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El hombre que susurró a un caballo y se volvió majara

Por Sergi Monfort

El primer día, el campesino se levanta de la cama y se viste con la ayuda de su hija. De comer hay patatas. La tormenta no para. El segundo día, el campesino se levanta de la cama y se viste con la ayuda de su hija. De comer hay patatas. La tormenta no para. El tercer día, el campesino se levanta de la cama y se viste con la ayuda de su hija. De comer hay patatas. La tormenta no para… El quinto día, el campesino se levanta de la cama y se viste con la ayuda de su hija. De comer hay patatas. La tormenta no para.

Es realmente posible que hayas leído todo lo anterior de carrerilla, o que hayas saltado a esta frase nada más pillarle la dinámica repetitiva. No te has perdido demasiado. Por cuestión de economía, lo más lógico sería expresarlo todo en «Cada día, el campesino se levanta de la cama y se viste con la ayuda de su hija. De comer hay patatas. La tormenta no para».

Béla Tarr no es de esa opinión. Él quiere hacer una película insoportable, que exprese el aburrimiento y la pesadez, aburriendo y siendo pesado como un caballo en brazos. Esa es la principal razón por la que, incluso cuando estás predispuesto a lo que se te avecina (si has visto antes la magnífica «Armonías de Werckmeister», como yo, y crees que vas listo), es uno de los largometrajes más difíciles que te puedas echar en cara, y punto.

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Lo que cuenta, lo cuenta como si fuera el fin del mundo. Véase esa música deprimente y hermosa que se repite una y otra vez como un mantra. Si te ha parecido lenta (venga, un poquito), no te preocupes, porque estás sano. Independientemente de ello, es incontestablemente honesta, es tan austera y pobre como sus protagonistas.

¿Qué necesidad hay de tomarse 155 minutos para tan poca cosa? Por lo menos en Armonías, uno tenía la impresión de que la historia avanzaba, de que pasaba algo. Aquí no. ¿Aquí qué pasa? El tiempo. Y, a paso de caracol enfermo, la reducción absoluta a la desgracia. Pero hay que pasar por el aro. Una vez que se pasa, la impresión puede ser desgarradora. Ahí está su secreto y su recompensa, que a no todos les será grata. En ningún momento vas a saber nada sobre los protagonistas (y, por mucho que te lo describa la voz en off, en ningún momento vas a ver a Nietzche abrazando al caballo, por desgracia), pero en todo momento vas a sentir el vacío (y eso es una desventaja; la película se concentra tanto en extender la longevidad de la rutina, que realmente no tiene nada más interesante que contar; creo que una gota más de contenido no habría traicionado a la esencia y no daría continuamente la sensación de que es una buena película… a medias; como casi todo el cine-arte o alternativo, da la impresión de ser muy mecánica, especialmente en el apartado interpretativo). Aun así, no hay tregua ni cuartel: de los 155 minutos, 155 son de absoluta tristeza, pobreza y —sin esto, todas las intenciones no tienen fundamento— belleza pictórica.

Me habré aburrido como una esponja de mar, pero, al final, posiblemente no haya contemplado un relato más arrollador sobre la miseria desde la primera de Apu, de Ray.

VALORACIÓN PERSONAL: 6/10

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Comentarios

  1. Pepe

    No he visto la película, pero sí he leído esta inteligente, bella y mordaz critica.
    Me gusta.
    Saludos.

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