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El gran Gatsby

Por José Piris Baena

Entre fiestas, lujo, champán, fuegos artificiales y Leonardo diCaprio, asistimos a una representación donde el oropel envuelve una gran historia de amor.

Jay Gatsby se convierte, en manos de diCaprio, en un personaje entre Charles Foster Kane y Howard Hugges. Una especie de mago de Oz oculto tras la cortina.

No sabemos quien está más enamorado de él. Si Daisy Buchanan, su amor eterno y el motor por el cual ha logrado todo lo que tiene y todo lo que es. O Nick Carraway, el fan número 1 de este embaucador de primera.

Porque eso es lo que descubrimos según avanza la historia. Jay Gatsby, no es el Mago de Oz, simplemente es la cortina. Pero una cortina de terciopelo, rica y fastuosa.

Desde el primer momento, la figura de Leonardo diCaprio se apodera del personaje, aunque su primera aparición, de espaldas contemplando a la bahía, seas un claro homenaje a Robert Reford y a su versión de hace 40 años.

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Solamente Joel Edgerton como Tom Buchanan Le roba algo de protagonismo en el tramo final de la película. Mientras Carey Mulligan como la frágil y bipolar Daisy y Tobey McGuire, como el admirador pasmado se limitan a cumplir su papel.

Quizá chirríe un poco el manierismo de Baz Lurhman, ya demostrado en Moulin Rouge Con sus excesos visuales, movimientos de cámara y música anacrónica, aunque se agradece que, entre tanto rap, se puedan escuchar algunos compases de Rapsodia in Blue de Gershwing, himno indiscutible del Nueva York de los felices años 20, y que no me ha abandonado desde que leí Manhattan Transfer.

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