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El genial cochecito de la vejez en tiempos de cólera

Por Enrique Fernández Lópiz

En El cochecito la acción tiene lugar en Madrid en los meses de invierno de 1960. Don Anselmo (José Isbert), es un anciano ya retirado de unos setenta años que vive en la casa de su hijo Carlos (Pedro Porcel), procurador, del que depende económicamente. Comparte amistad con Lucas (José Álvarez “Lepe”), que ha adquirido un cochecito a causa de la discapacidad motriz que le afecta. Otros amigos pensionistas con algún impedimento tienen sus carritos u otras formas de motorización y van de un lado a otro, sin poder él seguirles a falta de un vehículo equivalente, de no ser montado a la grupa de alguno de los carritos de sus amigos. Es entonces que Anselmo decide comprarse su propio cochecito de inválido motorizado. La familia se niega ante el capricho del anciano, pero él decide vender las joyas de la familia para conseguir su cochecito, desatendiendo las indicaciones familiares y buscando poder mantenerse unido a sus amigos. Cuando su hijo Carlos se entera, le obliga a devolverlo: es la codicia familiar que ya quiere del viejo la herencia antes que haya muerto. En represalia, Don Anselmo toma la decisión de envenenar a su familia. Cuando intenta huir en su cochecito, sin embargo, es finalmente detenido por la Guardia Civil.

La primera versión de la película, daba claramente a entender que Don Anselmo había cumplido con sus criminales propósitos, pero al final se optó por una versión más edulcorada en la que implícitamente se veía que el decidido anciano no ejecutaba su plan y la familia seguía viva. Este extremo me recuerda a la película ya comentada por mí en estas páginas: Justino, un asesino de la tercera edad, de 1994. Pero ésta última está realizada en otra época y con otra claridad en la temática y el argumento.

La película fue dirigida por Marco Ferreri. Ferreri fue un gran director nacido en Milán (1928-1997), que se introdujo en el cine realizando cortometrajes publicitarios. Luego se dedicó a la producción y llegó a España como representante comercial de los objetivos Totalscop, la versión italiana de los Cinemascope americanos. En España conoce a Rafael Azcona y con él colaboró en las películas El pisito, 1959 y El cochecito, 1960, que ahora comento. Se trata de dos comedias españolas marcadas por un feroz sarcasmo antiburgués. Ferreri dirigió películas hasta el final de su vida, tal vez la que yo más recuerdo, sobre todo por su exceso en todo sentido fue La gran comilona (La grande abbuffata) de 1973, protagonizada por Marcello Mastroniani, Ugo Tognazzi, Michel Piccoli y Philippe Noiret, con escenas escatológicas de alto voltaje y que dio mucho que hablar en su momento. Apunto estos datos para subraya que Ferreri fue un director rompedor e iconoclasta. Y justo en este film Ferreri, junto con Azcona, se unen para pintar con trazos de humor negro, un cuadro de la sociedad española de los años 50.

Pues bien, esta película El cochecito es ya todo un clásico del cine español, dirigida magistralmente por Ferreri, con guión de Azcona y Ferreri, y la genial, por no decir más aún, participación del gran José Enrique Benito y Emeterio Ysbert Alvarruiz, más conocido por Pepe Isbert. Está muy bien la música de Miguel Asins Arbó, y gran fotografía en blanco y negro de Juan Julio Baena.

El reparto es de lujo, en primer lugar y como decía por la participación de José Isbert, uno de los grandes actores del cine español de todos los tiempos. Y le secundan a la perfección un equipo actoral compuesto por Pedro Porcel, María Luisa Ponte, José Luís López Vázquez, Antonio Riquelme, José Álvarez y Chus Lampreave, actores y actrices de una enorme talla.

En 1960 obtuvo en el Festival de Venecia el Premio de la crítica: ¡qué menos!

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De nuevo tengo el agrado de comentar un film que toca de lleno a la vejez, en el encuadre social de la dictadura franquista en su plenitud. Esta característica hace que este film sea doblemente atractivo. Por un lado por abordar el tema de la vejez (aunque ya digo que el protagonista tiene setenta años, o sea, que tampoco para los tiempos que ahora corren sería un anciano); de otro lado, habla sobre cómo se trataba a los mayores en aquella época de los sesenta, como no los dejaban hacer lo que querían, los infantilizaban o los consideraban incapaces, tanto de parte de la familia que se niega en el film a que el pobre viejo tenga su carrito, como la misma autoridad, como sucede en la escena cuando la Guardia Civil lo detiene e incluso le regaña porque al parecer él no puede ir a dónde le dé la gana con su pequeño vehículo. O sea, como siempre digo, la vejez es una construcción que tiene mucho que ver con la época histórica y la generación del viejo a que nos refiramos. Hoy, Don Anselmo, con setenta años, una jubilación y unos ahorrillos, se compraría un automóvil deportivo si le diera la gana. Pero entonces era otra cosa.

Azcona definió esta película como una “tragedia grotesca”. Creo que para el cine español un lujo contar con este film, con este profundo drama (hay un fragmento censurado del final que lo demuestra), y que empero consigue que el público se ría a carcajadas, porque describe a la perfección características y rasgos de aquella sociedad, que incluso han perdurado hasta nuestros días. Ferreri-Azcona lo hacen sin exabruptos, sin chistes de mal gusto, sin amplificaciones. Los personajes y los diálogos seguro que los han vivido muchos espectadores, sobre todo si tienen cierta edad, con sus abuelos por ejemplo. De manera que es la veracidad de la cotidianeidad, lo que hace que nos identifiquemos con las escenas, el protagonista Don Anselmo, la familia y los amiguetes; esa identificación es lo que nos hace reír. Nada hay que provoque más risa, que nuestras propias circunstancias vistas en el escenario.

La historia toca esa idea tan extendida socialmente del infantilismo en la vejez, una de tantas estupideces, que de tener algún atisbo de veracidad, es porque los ancianos son tratados como tales, en una especie de “iatrogenia social”. Hablo en estos términos, pues aunque la iatrogenia es siempre definida como el mal provocado por la praxis médica, puede aplicarse también a aquel daño psicológico inherente a un tratamiento o trato social sobre la persona. Entonces se habla más bien de “iatrogenia psicológica”, cuando es la forma de trato la que daña la integridad psíquica del individuo y sus principios ético-morales, tanto que incluso pueden repercutir a mal en sus comportamientos: empeoramiento, retroceso o declive de sus conductas. Pues bien, se sabe y yo sé, que cuando a una persona mayor se la sobreprotege, o se le prohíbe en exceso, o se le trata como incapaz, o se le limita en todo sentido, esa persona mayor se torna retraída, o depresiva, o con comportamientos infantiles (regresivos) como la incontinencia o las rabietas. Las relaciones con los mayores requieren tacto, atención, y cierto «savoir faire» por parte de quien está a su lado. Se puede infligir daño moral a un anciano por falta de consideración, de respeto o simplemente por torpeza, no sólo en lo que se le dice o sugiere, sino en cómo y desde dónde se le dicen las cosas. Hay pues que conocer, saber, tener pericia para tratar a los mayores, y para eso no valen meramente las teorías, más bien la experiencia y la propia vida nos enseña a ello. Parafraseando a Mefistófeles en la inmortal obra de Goethe, «Fausto»: «Toda teoría es gris y sólo es verde el árbol de dorados frutos que es la vida».

En el film también se observa la marginación (tanto por parte de los amigos como en el seno familiar), la picaresca (interesantes las escenas con el protésico oportunista), el egoísmo (tremendo asunto la venta de las joyas para comprarse el cochecito), etc.

Quiero decir en este punto, que según mi opinión, aquellos años fueron los mejores del cine español, con las míticas películas de Berlanga que todos conocemos, o El pisito, 1959, de Marco Ferreri e Isidoro M. Ferry; esta que comento; sin olvidar al mítico Luís Buñuel, o títulos tan importantes como Calle Mayor, 1956, de Juan Antonio Bardem; La tía Tula, 1964, de Manuel Picazo y basada en la novela homónima de Unamuno (el mejor papel de Aurora Bautista); Muerte de un ciclista, 1955, también de Bardem, y otras. Películas que hacen palidecer una buena parte de nuestra cinematografía posterior, la cual en muchas ocasiones cae por sí sola.

Digo esto porque esta película ya no se ve apenas ni en TV. Un film que a través del costumbrismo, con un humor bien afilado, todo ello encarnado en un inteligente esperpento, ofrece una mirada aguda y explosiva, cargada de autocrítica, hacia la sociedad de su tiempo, una sociedad egoísta, metida en si misma, tozuda en sus propios errores, absurda incluso, en la que el personaje del viejo Isbert resulta todo un icono simbólico: un jubilado, persona de edad avanzada, que se enfada cuando no le dan su capricho, tal el cochecito que a los ojos de la familia es innecesario. Como cuando no le dan el juguete al niño. Y es que a Anselmo, como antes decía, lo tratan como a un niño, lo echan de donde estorba, por ejemplo de la cocina, le regañan, le recriminan, etc. Entonces se comporta como un niño, pero no por viejo, sino por el trato que recibe.

En conclusión, El cochecito es una comedia aparentemente ligera y veraz de su momento, que puede parecer anecdótica en su argumento, pero que deviene finalmente en una odisea dramática y vital de primer orden. Culmina la cinta con una última secuencia genial, especie de recapitulación satírica de lo surreal, lo burlesco y lo irracional.

Puedes ver la presentación de la película aquí: https://www.youtube.com/watch?v=A2WjqSHkUgY

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