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El existencial hombre menguante

Por Javier Fernández López

Genialidad, así se puede definir esta película de culto de serie B de 1957, como una auténtica genialidad. Como ocurría en la obra La metamorfosis de Franz Kafka, esta cinta, escrita por el autor original de la novela, Richard Matheson, y dirigida por Jack Arnold, nos narra desde una premisa fantástica un cuento realista.

El increíble hombre menguante es la historia de cómo un hombre, Scott Carey, ve trastornada su realidad cuando sufre una mutación, por decirlo de alguna manera, que le hace encoger hasta ser diminuto. Todo comienza a ser más grande para él, toda tiene una dimensión distinta, incluso las personas, que se muestran distintos hacia él hasta el punto de tratarlo como un monigote de feria. EL film se convierte en un estudio sociológico hasta la primera mitad, hasta que Scott adquiere un tamaño más pequeño que uno de esos juguetes Action-Man, es decir, unos pocos centímetros. Es ahí cuando las relaciones sociales se dejan de lado para dar paso al terror y a la aventura, y con un cierto aire de comicidad, el relato llega a tener un tono propio de los juegos de rol de mesa tradicionales.

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Un simple gato, nuestra querida mascota, se vuelve nuestro enemigo. Unos escalones se convierten en una barrera que nos imposibilita alcanzar la salvación. El protagonista ya no habla, todo se convierta en una supervivencia cuando acaba en el sótano. Todo se narra mediante una voz en off que más bien parece una clase de filosofía existencial. Porque Scott sigue encogiendo, es un proceso sin fin. La clave de la cinta es que un hombre, por más que disminuya su tamaño, no deja de ser hombre. A esa reflexión llega Scott, increíble interpretación de Grant Williams.

La película realmente tiene unos efectos especiales que, curiosamente, convencen, sobre todo cuando Scott muestra su menor tamaño al final de la cinta. Los escenarios están muy bien logrados y su gran enemigo final, la araña, es un auténtico rival a tener en cuenta, una batalla que alcanza la épica.

Por más que disminuya Scott, ¿dejará de ser en algún momento? ¿Se convertirá en nada? La película invita a reflexionar sobre estas cuestiones existenciales. Dejo aquí el monólogo final de El increíble hombre menguante, absolutamente magistral:

Yo continuaba menguando, ¿convirtiéndome en qué, en lo infinitesimal? ¿Qué era yo? ¿Aún un ser humano? ¿O era yo… el hombre del futuro? Si hubiera otros despliegues de radiación, otras nubes yendo a la deriva por mares y continentes, ¿podrían otros seres seguirme hacia este vasto nuevo mundo? Tan cerca lo infinitesimal y lo infinito. Más repentinamente, yo sabía que había en realidad dos fines para el mismo concepto. Lo increíblemente pequeño y lo increíblemente vasto eventualmente se encuentran: como el cierre de un gigantesco círculo. Miré hacia las alturas, como si de algún modo pudiera aprehender los cielos. El universo, mundos más allá de su enumeración, el tapiz plateado de Dios se esparce por la noche. Y en ese instante, supe la respuesta al enigma del infinito. Yo había pensado en términos de la limitada dimensión del propio hombre. Yo había sido arrogante hacia la Naturaleza. Que la existencia comienza y finaliza es una concepción humana, no de la Naturaleza. Y sentí mi cuerpo menguando, fundiéndose, convirtiéndose en nada. Mis miedos me desbordaron. Y en su lugar llegó la aceptación. Toda esta vasta majestuosidad de creación debía significar algo. Y entonces comprendí algo, también. Sí, más pequeño que lo ínfimo, comprendí algo, también. Para Dios, no existe la nada. ¡Yo aún existo!“.

Si les gustó aquella encantadora Cariño, he encogido a los niños, no se pierdan esta película, pues merece al menos un visionado y una reflexión, además de que pasarán unos ochenta minutos muy entretenidos, sobre todo con los compases finales.

Comentarios

  1. Pepe Castro

    La pongo en pendientes Javi. Muy buenas tus criticas.

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