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El miedo a lo diferente

Por Jorge Valle

Matthew Vaughn relanzó una saga que parecía enterrada tras el fiasco de X-Men: La decisión final (2006) con la sorprendentemente notable X-Men: Primera generación (2011), que narraba los orígenes de algunos de los personajes que habían protagonizado la trilogía inicial. La cinta abandonaba la superficialidad y simpleza de las tres primeras películas, siempre con el foco del Batman de Nolan iluminando la oscura noche de mediocridad en la que se suele mover el género de superhéroes, para ahondar en la psicología de unos personajes que siempre habían pedido a gritos una mayor profundidad. Para ello, retiró el protagonismo a Lobezno –que aun así aparece en uno de los momentos más divertidos de la cinta- para concedérselo a los dos mutantes más interesantes del mundo de los X-Men: Magneto y el Profesor X. Vaughn acertó al centrarse en la compleja y conflictiva relación entre Eric Lehnsherr (Michael Fassbender) y Charles Xavier (James McAvoy), el eje central de toda la trama.

En X-Men: Días del futuro pasado (2014), Vaughn es sustituido por Bryan Singer, responsable de las dos primeras entregas de la saga. Y Singer arriesga dividiendo la película en dos planos temporales: el pasado, que continúa con los hechos y los personajes de la “primera generación”, y el futuro, en el que los mutantes se encuentran al borde de la extinción, por lo que deberán emprender un viaje a sus orígenes para detener la terrible matanza que ha causado la muerte de numerosos mutantes. El resultado es una mezcla de las virtudes de la trilogía inicial –el carisma de Lobezno, una mayor espectacularidad, un abanico de personajes más amplio- y de la película de Vaughn –un mayor ahondamiento en los sentimientos de los protagonistas, la presencia de algunos de los mejores actores del momento como Jennifer Lawrence o Michael Fassbender, una mejora sustancial de los efectos especiales-. Ambas generaciones se complementan a la perfección y, aunque algunos personajes como Tormenta, Mercurio o Bobby apenas dispongan de minutos para su lucimiento, Singer consigue un equilibrio entre las dos realidades temporales, de manera que el interés no decae en ningún momento de la película. Sin embargo, el problema esencial de X-Men: Días del futuro pasado es que intenta abarcar demasiado y contentar a todo tipo de público, por lo que se queda a medias entre la comedia y el drama, entre la apuesta por los efectos especiales y el desarrollo de los personajes, sin definirse del todo en ninguna de las dos. Una trama tan atractiva y ambiciosa, que plantea viajes al pasado y protagonizada por casi todos los mutantes que se han presentado en películas anteriores, debería haber dado mucho más de lo que finalmente ha terminado ofreciendo. Una pena, pues había material suficiente para haber intentado acercarse a El caballero oscuro (2008) que, a día de hoy, sigue siendo la mejor película de superhéroes de la historia del cine, a años luz de todas las demás.

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No obstante, X-Men: Días del futuro pasado no es, ni de lejos, una mala película. Sus virtudes se imponen finalmente a sus defectos y ofrece un notable entretenimiento que gana enteros cuando Singer deja de lado la espectacularidad de la acción –mención especial para el rescate de Magneto de la Casa Blanca a manos de Mercurio- y se centra en lo que debería ser el alma de toda historia: los personajes. Así, tenemos a Mística (Jennifer Lawrence), una mutante de piel azul y sensuales curvas capaz de asimilar la forma de cualquier persona, que había sido manipulada por Erik y Xavier en la anterior entrega y que aquí se convierte en la verdadera protagonista de la cinta. Su obsesiva e irrevocable decisión de asesinar a Trask (Peter Dinklage), el villano que pretende acabar con los mutantes, demuestra la autonomía que ha adquirido y que constituye el mayor acierto de la película. En su cruzada contra todos los que pretenden acabar con sus iguales le acompaña Magneto, aunque aquí sigan caminos distintos. La química entre Lawrence y Fassbender hace saltar chispas, al igual que la relación amor-odio de este último con el profesor X, que gana en hondura e intensidad, gracias en parte a la labor interpretativa de McAvoy, que aquí encarna a un joven desencantado y confuso muy alejado de la seguridad y la confianza en la humanidad de su yo del futuro.

Pero sin duda, lo mejor de la película, y quizá aquello que diferencia a los X-Men de otros superhéroes más simples de la Marvel como Spiderman o Thor, es su capacidad de platear conflictos éticos al espectador. Así, la aparente malicia de Magneto esconde en realidad un profundo malestar con una humanidad que tiende a despreciar y marginar a aquellos que son diferentes. Sin justificar sus crueles y sanguinarios métodos, Erik no es más que un superviviente maltratado por la vida que pretende por todos los medios defender a aquellos que son como él. Frente a él, el Profesor X apela a la tolerancia y la convivencia de ambas razas, aunque su postura deje un cierto sabor utópico. Y la humanidad, representada por Trask, se ve atemorizada por unos poderes y capacidades extraordinarias que pueden desembocar en un caos horrible e ingobernable abocado a la extinción. En definitiva, todas las posturas encuentran su justificación, que no es más que el miedo –inherente a todo ser humano- a lo desconocido, a lo diferente, a lo especial.

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