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El juego de Ender

Por Viktor Lyon Defeis

Intentar conseguir, aparte de la pura diversión que pueden llegar a ofrecer los efectos especiales, un planteamiento -un trasfondo- que nos haga pensar en una posible filosofía interior dentro de una película de ciencia ficción tiene un mérito terrible. Y si hablamos de extraterrestres ya ni te cuento.

Gavin Hood se basa en la novela de Orson Scott Card para contarnos las peripecias de un elegido capaz de ganar una guerra espacial. La supervivencia de la humanidad encima del tapete de nuevo. Y lo que se supone que es un viaje de dos horas de A a B -simple y plano-, se convierte en el instrumento perfecto para indagar en muchos más aspectos de los que a priori pudiera parecer viendo simplemente el cartel de la película.

No es apta para todos los públicos, vaya por delante. Aunque el ascenso en la escala militar de Ender Wiggins sea meteórica y transcurra a una velocidad de vértigo, el ritmo de la película es endiabladamente lento, denso y sólo se disfruta si estás dispuesto a digerirla como lo que es: una cinta que no busca excesivamente (en realidad nada en absoluto) las escenas de la acción más vertiginosa, sino pasito a pasito introducir al espectador en una espiral de debates morales y filosóficos. Así es como te capta, ése es su valor, su manera de disfrutarla, porque si vas a verla con la intención de descubrir escenas de naves  al estilo Star Wars el palo va a ser épico, avisado quedas. Sí, los efectos especiales, que los tiene -y buenos- están enfocados en otra dirección y no precisamente al servicio de la acción pura. El clímax de todo esto, como no puede ser de otra manera, llega con un giro de guión magistral cuyo efecto se pasa rápido debido a un final que corta la emoción como si fuera de digestión, de súbito y te deja más frío que un iglú. Si le perdonas eso y te quedas con el resto, sobre todo, los últimos 15 el trabajo merece mucho la pena.

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Todo este mundo nos los sirve el director acompañado de un reparto interesante, en el que por encima de todo destaca Assa Butterfield -otro niño prodigio-, de serenidad y tranquilidad que abruma y que sale muy reforzado en esta película. Harrison Ford -al que se le nota el paso del tiempo demasiado- también destaca para bien, igual que el resto de actores que intervienen. La cara tatuada de Ben Kingsley, sin una explicación convincente sobre el motivo es lo único que chirría en este sentido. Totalmente en fuera de juego respecto al resto de caracteres.

En definitiva, a medio camino entre el abismo y la excelencia por no llegar a definirse claramente, Gavin Hood nos deja una cinta que encantará a aquellos que sepan mirar debajo de las sábanas y no se queden sólo con la última capa de pintura, la que adorna el conjunto. Y defraudará a aquellos que sólo se acerquen a ella por disfrutar de una aventura espacial épica, ya que precisamente es de lo que carece. El éxito o fracaso de esta película realmente está en el interior de cada uno de los espectadores. Y en mi caso, sólo me queda aplaudir.

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