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El negativo de un juicio y una lección de Psicología

Por Enrique Fernández Lópiz

En Doce hombres sin piedad, los miembros de un jurado en EE.UU. deben juzgar a un adolescente acusado de parricidio. Al principio del film, once de los doce componentes del jurado están decididos a condenar al convicto a pena de muerte. Pero uno de sus miembros, quizá el principal protagonista, Henry Fonda, manifiesta sus dudas sobre el caso y decide defender la inocencia del muchacho. A partir de ahí intenta convencer a los otros miembros del tribunal sobre la complejidad del asunto en el juicio, los errores de la defensa y, pues, la previsible inocencia del presunto asesino.

Es una película de calado, de envergadura, una genial dirección de actores de parte de Sydney Lumet, que consigue, en un ambiente asfixiante de calor y claustrofóbico social y físicamente, meternos dentro del corazón y la mente de hombres muy diversos que constantemente se enfrentan con modales de enfado y rabia (en realidad la película originalmente se titula Doce hombres enfadados: (Twelve Angry Men) pugnando por sus propias valoraciones sobre el caso, lo que suscita las más interesantes pero también peregrinas valoraciones. Todo ello en un ambiente que Lumet hace irrespirable entre gestos crispados e íntimas angustias.

Si la dirección de Lumet es fantástica, no menos lo son el gran guión de Reginald Rose, un guión que aborda el comportamiento humano en su más pura esencia; la magnífica la música de Kenyon Hopkins; y la fotografía en blanco y negro de Boris Kaufman que hace refulgir la angosta habitación donde están reunidos los doce hombres.

El reparto es tal vez, junto con Lumet, el segundo gran valor del film. Actores todos de primera magnitud como un Henry Fonda genial, que se sale; Lee J. Jacob estupendo; Jack Warden sembrado; E.G. Marshall muy bien; Martin Balsam, gran actor; Ed Begley convincente; John Fiedler genial; Robert Weber en su sitio; Jack Klugman ídem; George Voskovec de gran calidad; Joseph Sweeney bueno; Edward Binns magistral; Billy Nelson acompañando a la perfección; John Savora no va más; Rudy Bond perfecto; y James Kelly en plenitud. Lumet sabe manejar los hilos de las actuaciones a la perfección.

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Doce hombres sin piedad es, como su título indica, una grandiosa interpretación coral de doce actores metidos en una habitación dirimiendo sobre la culpabilidad de un convicto. El espectador no ha presenciado el juicio, pues la película se inicia prácticamente con el final del mismo y el comienzo de las deliberaciones del jurado. Y en la habitación donde están los doce hombres (ninguna mujer en toda la película), se va haciendo un repaso de ese juicio, una disección del mismo, de modo que al final es como si lo hubiéramos presenciado, pero en diferido. Esta película es, por así decirlo, el negativo del juicio.

En 1957 este film mereció los siguientes Premios y nominaciones. 3 nominaciones al Oscar: Mejor película, director, guión adaptado. Globos de Oro: 4 nominaciones, incluyendo mejor película drama, director y actor. BAFTA: mejor actor extranjero (Henry Fonda). Nominada a la mejor película. Festival de Berlín: Oso de Oro, Premio OCIC. Círculo de Críticos de Nueva York: 2 Nominaciones. Yo creo que habría merecido más, bastante más.

Tal vez no fue más premiada porque la cinta quizá peca un tanto de teatralidad, pero la dirección de Lumet y el elenco de excelentes actores en perfecta armonía interpretativa, diluyen este presunto inconveniente, haciendo del film toda una lección psicológica sobre la naturaleza humana, sus filias, sus fobias, los prejuicios omnipresentes, el egoísmo, la irracionalidad, las fluctuaciones en el ánimo y en las opiniones de los personajes, la persuasión, la parcialidad, la vida personal de algunos de los miembros de este singular grupo.

En esta película se masca la tensión, el vibrante y tenso ambiente proveniente de personalidades diferentes, de los conflictos que cada cual aporta al escenario del jurado, los diálogos que a veces son pura dinamita. Por lo tanto, más que por la acción, la tensión proviene de los intercambios verbales y del lenguaje corporal de sus protagonistas. Y es que en la sala hay de todo tipo de plumaje humano. Lo hay bien educado, lo hay inocentón, iracundo, con escaso autocontrol, soberbio y prepotente, hay uno de ellos con una infancia en los suburbios, lo hay inhibido, o cretino, con capacidad de razonamiento, prejuicioso, experimentado, humilde, frívolo ¡Hay de todo!

Y todos están magníficos en sus roles anónimos, en esta especie de oposición más que diálogo por alcanzar un veredicto consensuado y unánime como exige la Ley. Una obra donde más que el convicto se juzga la intransigencia, los prejuicios de todo tipo (étnicos, generacionales y los de clase social). Y cuán difícil es ver en estos hombres enojados y con estas lacras, lo que más falta hace para juzgar: la sencillez y la racionalidad, la honestidad y el equilibrio personal expresado a través de la entereza, el diálogo y la capacidad de comunicación. Pues se está dirimiendo la vida de un hombre; no se puede anteponer una entrada para un espectáculo, acabar pronto o querer marcharse rápido frente a esta sublime responsabilidad.

Y no hemos de olvidar el cariz ideológico de Lumet, un hombre de todo punto biofílico (según la denominación de Fromm, o sea, una persona a favor de la vida), contra la pena de muerte y una virulenta y cáustica crítica al sistema judicial norteamericano. Una película que por todas estas razones sigue teniendo aun hoy día un gran impacto en el espectador, que sin duda no saldrá del film igual que entró.

En fin, si tú quieres aprender Psicología en 95 minutos, nada mejor que ver este magnífico drama judicial que obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín de 1957. La película es una especie de cóctel perspicaz, sutil, fascinante y genial cuyo resultado es una obra maestra.

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