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El monstruo insondable del mal y la guerra

Por Enrique Fernández Lópiz

Incierta gloria es una película que habla sobre el terrible fenómeno de cómo, en nuestra Guerra Civil, quizá peor que en otras porque fue entre hermanos, no hacía falta estar en un medio de bombas o disparos a discreción, en pleno frente, para sufrir la desolación moral o vivir los sentimientos más disparatados y los episodios más dolorosos e incluso sórdidos. Pues todo este rosario de sufrimiento y desolación se hace patente, en esta película, en un frente de la retaguardia, en zona rural aragonesa en estado de barbecho, donde no hay movimiento bélico, pero a donde llegan a modo de radiaciones malignas, las secuelas de una reyerta loca y fratricida que provoca otro tipo de batallas más personales, más íntimas y psicológicas, enfrentamientos incluso con uno mismo: locura colectiva, suicidio moral; un espacio donde “la guerra late como un telón de fondo o síntoma de una atmósfera amenazante” (Bermejo). Por lo tanto, ésta no es stricto sensu una película de guerra, sino de los fantasmas que la habitan.

Se sitúa el film en el año 1937, en el frente del Ebro, zona republicana, plena Guerra Civil española, cuando llega un joven abogado reconvertido a oficial, Lluís, que es destinado a una posición tranquila y a la espera de acontecimientos; a un páramo del Aragón profundo. En el pueblo donde se sitúa su pelotón, conoce a una enigmática viuda de la que se enamora y por la que siente una irresistible atracción. Pero él tiene mujer e hijo, amén de un amigo nihilista y extravagante enamorado de su pareja y que, además, busca la muerte ante tanto desengaño y tanta decadencia y barbarie.

El director mallorquín Agustí Villaronga sigue siendo un autor de culto, muy personal, complejo y al margen de las convenciones. En esta obra insiste en su estilo de dibujar espíritus ennegrecidos en clave visual-poética, con una trama dramática que sabe manejar muy bien, dibujando la vileza (defensiva) de algunos personajes y construyendo un relato muy bien elaborado con planos frontales para marcar las contiendas. Villaronga hace una puesta en escena cargada de simbolismo, con personajes como la “viuda negra que no es sino la propia España […] ha compuesto una gran película sobre la Guerra Civil. Pero no sólo. También sobre nuestros demonios más encarnizados, los que afectan no a la mente sino a las tripas, a nuestro inexplicable y siniestro sentido de la crueldad” (Ocaña). Y por supuesto, aparecen las causas de aquella trágica guerra: las diferencias sociales, el enfrentamiento de clases, o el poder que abusa de los más pobres y menesterosos. Como escribe Bellón: “Villaronga parece haberse mudado de la calle del desasosiego a la plaza de la desazón. En todo caso, la muerte siempre asoma en algún callejón”. Además, el director mallorquín puebla su película de personajes que resultan muy creíbles, personajes complejos y como ahora diré, muy bien interpretados.

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Conduce la película un guion del propio VillarongaCoral Cruz, fruto de una excelente adaptación al cine de la novela que da título al film, de Joan Sales, publicada en 1956 por vez primera, que tuvo ediciones sucesivas hasta su definitiva versión de 1971 (esta última ampliación llevó por título Últimas noticias y posteriormente sería presentada como novela independiente de título El viento de la noche). Ocurre que el escritor Sales combatió como oficial republicano durante la guerra, lo que le da un conocimiento sobre el tema de primera mano. La historia narra sin tomar partido o caer en el maniqueísmo, sin discursos políticos ni manifiestos, sobre la versión que de la guerra aportan tres amigos en el bando republicano; los dos hombres jóvenes, personalidades muy diferentes y ambos enamorados de la misma mujer. El guión resulta medido y ceñido a la sustancia que es el mal que la guerra planta en los corazones de quienes la padecen, unido a ambientes atrasados de pueblos donde el rumor y la calumnia campan por sus fueros. “Las tramas se multiplican como los hilos de un culebrón abigarrado de reflejos asimétricos, ganando en intensidad hasta perfilarse como un aquelarre en el que todos pierden” (Bermejo).

La banda sonora de Marcús JGR es arriesgada, muy moderna y realmente llamativa a la vez que inquietante, acompañando muy bien la trama y las imágenes; la puedes escuchar aquí. Fotografía en tono ocre y excelente de Josep M. Civit. Y un buen empleo de los decorados para trasladar las ideas y emociones al espectador con trincheras angostas y claustrofóbicas, casonas sin mobiliario ni ornamentación; y en cuanto a exteriores, una geografía pedregosa y esteparia.

El reparto tiene un plantel redondo de intérpretes, alejado de lo habitual, en el que de manera especial destacan Nuria Prims, grande en su madurez tras una ausencia prolongada del cine en el papel protagonista de la tremenda Carlana, “mujer araña que teje con paciencia su hilo estratégico y atrapa a todo aquel que puede servirla para progresar” (Quim Casas). Marcel Borràs, que interpreta a las mil maravillas al abogado y teniente Lluís de Brocá, un hombre internamente derrumbado y conducido por la pasión. Y un soberbio Oriol Pla, en el rol del amigo nihilista Juli Soleras, personaje que busca desesperadamente la muerte. Ello sin desmerecer grandes interpretaciones como las de Luisa Gavasa, genial como la tía Olegaria; Terele Pávez, estupenda como la molinera; Juan Diego, actuación breve pero sustanciosa como padre de la Carlana; un recuperado Fernando Esteso, increíblemente bien como el molinero. Y siguiendo, Bruno Bergonzini, Mario Alberto Díez, David Bagés, Jorge Usón, Roger Casamajor y Rubén Jiménez Sanz. Los personajes de esta película aparecen confusos bajo el peso de sus deseos y poco a poco van traicionando sus propias certezas; salvo el personaje de Trini, que sigue fiel a sus convicciones como ácrata idealista (aunque asiste clandestinamente a misa), la mujer de Lluís, gran interpretación de la barcelonesa y promesa de nuestro cine, Bruna Cusi. Todos hacen un trabajo coral muy meritorio y que quizá dé que hablar en los futuros Premios Goya.

Repleta de imágenes poderosas, Villaronga pone en escena con simbólico y lírico sentido, la impactante estampa de una viuda negra que viene a encarnar aquella España cainita del treinta y siete: cruel, capaz de cualquier cosa para conseguir sus objetivos económicos y de poder, de bailar con unos y con otros, incluso de mandar a asesinar a su propio padre, un hombre maltratador y alcohólico. De forma que la guerra que trata la historia es más personal, pasional y ética que de armas o pólvora real. Villaronga piensa que en cada ser humano puede anidar un verdadero monstruo, un lado oscuro e insondable. Por eso en la pantalla se narra a las claras la impudicia, la inmoralidad, el ardid artero, y todo tipo de artificios deplorables.

Además, parte de la intensidad del film y de la historia radica “en el retrato de la juventud como esta etapa que representa la ‘incierta gloria’ del título. Una gloria tan excitante como pasajera que se expresa a través de unas pasiones románticas, fraternales y políticas cuestionadas o diluidas al estallar la contienda” (Iglesias). Y es que la guerra lo diluye todo, incluso el supuesto buen ánimo de la juventud. La guerra, envejece en el peor sentido del término, aja, quiebra, desluce y deteriora el corazón del hombre. Esta es la idea que para mí, resume este film, un film muy duro, obra sobre el horror y el hedor de lo que fue nuestra pasada guerra.

De su otro título, tan ligado y hermanado a este, Pa negre, hablaré otro día.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=jC0G3fQlt4I.

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