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El engaño de las guerras

Por Enrique Fernández Lópiz

Siguiendo la estela del film de Bertrand Tavernier La vida y nada más (1989) (La Vie et rien d’autre), Christian Carion dirige Feliz navidad, un singular film que propone un mensaje de paz en unos tiempos caracterizados por la violación de los derechos humanos y la guerra. El propio Carion escribe un buen guión, que combina varios relatos inspirados en hechos reales, que aportan humanidad, ternura y humor al film. La dirección de Carion desarrolla un cuento de Navidad emotivo y algo almibarado, pero sincero. La película está basada en un hecho cuando en la Navidad de 1914, a principios de la Primera Guerra Mundial  y en plena contienda, los soldados de los diferentes frentes atrincherados: alemanes, franceses y escoceses, deciden darse una tregua para celebrar la Noche Buena dejando descansar sus fusiles, salieron de sus posiciones y se unieron amigablemente en una noche de tregua intercambiando fotos de sus mujeres o algún trago de champán o licor, amén de una música bellamente interpretada por un tenor francés y su novia, una soprano danesa que ha ido hasta el frente a visitarlo.

El film tiene una buena música que incluye temas líricos, coordinada y escrita en parte por Philippe Rombi, y que acompaña a veces con auténtica vis emotiva la historia; esta música recoge una bonita partitura de Philippe Rombi, pausada y clasicista, y añade el “Himno de la Fraternidad“. Excelente fotografía de Walther van den Ende, que acaricia a los personajes con movimientos suaves de cámara, planos picados y perspectivas amplias de la tierra de nadie.

Pero el fuerte de esta película es el imponente reparto plagado de estrellas de primer orden que actúan coralmente de forma muy digna e incluso en ocasiones de brillante; estrellas como Diane Kruger maravillosa como soprano en la trinchera; Benno Fürman, el valiente barítono, muy bien; Daniel Brühl como teniente francés, excelente; Guillaume Canet gran oficial; Gary Lewis el sacerdote bueno; Dany Boon, el sencillo ciudadano francés perdido en la trinchera; y acompañan a la perfección Rolando Villazón Alex Ferms, Lucas Belvaux, Steven Robertson, Frank Witter, Bernard Le Coq, Ian Richardson o Thomas Schamauser. La interpretación se ve realzada porque se presta más atención a los personajes que a la acción.

En 2005 recibiría las siguientes nominaciones. Nominada al Oscar: Mejor película de habla no inglesa. Nominada al Globo de Oro: Mejor película de habla no inglesa. Premios BAFTA: Nominada a mejor película de habla no inglesa. Premios Cesar: 6 nominaciones, incluyendo mejor vestuario, película y guión.

Este film de gran éxito en Francia y que compitió al Oscar por este país, es una historia bonita, donde principalmente el gran elenco actoral rebosa humanidad y buenos sentimientos; mas no se deja en el tintero la angustia de la guerra, el miedo en las trincheras, la falta de cariño, todo ello con cierta dosis de humor que se agradece. Desde luego no tiene nada que ver, siendo un retrato de la misma guerra, con el dramatismo de Kubrick en Senderos de gloria, 1957. Pero algo es algo., y también este film retrata la crudeza de aquella espantosa guerra que como ahora diré, fue toda una engañifa por parte de los gobiernos, los altos mandos y también de la jerarquía religiosa.

El tema de la crítica a los mandamases de la guerra, la política y la religión sí está muy bien reflejado en la película. El príncipe, los generales bebiendo y comiendo y el obispo anglicano instigando a los soldados a matar a hombres, mujeres, niños… lo cual provoca que el buen sacerdote castrense abandone sus hábitos. Y cómo, al final de la confraternización, las tropas son sancionadas por sus superiores. Así, en castigo, los franceses son enviados al infierno de la Batalla de Verdún, el sacerdote es enviado de vuelta al Reino Unido, etc. Hay por cierto hay una panorámica del momento en el que el sacerdote se despoja para siempre de su cruz, desertando de su ideal de iglesia; esto resume el espíritu de un filme donde los grandes ideales patrióticos –y religiosos- se diluyen ante el horror de la guerra y la esperanza de que resurja una nueva humanidad.

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Y ahora quiero hacer un poco de pedagogía aclaratoria, sobre todo con relación al tema de la guerra. Este asunto de la guerra creo que no es bien entendido por mucha gente. Veamos, los expertos en el tema de la agresividad, etólogos tipo Konrad Lorenz o Niko Tinbergen (Premios Nobel), psicoanalistas desde sus orígenes con Freud hasta fechas recientes con obras como Anatomía de la destructividad humana de Erich Fromm, vienen a decir algunas cosas fundamentales para que entendamos bien este peliagudo tema.

La primera tesis que nadie va a negar es que en todos nosotros hay una dosis de agresividad. La violencia está en todos nosotros, todos podemos ser agresivos, eso es así. No hay comunidades pacíficas en estado puro, si quitamos algunos grupos monásticos o comunidades como los huteritas, los amish o los menonitas que sí son mayormente pacíficos. Ahora bien, dicho esta casi obviedad, hay que añadir que nuestra agresividad, la de la mayoría de los humanos, suele ser una agresividad benigna, o sea defensiva, o, en cualquier caso “sublimada”, es decir transformada en actividades como la danza, el deporte, la pintura, las ambiciones legítimas o la que sería propia de un ejecutivo de empresa, por mencionar algunos casos. Hay una segunda modalidad de agresividad denominada “maligna”, propia de una minoría enferma psíquicamente, propia de personas que ejercen un poder irrestricto sobre el otro o muchos otros, a través de la humillación, la tortura, el sometimiento, etc. Pero éstos son, como digo, una minoría y suelen ir a la cárcel por sus felonías (salvando casos espectaculares de hipnotizadores sociales prodigiosos como Hitler, por ejemplo). Y por fin, hay un tipo de agresión llamada “instrumental” que se utiliza para conseguir o lograr algo que es necesario o deseable (según comenta Erich Fromm). En este caso el problema es definir qué es lo necesario o deseable. Puede tratarse de necesidades básicas como el alimento o el cobijo. Pero también puede ocurrir que haya personas o gobiernos voraces, ávidos, que pretendan hacerse con un plus de riqueza, alimento, etc., azuzando a otros para que colaboren en su afán enfermizo y desmedido afán por tener, por poseer.

Lo diré breve pero claro: no hay un instinto de destructividad humano, lo que hay son intereses de algunos mandatarios para someter a otra tribu o nación, para hacerse con territorios o riqueza y así alcanzar más poder. Este extremo es compartido por teóricos de diferente cuño y pelaje. La guerra no se sostiene como una tendencia humana. Incluso cuando se dice erróneamente que la “selección natural” en nuestra especia ha hecho sobrevivir y que sean dominantes los más agresivos en guerras y batallas, esto es absolutamente FALSO. Etólogos, psiquiatras, psicólogos, etc., están de acuerdo en que la tendencia natural de una persona en un enfrentamiento es más huir que la propensión a la lucha. O sea: “cobarde que huye sirve para otra batalla”, que dice el refrán. De manera que quienes más han sobrevivido son los que se han puesto a resguardo, no los luchadores natos –si es que se pudiera hablar así-, pues esos murieron pronto y no tuvieron descendencia. Entonces la teoría de selección natural de los más violentos no funciona tampoco.

En el caso concreto del film que ahora trato, la I Guerra Mundial, ésta se produjo por las ambiciones políticas y los intereses económicos, militares e industriales de todos bandos en pugna, no por la necesidad de desfogar su agresión acumulada por parte de los ciudadanos. Por ejemplo, Alemania, o sea sus dirigentes y personas del Staff, lo que pretendía era la hegemonía en la Europa Central y Occidental, así como territorios en el Este. El resto eran iguales, Francia quería Alsacia y Lorena; los rusos pretendían los Dardanelos; Inglaterra algunas colonias alemanas; e Italia una partecita del botín. Si no hubiera habido estos objetivos interesados, no habría habido guerra. Pero claro, las diferentes potencias en contienda engañaron al pueblo diciendo que luchaban por la libertad, la legítima defensa contra las amenazas, etc.; y entonces instigaron al pueblo bajo la bandera de estas elevadas razones. Lo que ocurrió fue que al principio, los jóvenes se alistaban en aras a la liberación y el resguardo de su territorio patrio. Mentira, la mentira de los dirigentes políticos y militares que tenían sus propios intereses y su codicia, y que argüían razones espurias al atolondrado pueblo que, está demostrado, al poco de iniciarse la contienda ya no quería seguir luchando; si lo hacía era por las consignas del mata o muere y por otros elementos emocionales como el respeto y la obediencia a la autoridad militar. Y ni siquiera eso evitó que se produjeran motines en los diferentes ejércitos. En conclusión, las últimas grandes guerras no se produjeron por una acumulación de agresividad entre los individuos, sino por la “agresión instrumental” provocada por la ambición de la élite militar y política.

A mí me ha gustado la película. Sé que es utópica, que cuesta creerla, aunque en el fondo y como ya he aclarado en líneas precedentes, no hay nada extraño en lo que sucede. Al contrario, entre personas que no tienen nada que ver unas con otras, que nada tienen en contra, que no se odian, nada hay de particular en se resistan a matarse y por tanto hagan lo más natural: celebrar la Navidad en unión fraterna. ¿Por qué no?

Después de tanta desgracia como ha pasado Europa, bien se merece películas como esta, que son un es un canto por la paz y la esperanza en un mundo mejor. Lo que más consuela es saber que hoy día, al menos en Europa, los ciudadanos son más conscientes de todo esto que digo y más opuestos a ningún tipo de enfrentamiento armado. Así sea.

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