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El Estado contra los pobres

Por Enrique Fernández Lópiz

Hacía tiempo que una película como Yo, Daniel Blake no me conmovía tanto. Una obra desgarradora sobre los efectos del neoliberalismo en la Europa actual, aunque la temática se ciña al Reino Unido. Una cultura donde los beneficios de las empresas privadas en prestación supuestamente de servicios, se rigen por sus propios beneficios más que por el bienestar de las personas a las que “atienden”. En Inglaterra, desde que la despiadada Thatcher orquestó la privatización de los Servicios públicos, éstos, en vez de empujar por la felicidad de las personas, se han convertido al parecer en “instrumentos para hundirlas más en la miseria” (Barrios). Esta película bien podría haberse titulado “El Estado contra los pobres”; o más bien y para ser más exactos, “las ´empresas privadas´ contratadas por el Estado que no atienden a razones de humanidad, contra los desheredados”, nuevo y largo título que yo propongo.

Ya la mera forma de comenzar la cinta va a determinar su ulterior desarrollo, pues su director nos envía desde el principio un inequívoco mensaje: ustedes van a presenciar una guerra sin cuartel contra los desamparados del mundo con la contraparte de la administración del Estado: curioso ¡Abróchense los cinturones porque lo que viene después es de auténtico espanto!

Veamos, la historia cuenta la vida de Daniel Blake (Dave Johns), un carpintero inglés de 59 años, viudo y víctima de problemas cardíacos. Al tener que estar unos meses en reposo, solicita los subsidios por baja de enfermedad a los que tiene derecho. Es por vez primera en su vida que va a recurrir a las ayudas sociales. Y en este trance, este hombre honesto y bueno se ve en la paradoja, en la trampa mortal, de que por un lado la cardióloga que lo atiende le prohíbe trabajar, pero la administración le obliga a buscar un empleo en forma urgente, pues en caso de no hacerlo será sancionado y perderá la ayuda. Una situación imposible a causa de la “máquina infernal”, en palabras de Jean Cocteau, del Estado y la burocracia deshumanizadora creada para el sometimiento y la despersonalización de los ciudadanos. De tanto ir y venir al “Job Center”, Daniel se cruza con Katie (Hayley Squires), una madre soltera con dos hijos pequeños, niño y niña, que también ha tenido que aceptar de urgencia un modesto apartamento en Newcastle, a 450 km de Londres donde habitaba, para evitar que la envíen a un hogar de acogida. Daniel es un hombre amoroso que ayuda a la chica y a los hijos en cuanto él puede hacer: arreglar desperfectos en la casa, fabrica pequeños juguetes para los niños y otras acciones buenas que le granjean el cariño de la joven familia. Katie y Daniel terminarán por unirse ante la adversidad para luchar juntos como equipo, aunando sus fuerzas para lanzar un grito de protesta audible y claro. Porque si algo queda demostrado con esta película, es que la unión del pueblo es la única manera de hacerse oír ante las injusticias. Mas la consecuencia es que tanto él como la joven se verán envueltos en una breña de aberrantes acciones administrativas, de las cuales es difícil salir airoso. Un contexto donde impera el liberalismo ferino que cada vez trata de forma más descarnada a los parados y menesterosos que lo único que quieren es sobrevivir, y de los que Black es un ejemplo, muy a su pesar: Hombre Bueno frente a Sistema Malo.

Si pensamos, nos damos cuenta que en esta sociedad de Loach y nuestra, se ha sustituido la justicia por la caridad. Y para disimular o curar la mala conciencia, se han inventado los trámites administrativos draconianos; una complicada herramienta de cálculo social que básicamente sirve para “recordar a los humillados que la culpa es suya”, dice Loach. Nuestro director, que cumple recientemente 80 tenaces años, no baja sus brazos y prosigue en su afán de denuncia para evidenciar la malignidad de este mundo. Ya ha llovido desde que vi su película Lloviendo piedras (1993), una obra igualmente sensible, emotiva y delatora de la era Tatcher y del desempleo y la hambruna que suscitó esta época histórica (no tardaré mucho en comentar este film en estas páginas). Loach dice que: “No rendirse es importante, porque la lucha sigue. Y la gente tiende a rendirse cuando se hace vieja”. Pues bien, el autor nos ofrece en este film una vuelta de tuerca más en lo que a crítica social y política y contra la Plutocracia se refiere (“todas las historias humanas son políticas”, afirma), construyendo una cinta transparente, limpia y sin más lecturas que el golpe en la mandíbula a este espacio cruel en que habitamos, un sistema más kafkiano que el propio Franz Kafka, un Kafka en los años de austeridad. El guionista del film, Paul Laverty, a propósito de lo que comento destaca “el intacto espíritu de resistencia” del cineasta. “Está delgadito como un galgo y a pesar de esos ochenta años está fenomenal, todavía está estupendo, muy en forma, y con la misma curiosidad de siempre; es, todo él, puro espíritu de resistencia.” Así es, Loach narra la historia con tal veracidad que parece imposible no compadecerse de sus personajes, y “la película lo hace mediante un retrato gélido y probablemente muy cercano a la realidad de las relaciones administrativas de un ciudadano ´débil´ y un sistema que, aunque busque el bienestar social, tiene pliegues aberrantes y escasa cintura para alisarlos” (Oti Rodríguez). Es un cine que prescinde de las caras conocidas, pero que nos coloca frente a almas reconocibles, todo ello, eludiendo el pancartismo y utilizando el talento de colocar por delante lo humano, antes que lo propagandístico.

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Gran guión tremendista con razón de Paul Laverty, con momentos que apelan sin matices a lo emocional: la pintada en la pared de Daniel, o su visita por sorpresa a la madre soltera que se ve forzada a prostituirse para alimentar a sus hijos. Libreto bien construido y sin concesiones, que además de lo técnico o artístico precisa de conciencia y conocimiento de lo que se habla. Por eso, creo que tenemos que saber que estos lineamientos requieren un compromiso político, y si la carrera de Loach habla de ello, no le va a la zaga el guionista Laverty quien declaró: “La verdad es que lo más difícil al empezar un guión es la elección de la premisa y de los personajes, pero a eso se llega después de un largo proceso de investigación que, en mi caso, consiste en escuchar a la gente antes de escribir. Y eso hice […] Vi gente de verdad con hambre de verdad, gente eligiendo entre calefacción y comida; era tan básico como el hombre primitivo buscando refugio, comida y calor. Y esto estaba pasando en un país que es el quinto más rico del mundo.” Es estremecedora la música de George Fenton y una fotografía de tonos ocres pero a la vez brillantes (en todo sentido), es la imagen de Robbie Ryan.

El reparto es muy bueno, con dos actores sobre los que pivota la historia que hacen magníficos trabajos, al tiempo que también están implicados en esta película de denuncia. Dave Johns (más conocido por su faceta de cómico) es el protagonista principal, un actor que parece salir fuera de la pantalla con sus miserias y su bondad y que empatiza de pleno con el público. “La película tiene varias escenas poderosas y un sentimiento de inevitabilidad y desesperación que hierve bajo su calmada apariencia, salpicada con toques de humor, para construir un relato completamente absorbente” (Casanova). El propio Johns declaró que su personaje Daniel “puede ser tu padre, tu marido, tu abuelo. Es una historia sencilla contada con el corazón y enfocada hacia la injusticia“, y destaca además la ´enorme delicadeza´ con la que Loach trata el tema, para añadir del director y del guionista: “Ken y Paul son unos maestros en dar voz a los que no tienen y son perfectos para hacer esta película; deberíamos darles las gracias por hacer este tipo de cintas que otros no hacen, no sé si porque no saben o no quieren“; y prosigue diciendo que es una historia sencilla contada con el corazón y enfocada hacia la injusticia. Hasta ahora, dice este actor habitual de la televisión británica, “las películas se han hecho siempre desde la perspectiva de los bancos o del sistema“; Loach, añade, “se preocupa de los efectos en la gente ordinaria“. Hayley Squires hace un trabajo muy meritorio también, dotando de veracidad el rol de madre soltera y con dos hijos, en pleno estado de desesperación supervivencial; Squires espera que la película cause una “tormenta” también entre el público español porque habla a la clase trabajadora: “Confío en que ayude a entender que se necesita compasión, pero sobre todo unidad. Sin eso, no se producirá ningún tipo de cambio“. Completan un gran reparto Natalie Ann Jamieson, Micky McGregor, Colin Coombs, Bryn Jones, Mick Laffey, Dylan McKierman, John Summer, Briana Shann, Stephen Campbell o Rob Kirtley.

Premios y nominaciones en 2016 (por ahora): Festival de Cannes: Palma de Oro – Mejor película. Premios del Cine Europeo: 4 nominaciones, incluyendo mejor película. Festival de San Sebastián: Premio del público – mejor película. British Independent Film Awards (BIFA): 5 nominaciones, incluida mejor película.

Esta obra versa sobre los perdedores del Sistema (por llamarlo de algún modo); de cómo el Estado se ceba y cae como un buitre sanguinario sobre los menos capacitados, los que ya carecen de fuerza, una especie de mitología darwinista donde el menos favorecido es fagocitado y excluido hasta que se rinde y tira la toalla. Como escribe Boyero: “cine en carne viva, pleno de lucidez amarga, retrato de víctimas con las que nos cruzamos sin prestar excesiva atención porque admitir su trágica existencia nos crearía mala conciencia, historias de hombres, mujeres y niños abandonados por el Estado y a los que la justicia ignora, ahogados por la siniestra burocracia cuando suplicaban un flotador, encontrando su único, bendito y también humillante refugio en la caridad del prójimo”. Una historia que habla “con rigor del reverso más patético y duro de la realidad” (Boyero). Film capaz de remover el espíritu de quien está en la sala, que da miedo, que nos pone en shock, que incluso puede provocar la lágrima, aunque sin trucos ni artificios, verosímil y fatal, imposible de gozar de un final feliz, que trata el mundo que habitamos sin conservantes ni colorantes, los que en su desesperación escriben con espray en una pared: “Me llamo Daniel Blake y soy un ser humano”.

Me recuerda la perspectiva del psicoanalista marxista Erich Fromm que piensa que nos preside una suerte de enajenación social en esta época, que trata de manera ´cosificada´ a la ciudadanía. En este estado enajenante, las personas no se sienten a sí mismas como portadoras activas de las propias capacidades, sino como algo empobrecido que depende de poderes exteriores a ella y en los que ha proyectado su sustancia vital. Esta enajenación impregna las relaciones de las personas con su trabajo, con el consumo, con el Estado, con sus semejantes y consigo mismo. Fromm apunta además que la enajenación sólo puede ser entendida cabalmente si se tienen en cuenta aspectos de la vida moderna tales como su rutinización y la represión de los problemas básicos de la existencia. Si los individuos sólo pueden realizarse a sí mismos estando en contacto con los hechos fundamentales de su vida, experimentando la exaltación del amor y de la solidaridad, lo mismo que el hecho trágico de su soledad y el carácter fragmentario de su existencia, en la sociedad moderna, contrariamente, sumidos en la rutina, los ciudadanos no ven más que una apariencia del mundo y de la vida. Y si concedemos a Fromm una visión veraz y aguda del estilo de vida de la sociedad contemporánea, es posible deducir que en dicha sociedad los sujetos atravesamos una situación dramática. Y qué decir del desempleado, la rutina del trabajo al que estaba acostumbrado ha desaparecido, en tanto que, como dispone de tiempo porque ya no trabaja, puede reflexionar sobre los problemas básicos que le acucian, pero no ha aprendido a hacerlo. Y si reflexiona sobre ellos, se siente invadido por una angustia tremenda por las oportunidades perdidas de amor y de solidaridad. E igualmente, según la perspectiva de este psicoanalista cultural, en este sistema social alienante, la burocratización implica un trato a la persona como “cosa”, inmerso en un enorme y abstracto aparato que tiene que administrarlo al modo de las instituciones, la seguridad social, etc. Con la burocratización de los servicios sociales, médicos y muchos otros, como se ve en esta impresionante película, se tienen que enfrentar las personas con menores recursos; el trato con el personal empleado de las oficinas, el personal sanitario, etc., estando, así, más enajenadas aún que en otro tipo de relaciones, ya que ellas mismas son cifras, números o cosas dentro de una pirámide administrativo-jerárquica.

Hay también según me ha parecido captar mientras veía la película, un guiño al cristianismo, o mejor, a la perversión de los valores cristianos; este extremo se puede intuir en los peces que talla Daniel en madera y en la vibrante escena en la iglesia. Por eso, no puedo sustraerme a traer a colación algunas de las palabras que hace muy poco pronunció este Papa rompedor de nombre Francisco, cuando advirtió que “cualquier persona que tenga demasiado apego por las cosas materiales o por el espejo, a quien le gusta el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los autos de lujo, le aconsejaría que se fije qué está pasando en su corazón […] el que tenga afición por todas esas cosas, por favor, que no se meta en política, que no se meta en una organización social o en un movimiento popular, porque va a hacer mucho daño a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola […] Frente a la tentación de la corrupción no hay mejor antídoto que la austeridad, austeridad moral, personal, y practicar la austeridad es además, predicar con el ejemplo.” Y aunque Loach sea o haya sido Troskista, no dudo que estas palabras las vería muy recomendables en este vil escenario que dibuja, esta falta de sensibilidad que adquiere ya tintes planetarios.

En resolución, cine colindante entre lo necesario y lo patético, el corazón en un puño compartido por dos protagonistas, dos seres humanos próximos a la desesperación, pero que no llegan a ella y continúan su andadura hasta la muerte si hace falta, puro instinto de conservación en esta alienante y deshumanizada jungla que nos cobija al par que nos acecha. Esta película “nos acerca a la complejidad de la evolución de los estados de bienestar en Europa, desde vivencias, sentimientos y emociones que van mucho más allá de los sesudos análisis de las políticas sociales en este inicio de siglo” (Subirats), reflejo en el film de la deriva conservadora de Thatcher y de ese extraño nuevo laborismo de Blair, a la vez que nos obliga a pensar hacia dónde nos dirigimos.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=6BLvqYYzWiU.

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