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El gran sueño americano

Por Jorge Valle

La gran estafa americana comienza mostrándonos a Irving Rosenfeld (Christian Bale) disimulando su incipiente calvicie con un elaborado peinado. Este rico estafador, que ha vivido durante toda su vida de la mentira –rompía los cristales de los escaparates para luego arreglarlos él mismo con su cristalería-, ha podido escalar progresivamente puestos en la sociedad gracias al engaño y el embuste. Esta primera escena resume la premisa en la que se fundamenta la nueva película de David O. Russell: todos engañamos para sobrevivir. Richie DiMaso (Bradley Cooper), un agente del FBI que se pone tirabuzones para rizarse el pelo y que sigue viviendo con su madre, lo hace por ganarse el respeto de sus compañeros y adquirir una fama que le permita dejar atrás una vida mediocre de la que no tiene reparos en renegar. Sydney Prosser (Amy Adams), la amante de Irving que finge ser una dama de la alta sociedad inglesa, lo hace por amor y fidelidad. Y Carmine Polito (Jeremy Renner), el alcalde de Nueva Jersey que supone todo un ejemplo de honradez e integridad, lo hace por conseguir el bienestar de su ciudad y su familia. Todos los protagonistas de La gran estafa americana anhelan mejorar sus vidas, valiéndose para ello, a veces sin ningún escrúpulo, de la mentira. Todos excepto Rosalyn Rosenfeld (Jennifer Lawrence), la esposa de Irving, la única que reconoce entre lágrimas que le asusta el cambio, a pesar de que admite que no es feliz con la vida que le ha tocado llevar.

El director de El lado bueno de las cosas nos traslada a la década de los 70 mediante la gran selección musical –Elton John, Tom Jones, Wings, Donna Summer, Bee Gees…-, la lograda ambientación y unos trajes y peinados tan estrafalarios como encantadores. En esos años tuvo lugar la llamada operación Abscam, en la que el FBI investigó la corrupción política en los EEUU y cuyo saldo final fue el polémico procesamiento de altos cargos. Sin embargo, el guión firmado por Russell y Eric Singer se toma gran libertad a la hora de retratar este escándalo que salpicó a la sociedad americana. Ya lo advierten al principio de la película: «Algo de todo esto sucedió realmente.» En cualquier caso, La gran estafa americana funciona como una brillante sátira del capitalismo –podría estar ambientada perfectamente en la actualidad- en la que la necesidad de ser mejores que los demás, la codicia que despierta el dinero y la ambición por mantener un buen estatus dentro de la sociedad, de alcanzar el “sueño americano” mediante el esfuerzo propio y la autodeterminación, no deja lugar para la amistad –la traición de Irving a su amigo Carmine-, el amor –los numerosos altibajos que atraviesa el protagonista tanto con su amante como con su esposa- o la honestidad y el compañerismo, personificados en el personaje del alcalde, que bien podría constituir el mejor ejemplo de la moralidad ahogada por el capitalismo, de la victoria personal basada en la competición: «mi éxito conlleva tu fracaso.» El único que se mantiene firme a sus convicciones durante toda la película y que confía en las personas que le rodean es, injustamente, el que peor acaba de todos. Una verdad tan injusta como dolorosamente real.

Tras unos comienzos difíciles y salpicados de polémicas actorales –llegó a los puños con George Clooney durante el rodaje de Tres reyes (1999)-, David O. Russell ha sabido consolidarse en el panorama cinematográfico americano actual como una de las figuras más queridas y respetadas. Sus tres últimas películas, además de recibir el respaldo casi unánime de la crítica y nominaciones a los Oscar en la categoría reina, también le han reportado tres candidaturas a la preciada estatuilla como mejor director. Sus filmes, a pesar de quedarse siempre rozando el sobresaliente, despiertan simpatía porque desprenden vitalidad y buen rollo, contentando así a casi todas las audiencias. Debido, quizás, a un estilo personal y original que termina de pulir en La gran estafa americana y que resulta asequible para todos los públicos –la trama no resulta demasiado compleja-, y que engancha por unos personajes que se sitúan siempre al borde del exceso y por los que es imposible no sentir atracción –el ex-boxeador drogadicto y su madre histérica en The Fighter (2010), los protagonistas bipolares de El lado bueno de las cosas (2012) o el estafador que disimula su calvicie con un peluquín y su esposa casi trastornada de La gran estafa americana-.

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Pero a todos estos títulos les falta temperamento, tensión dramática, algún momento memorable que se quede grabado en la retina del espectador y del que sí pueden presumir otras películas catalogadas en los mismos géneros. En cualquier caso, son defectos que Russell maquilla con su excelente dirección de actores –ha vuelto a colocar a sus cuatro actores principales en todas las categorías interpretativas por segundo año consecutivo-, y que constituye, de nuevo, el punto más fuerte de la cinta. Christian Bale marca perfectamente la evolución que sufre Irving a lo largo de la cinta y está genial en un papel para el que (una vez más) tuvo que llevar a cabo una profunda transformación física. Bradley Cooper roza la sobreactuación en el personaje menos creíble de todos, pero tampoco desentona en el alto nivel interpretativo del que goza la película, y con el que sí cumple Jeremy Renner con una actuación que hubiera requerido mayor protagonismo en la todavía presente carrera de premios. No obstante, son los personajes femeninos los que manejan, muchas veces a su antojo, el complejo entramado que plantea Russell: el personaje de Jennifer Lawrence, a pesar de no formar parte esencial de la operación, es precisamente uno de los contribuyen –aunque sea indirectamente- a su desmantelamiento. Y Amy Adams sabe que está irresistible, desprendiendo un aura de sexualidad que confunde y atrae tanto al espectador como a los personajes masculinos que le rodean –atención a la escena en la que seduce por primera vez a Cooper, con quien mantiene una química creíble y contagiosa durante toda la película-.

El director, apoyado en unos intérpretes fantásticos, bebe directamente del mejor Scorsese de Uno de los nuestros (1990) y, aunque tampoco se pueda decir que su última película sea una burda y simple imitación, sí es cierto que la comparación puede resultar odiosa y hasta decepcionante. La gran estafa americana pierde en calidad, complejidad y profundidad en detrimento de accesibilidad, pero el resultado final convence y es altamente disfrutable. Y por su atractivo, su dinamismo en la trama y su acertado juego de engaños, mentiras y estafas, merece ser recordada como una de las mejores películas del año, aunque 10 nominaciones puedan resultar un tanto exageradas.

Comentarios

  1. Toni Ruiz

    Pedazo de crítica. Coincido contigo en que a la película le falta brío y que compararla con el cine de Scorsese sería cruel. David O. Russell es un director competente, pero creo que Hollywood se está volcando demasiado con él y que el reconocimiento que tienen sus títulos (estimables pero no sobresalientes) es excesivo. ‘La gran estafa americana’ tiene ritmo, no es vacía y los actores están muy bien, pero no es ni de lejos una obra maestra.
    Tu crítica es de lo mejor que he leído en la web en mucho tiempo. Da gusto leer reseñas así.
    Enhorabuena, compañero.

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