ojos ante todo lo que le rodea.
Nosotros, como espectadores, empatizamos con ellos, pero no los llegamos a conocer del todo. Deseamos que no se venguen, pero la vida, que a veces es muy puñetera, les obliga a ello. Su vida queda expresada en la broma de la película: “Esta es la historia de un hombre que cae por un edificio de cincuenta pisos. Mientras cae se dice: “Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien. Hasta ahora todo va bien”. La moraleja es que no importa la caída, sino el aterrizaje”.

El “aterrizaje” sería el tema recurrente de muchas películas de la década de 1990, ante todo por el miedo que existía ante el cambio de milenio y el fin del mundo. Pero eso es otra historia, y de momento cabría decir que Kassovitz arriesgó y dio en el clavo con su película. El cine francés entró en un nuevo rumbo y la problemática social volvió a ser un tema central utilizado por muchos cineastas.

El odio es, en definitiva, la muestra palpable de que, si hay que mostrar la verdad, hay que hacerlo sin ser maniqueo. Pero también de que la realidad siempre es más compleja de lo que parece. De momento todo va bien, pero siempre anida el odio y la incomprensión en cualquier rincón del corazón y del alma, a punto de estallar.

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Comentarios

  1. Sara Márquez

    Interesante aproximación, Iñigo, a una película realmente especial.

  2. Íñigo

    Gracias Sara. Todo consiste en conocer el contexto en el que se hizo la película.

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