Image Image Image Image Image Image Image Image Image

El genuino mayordomo del cine y el miedo a la libertad

Por Enrique Fernández Lópiz

Estamos ante una película (Lo que queda del día) dirigida con absoluta maestría y gran exquisitez por James Ivory, desarrollando un magistral melodrama de los que hacen época. El libreto fue escrito por Ruth Prawer Jhabvala, adaptación de la novela de Kazuo Ishiguro. Ishiguro es un escritor de origen japonés pero criado desde los seis años en Inglaterra y que en 1989 escribió su novela The Remains of the Day, donde da vida un genuino mayordomo de la antigua escuela. Prawer Jhabvala hace una estupenda adaptación que refleja el tránsito de una Europa antes de la Segunda Guerra Mundial, vista con los ojos de un mayordomo en una aristocrática mansión. Igualmente aborda la vida del mayordomo.

En la película, Mister John Farraday (Cristopher Reeve) es un millonario norteamericano que compró la mansión de Darlington Hall tras la muerte de lord Darlington, su anterior dueño, y se dispone a viajar a los EE.UU. Farraday sugiere a su mayordomo Stevens (Anthony Hopkins) que en su ausencia coja el Ford de la casa y pase unos días de vacaciones fuera de la mansión. Estamos en 1958 y Stevens es el arquetipo del mayordomo ortodoxo. Para él, la mayordomía no es sólo una profesión, sino que dibuja su identidad, su ser, es su propia mismidad. A lo largo del viaje Steven irá recordando la etapa de mayor esplendor veinte años antes, cuando el aristócrata dueño de la casa solía organizar cenas y reuniones con los políticos y personajes más influyentes de los años 30. Como es sabido, esta época fue crucial para Europa, y en el film se pone de manifiesto cómo parte de la aristocracia británica estaba del lado germano, pretendiendo aliviar las cargas del Tratado de Versalles firmado después de la rendición de Alemania en la I Gran Guerra. Pensaba la aristocracia inglesa que era un peso injusto para la Alemania derrotada. O sea, que había afinidades y filogermanismo de parte de lord Darlington y sus amistades próximas. Stevens fue directo testigo de estas reuniones y de cuantas cosas allí se hablaban. De otro lado, por esos entonces la vida personal de Stevens sufrió una especie de conmoción con la llegada para hacerse cargo del puesto de nueva ama de llaves, de la señorita Kenton. En su viaje, Steven recuerda todos estos acontecimientos y también se acuerda de su padre, mayordomo igualmente como lo era él y que prácticamente murió con las botas puestas. Tras varios días de viaje y peripecias diversas, Stevens llega a la ciudad donde vive miss Kenton, ahora mistress Benn. Se reúne con ella y tras conversar largamente se entera que ella ha vuelto con a su marido. Cae entonces en la cuenta de que en realidad ella no iba a volver a su antiguo trabajo, que esta presunción había sido fruto de una deducción errónea por su parte en base a una carta que había recibido de “miss Kenton”. Descubre igualmente que el verdadero amor de ella había sido él y que se casó despechada porque no le había hecho ningún caso cuando fue el momento. Pero ahora, transcurrido el tiempo, ha llegado a amar a su marido, y la hija de ambos está a punto de ser madre. Con la despedida, termina el viaje de ida de Stevens.

Esta película habría merecido mil reconocimientos más de no haber sido porque en el mismo 1993 se estrenó otro film de los grandes; nada menos que La lista de Schindler, de Steven Spielberg. Una mala fortuna que, al menos en cierto modo, le impidieron consagrarse más netamente por su excelencia, como una de las películas más notorias en el cine de finales de siglo.

Además de la gran dirección de Ivory y el sorprendente guión de Prawer Jhabvala, la película cuenta con una magnífica música de Richard Robbins; una igualmente estupenda fotografía que ilumina el ambiente británico a la perfección, de Tony Pierce-Roberts; y una gran puesta en escena que hace que hablemos de un lujoso (y emotivo) drama costumbrista.

loquequedadeldia2

El reparto es punto y aparte. Anthony Hopkins hace un papel proverbial, genial, sin calificativos. Si alguien ha de pensar en un mayordomo en el cine, ese es el Stevens de Hopkins, no hay otro; su verticalidad, su actitud inconmovible al frente de sus obligaciones, la manera de expresar su rol son admirables y le merecieron el reconocimiento internacional, tras de haberlo visto un año antes en el siniestro personaje de Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. La otra campeona del reparto es sin duda Emma Thompson que está magistral, estupenda, contenida sin aspavientos, con infinita sobriedad y credibilidad. Y por supuesto tenemos un reparto de primer orden que secunda a los protagonistas como James Fox, Cristopher Reeve, Peter Vaughan, Hugh Grant, Michael Lonsdale, Tim Pigott-Smith, Paula Jacob o Ben Chaplin por mencionar otros de los afamados actores del film.

En 1993 obtuvo los siguientes Premios y menciones: 8 nominaciones al Oscar, incluyendo mejor actor (Hopkins) y actriz (Thompson). 5 nominaciones al Globo de Oro, incluyendo director, actor drama, guión. 6 nominaciones BAFTA, incluyendo mejor película, director, actriz y actor. Nominada al Goya: Mejor película europea. Premios David di Donatello: Mejor actor y actriz extranjeros. 3 nominaciones. National Board of Review: Mejor actor (Anthony Hopkins).

El personaje del film, el mayordomo Stevens me recuerda la obra de Erich Fromm El miedo a la libertad. En ella se dice bien a las claras, cómo en ocasiones las personas aceptamos el statu quo y la normativa convencional, incluso nuestras propias ataduras, y escapamos de la libertad por temor. Para Fromm habría una libertad negativa que no sería una experiencia placentera y que en el caso del protagonista Stevens se encarna en la conformidad, un comportamiento que se presenta cuando se incorporan inconscientemente las creencias, las normas y las maneras de razonar y pensar de la sociedad, que son experimentadas como si fueran propias y que aportan seguridad a la vez que retraimiento. Este fenómeno psicológico impide tener pensamientos libres y genuinos. Ya sabemos que pensar de forma libre tiende a provocar ansiedad, mientras que dentro de la “jaula” de las convenciones, eludimos este trago de tener que afrontar con arrojo nuestra propia libertad e independencia. De hecho, el mayordomo es un ritualista, siempre hace las mismas cosas en los mismos momentos, y ni siquiera se pudo permitir amar a la hermosa, educada y femenina ama de llaves que convivía con él en la mansión. O sea, el adocenamiento, el conformismo y la huida de la libertad, es en el caso de Stevens: la elusión de amor, del afecto, de lo más genuino del ser humano.

De hecho esta película es la historia de Stevens y miss Kenton, dos personas que no saben ni conocen la forma de enternecer sus corazones. Y cuando llegó el amor a sus vidas, en vez de atraparlo, lo que ocurre es que se invirtieron sus afectos y la relación entre ambos se complicó porque tan incapaz de amar es él como ella (más él). A partir de aquí sus relaciones devienen tensas, con una pasión oculta y soterrada, un amor contenido, con verdades a medias y otras inconfesas, con un extraño resentimiento por no acertar en dar rienda suelta a los afectos, situación toda en su conjunto en la que ninguno gana, ni tampoco pierde. Como escribía el gran poeta Francisco Luís Bernárdez, de origen español pero de nacionalidad argentina: En un juego amoroso que sabemos/ sin ganador, porque los dos perdemos,/ ni perdedor, porque los dos ganamos.” (Al final transcribo el poema).

De esta manera, la película tiene para mí el mensaje primordial del tiempo perdido y las opciones que ya nunca volverán. El retrato del tiempo que se fue, del amor reprimido, de las ilusiones condenadas a perderse por no haber sabido apostar a tiempo, y también de la esperanza sostenida y la vaga idea de que nunca es tarde.

Amor unitivo

Tan unidas están nuestras cabezas
y tan atados nuestros corazones,
ya concertadas las inclinaciones
y confundidas las naturalezas,

que nuestros argumentos y razones
y nuestras alegrías y tristezas
están jugando al ajedrez con piezas
iguales en color y proporciones.

En el tablero de la vida vemos
empeñados a dos que conocemos,
a pesar de que no diferenciamos,

En un juego amoroso que sabemos
sin ganador, porque los dos perdemos,
ni perdedor, porque los dos ganamos.

Francisco Luís Bernárdez (1900-1978)

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

Escribe un comentario