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El gran silencio

Por Enrique Fernández Lópiz

Hace ya algunos años, cuando aún yo permanecía en mi ciudad natal, participé de las experiencias que diferentes conocidos y amigos habían tenido. Algunos jóvenes de ese entonces, por diversas razones que iban desde una inquieta espiritualidad, pasando por momentos difíciles en sus matrimonios, etc., decidían pasar una temporada, más o menos larga, en un Monasterio cartujo próximo. En esas estadías, el Prior o Abad sólo les indicaba que debían guardar la regla del silencio y asistir a algunos rezos comunitarios que se hacían cada día. Por lo demás, les asignaba una celda, les daba plena libertad y así pasaban sus jornadas de enclaustramiento. Algunos volvían muy reconfortados con la experiencia, contentos y cargadas las pilas del espíritu. Otros, que habían pretendido reflexionar sobre problemas conyugales o de familia, por lo general no solucionaron mucho. Y algunos no pudieron soportar la imperturbabilidad y frugalidad de la vida monacal más allá de un par de jornadas. La verdad es que siempre quise haber pasado una temporada en la mencionada Cartuja, pero las circunstancias me empujaron por otros derroteros, tuve que marchar, y ahora este Monasterio está deshabitado, pues los pocos monjes cartujos que aún había fueron trasladados a otro lugar.

Siempre me ha llamado la atención la vida monástica de clausura, oración y recogimiento, la austera vida de quienes habitan esos Monasterios o Conventos, hombres y mujeres entregados a la vida contemplativa sin más finalidad que la oración y un poco de trabajo, por lo general agrícola o culinario en el caso de las monjas. De hecho, visito con cierta frecuencia un convento de monjas Capuchinas de mi localidad también, mujeres que asisten al culto tras unas rejas y que cantan de maravilla, y son afables y de buen humor cuando uno las visita tras el torno para darles un donativo, lo cual que he hecho alguna vez.

Pues bien, con estos antecedentes, hace unos años y de nuevo hace unos días, tuve ocasión de ver este enorme documental de 2005 con el título de El gran silencio. La primera vez que lo vi en una sala de cine, la sala estaba abarrotada para mi sorpresa, y todos estuvimos sin toser durante los 164 minutos que dura la cinta.

“¡Oh Señor! tú me sedujiste y fui seducido”. Esto proclama este documental conmovedor. Cuentan que en 1984 el director alemán Phillip Gröning solicitó la venia a la Orden de los Cartujos, para poder hacer una película dentro de uno de sus monasterios. La respuesta fue que era demasiado pronto, que tal vez más adelante. Y pasaron dieciséis años antes que recibiera una llamada para decirle que “había llegado la hora”: no contó el tiempo social, el tiempo extramuros, sí el intramuros, para tomar la decisión.

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Tras el permiso los preparativos duraron dos años y uno el rodaje, más otros dos años de postproducción. Por lo tanto pasaron veintiún años hasta la finalización de esta de esta joya del cine documental de todos los tiempos. Por primera vez, este film muestra la cotidianidad dentro de un monasterio Cartujo, concretamente el Grande Chartreuse, monasterio de referencia en los Alpes franceses de la legendaria Orden de los Cartujos.

Luego vinieron los reconocimientos y los premios. Fue presentado en el Festival de Venecia y premiada en el Festival de Sundance (Gran Premio del Jurado) y en los Premios del Cine Alemán (Mejor Documental). Este film fue un enorme acontecimiento cultural en Alemania, Italia y Austria, países donde obtuvo un importante éxito de público y crítica.

Se trata, como no puede ser de otra forma, de una cinta austera, que se acerca a la meditación, a la oración, y sobre todo al silencio en estado puro. No tiene banda sonora alguna; si algo suena son las campanas o las pisadas, y, eso sí, los cantos de los monjes. No hay entrevistas ni comentarios, uno la ve y cada cual saca sus conclusiones: ciento sesenta y cinco minutos de cine en un beatífico mutismo. Es como estar en un oasis donde no hay ruido, ni prisa, ni bullicio, donde todo es paz: el silencio se siente, se acaricia, se escucha.

Estamos ante un cine insólito, extraordinario, de una hermosura sin par, primitivo pero a la vez nuevo, una cinta que reclama la imperturbabilidad, la serenidad y la armonía. Es como un gran hueco que nos conduce a esa dimensión estratosférica del mundo dentro de los muros de Dios, sobrecogedor, impresionante porque impresiona y místico aún en la mundanidad de esos monjes que cocinan, cultivan el huerto, hacen de peluqueros, de sastres con sus humildes hábitos o caminan por los pasillos, imágenes que estremecen el corazón, o mejor, el alma, porque sus obras sólo cobran un sentido desde la trascendencia. Desde un sentido transpersonal del Yo que trasciende la mera “identidad existencial y humana”, una visión religiosa evidente que diría el gran psicoanalista Erik Erikson (1902-1994). O como dijo otro gran psicoanalista, Heinz Kohut (1913-1981): desde un sentido de narcisismo cósmico”, en un proceso de expansión del ser hacia una identidad universal, infinita, más que como una mortal e individualista. Tal vez, la posibilidad de realizar el valor supremo, la ocasión de cumplir el más profundo de los sentidos, el de trascender. No creo jamás haber visto una película que sin tener movimientos de cámara, ni efectos especiales, ni música, y sin apenas sonido, con el simple reflejo en imágenes del día a día (fotografía excelente por cierto), me haya impresionado tanto.

En resolución: se trata de un film sorprendente que me dejó huella; más de dos horas silentes dentro de los muros de un monasterio, dos horas mirando a la vez que a la pantalla a tu interior. Y al final, en unas tomas que no exceden los cinco u ocho minutos, un sencillo monje mayor ciego habla brevemente. Lo hace de su inminente encuentro con el Padre y dando gracias por la ceguera con que Dios le había obsequiado para el bien de su alma. Son, desde mi modo de ver, palabras memorables que me he permitido traducir como mejor sé del francés. Esto sucede hacia el minuto 160 del film, y con estas reflexiones pongo un punto final a esta crítica-comentario sobre El gran silencio (hago esta transcripción en versículos que se corresponden con las tomas que la cámara va haciendo al monje que habla): “No, ¿por qué tener miedo a la muerte?/ Es el destino de todos los humanos./ Cuanto más se aproxima uno a Dios,/ más feliz se es./ Es el fin de nuestras vidas./ Cuanto más uno se aproxima a Dios más feliz se es./ Cuanto más se apresura alguien para encontrar a Dios…/ No hay que temer a la muerte,/ al contrario./ Para nosotros es una gran alegría encontrarnos al Padre de nuevo./ El pasado, el presente, son humanos./ En Dios no hay pasado,/ sólo el presente prevalece./ Y cuando Dios nos ve,/ Él siempre ve nuestra vida entera./ Es porque…/ Él es un Ser de infinita bondad./ Eternamente procura nuestro bienestar./ Así, no hay que preocuparse/ con lo qué será que acontezca con nosotros./ Con frecuencia agradezco a Dios/ que me haya dejado ser ciego./ Tengo la certeza de que dejó que esto sucediera para el bien de mi alma./ Es una pena que el mundo tenga perdido todo sentido de Dios./ Es una pena…/ No tienen más razón para vivir./ Cuando se abole el pensamiento de Dios,/ ¿para qué continuar viviendo en esta tierra?/ Se debe partir del principio/ de que Dios es infinitamente bueno/ y que todas sus acciones son de nuestro interés./ Por causa de esto, un cristiano debe estar siempre contento, nunca descontento./ Porque todo lo que acontece es voluntad de Dios,/ y eso acontece para el bien de nuestra alma./ Bien, esto es lo más importante./ Dios es infinitamente bueno, todo-poderoso,/ y nos ayuda. Esto es todo lo que cada uno debe hacer, / y así cada uno será feliz.”

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