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Joseph Merrick

Por Anna Montes Espejo

Tis true, my form is something odd
but blaming me, is blaming God,
Could I create myself anew
I would not fail in pleasing you.
If I could reach from pole to pole
or grasp the ocean with a span,
I would be measured by the soul
The mind’s the standard of the Man.

Poema de Isaac Watts adaptado por Joseph Merrick.

Joseph Merrick fue una persona, real (Leicester, 5 de agosto de 1862 – Londres, 11 de abril de 1890), pero no porque fuera un personaje histórico le debemos mayor aprecio que si hubiera sido un personaje de ficción.

Joseph, John —exquisito, John Hurt— en El hombre elefante (David Lynch, 1980), era un hombre gravemente deformado desde el nacimiento, padecía el síndrome de Proteus, sus anomalías se asemejaban a los rasgos de un elefante, y cuenta la leyenda, que su madre (Phoebe Nicholls), durante el embarazo, fue atacada por una manada enfurecida.

De este trágico modo se ganó su “nombre artístico”, el nombre que lo degradaba a ser transportado en una jaula de feria en feria, siendo la bestia de la que todos los espectadores huían despavoridos, y por lo tanto, la que más expectación creaba. Bien lo saboreaba su dueño, Bytes (Freddie Jones).

Ese viaje a ninguna parte tuvo la suerte de terminar en Londres, cuando John tuvo la suerte de caer en manos de un ambicioso cirujano, Frederick Treves, interpretado por un magnífico Anthony Hopkins, de un gran aplomo.“Suerte” si creemos en la bondad desinteresada del ser humano.

Treves realiza una espectacular clase magistral a sus colegas mostrándoles el engendro que ha conseguido de manos de un degenerado en los bajos fondos de la ciudad. Cuando acaba, le deja volver a su prisión, qué le importa ya, al fin y al cabo, la medicina se ocupa del cuerpo, no del alma, y ese monstruo, qué alma o con qué raciocinio podía contar.

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Vuelta al ominoso calabozo, la brutalidad, la irracionalidad más cruel y hedionda. Solamente puede y debe callar, y ser otro, o mejor, ser nada, qué importa ya si no hay nada mejor, no hay un porvenir posible.

Pero el monstruo se encontraba mal y así no había manera de ganarse la vida. En ese dickensiano Londres era difícil sobrevivir, y si encontrabas un medio para ello, la máxima era aferrarse a él, a cualquier precio, ¡ética, moral, dignidad…! Palabrería hinchada por la burguesía de porcelana.

No queda otra que llamar al brillante médico, que si al principio lo libera de las cadenas de su vida circense por caridad, escrúpulos morales e interés científico; terminará siendo su Amigo. ¿Por qué en mayúsculas? Solo se necesita amor, y saberlo apreciar y recompensar es una cualidad inherente a la bondad.

El hombre elefante es una película de una sensibilidad extrema y punzante, y esta afirmación no pretende ser banal ni repetir una frase ya maculada. Esta película te avergüenza de ser humano, de pertenecer a una especie que aborrece la diferencia, la escarnece, y por su propio egoísmo y miedo necesita erradicarla, sin tan siquiera preguntarse por qué la teme, qué existe detrás de esa fealdad que la aleja instintivamente del género humano.

La dicotomía clásica de identificar lo bello con lo bueno, y lo feo con lo malo queda perfectamente desautorizada en la película de Lynch. El mundo circense, repleto de esperpentos y seres fronterizos que se explotaban sin ningún pudor, sin pensar que ellos eran tan personas como los que los hostigaban, nos remite a la verdadera cuestión de fondo: ¿qué es ser humano? Porque al monstruo se le puede atormentar sin descanso y sin remordimientos; pero al humano, no.

John Merrick fue apreciado por el cirujano en cuanto supo que no era un discapacitado, que provenía de una familia de alta alcurnia y que se sabía comportar excelentemente ante personas “decentes”. Pero… ¿las celebridades que muy respetuosamente le iban a ver, se diferencian de los miserables que pagaban por mofarse y horrorizarse de él? Sí, Frederick, la afilada verdad te reveló que no distabas mucho de Bytes… Y que a ese le quitaste su único sustento…

Nada sabemos de la madre de Merrick, tan solo los rumores que se cernían sobre la causa de la enfermedad de su hijo, y que, no pudiéndolo soportar, o no pudiendo su hijo sobrellevar tal situación, se separaron irremisiblemente. Aún así, John se aferraba a su recuerdo, cuán bella era esa mujer que le dio a luz… a él… Un ser abocado a la soledad y al desprecio, a ser “el hombre elefante”.

Por ello, Joseph Merrick no se merece el espectador que mire esta película tan solo en la búsqueda de la caracterización de John Hurt —excelente y muy fiel—, torpemente, en el sombrío gris carbonoso, impaciente por la hábil dilación de Lynch; que caiga en la más peligrosa ignorancia y estupidez de degradarse, sin conocerlo, en los oms que pagaban por ver a estas personas en ferias, que les negaban su legítimo lugar en la sociedad y los reducían a un mero entretenimiento oscuro y retorcido, que una vez gozado, se borraba rápidamente del estado consciente.

Y no le recordéis como “el hombre elefante”, sino por su propio nombre.

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Comentarios

  1. Álex Siñeriz

    Fascinante personaje, película y artículo. Nivelazo.

    • Anna Montes Espejo

      ¡Muchas gracias, Álex! Me alegra que compartas la afición por esta película de Lynch, tan poco “lyncheana”, y que te haya gustado mi aproximación. Saludos!

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